martes, 21 de febrero de 2012

NO SE POR QUE

                                              


IMAGEN: WEB

     El dormitorio de tío Eduardo era para nosotros, sus sobrinos, un lugar muy atractivo. Allí se almacenaban los objetos más variados e interesantes que habían visto tan de cerca nuestros ojos: libros de aventuras, juegos de computadoras; una colección de estampillas y otra de mariposas. Aumentaban nuestro interés los ordenados soldaditos de plomo heredados de mi abuelo, tres helicópteros y cinco aviones manejados por  control remoto. Y como si fuera poco, mi tío tenía también un paracaidista deportivo que él lanzaba, ante nuestros asombrados ojos desde el balcón de su cuarto. En el descenso se abría en forma rectangular para aterrizar no solamente en el jardín, sino sobre cualquier superficie que se lo permitiera, incluyendo los árboles. Esta habitación era, pues, un verdadero tesoro ubicado en el segundo piso de la quinta de mi abuela en Santa Mónica.

Un día en el que mi mamá organizaba en casa de Mamama los preparativos para la piñata de Bebé y tomaban café en la cocina con mis tías, nosotros  jugábamos en el jardín donde una semana después se celebraría la fiesta. Me habían encargado de vigilar a los más pequeños por aquello que tanto me fastidiaba escuchar: “Eugenia, como eres la más grande, por favor, vigila a tus hermanos”. Estuve con ellos solamente un rato, luego, desobedeciendo la orden impartida por mamá me escabullí del griterío y subí las escaleras lo más rápido que pude. Jadeando paré en seco ante la puerta de la habitación de mi tío. Esta vez un cartelón en colores,  impreso en la computadora y pegado en la puerta, me impedía la entrada. Rezaba así: “SI NO ERES INVITADO, NO PASES”. Esto, obviamente iba dirigido a nosotros, pues como tío Eduardo últimamente estaba cambiando de voz y se reunía con otros amigos del equipo de fútbol,  ya se creía un señor. Sí, se creía una gran cosa porque ahora tenía algunos pelos sobre la boca y  unos barritos que se curaba con sánalo. Reconozco que Mariela y yo éramos muy curiosas, pero no más que  Alejandro y Bebé que venían pegados a nosotras como si fueran mocos. Hace poco mi tío nos encontró a todos jugando en su cuarto y se molestó mucho. Entonces, con una voz de pito que luego se transformó en graznido y que no le había escuchado antes, nos ordenó salir de la habitación. Yo me asusté pues le vi una extraña pepa en el cuello que se movía para arriba y para abajo mientras regañaba y tragaba ¿Qué sería? Esto le daba un extraño aire de miedo, pues él antes no era así. Desde ese día cerraba la puerta con llave. No me acordaba de este detalle. Pero lo del cartelón era nuevo. Se trataba de  una prohibición disfrazada de advertencia. ¡Qué antipático, tío Eduardo! En vista de la nueva situación no me quedó otra alternativa sino respetar la inscripción del letrero, y toqué a la puerta llamándolo con voz melosa. Pero él no me contestó.  Toqué de nuevo, pero mi tío no contestó tampoco al segundo llamado. Pensé que se habría ido a jugar fútbol. Entonces, di vuelta a la cerradura que, para mi asombro, giró suavemente. ¡Se había olvidado de cerrarla! Luego, entré con mucha cautela conteniendo la respiración, no fuera a ser que estuviera escondido y me fuera a dar un susto,  pero me detuve allí mismo a la entrada. ¡No podía creer lo que estaba viendo! ¡Había fotos de chicas desnudas pegadas en las paredes! ¡Con las tetas al aire y, algunas de ellas tapándose la poncha con la mano! Hasta en la cartelera de corcho. junto al escritorio había retrato de mujeres como Dios las trajo al mundo. ¡Uf qué horror, no les daba pena mostrarse así tan chinitas! Supuse que eran artistas de cine o de televisión.

 De pronto me flaquearon las piernas y me senté en la silla de la computadora. Respiré profundo y seguí observando impresionada la habitación. Luego, más calmada me dirigí a la biblioteca, y allí encontré unas revistas con más fotos de  mujeres... ¡Otra vez con todo afuera! “¿Por qué tío Eduardo estaba tan obsesionado con esas fotos de chicas vulgares?”- me pregunté. No se por qué, si él solamente tiene catorce años.  Los únicos  que están siempre con sus novias o esposas, dándose besos y todo,  son los hombres, los adultos. ¡Bueno, aunque yo he visto últimamente a tío Eduardo tratando de agarrarle la mano a Clarita, la ahijada de Mamama que vino de Río Chico, pero ella es diferente. En fin, no entendía esta nueva decoración.  Continué viendo las cosas que él tenía en el cuarto. Sobre la mesa de noche encontré una caja de chicles de menta. ¡Qué rico! Tomé tres.  Al lado había un sobrecito de papel plateado. Pensé que era un chocolate. Leí la marca, pero estaba en inglés. Comencé a abrirlo, pero al romper el envoltorio lo que encontré  fue algo así como una goma. La halé para sacar el dulce,  pero me quedé estupefacta: lo  que salió del paquete fue una bomba blanca.  Cuando la observada, intrigada, escuché que me llamaban varias veces.  El  insistente llamado materno con ese tonito de voz que yo conocía tan bien, me puso inmediatamente en marcha. Bajé volando las escaleras mientras anunciaba con un ¡Ya voy!, también repetido, mi próxima llegada. A pesar de mi confusión me sentía feliz con mi hallazgo.

Al bajar, entré a la cocina disimuladamente a pedir un refresco. Aguanté el regaño de mamá por mi momentánea desaparición y mientras esperaba que me lo sirvieran procedí a soplar el globo. Para mi susto y asombro observé las caras de horror que pusieron mi mamá, mi abuela y mis tías cuando me vieron. No se por qué continuaron observándome espantadas; entonces de pronto se me acercó mi mamá corriendo y me preguntó alarmada que de dónde había sacado eso. “¿Eso, qué, mamá”? pregunté angustiada, no comprendiendo nada de lo que pasaba. Y todas ellas señalaban con los dedos  y los ojos pelados la bombita que yo tenía en la boca. “Pues eso, eso” gritaban todas al unísono. Cuando me dí cuenta que se referían a mi hallazgo, les contesté asustada que lo había encontrado en el cuarto de tío Eduardo. Creí que mi respuesta las calmaría,  pero inexplicablemente y para mi asombro no se por qué  me arrancaron el globito de la misma forma que  se agarra una cucaracha estripada, botándolo con inmenso asco en el pipote de la basura. Por último, y para colmo de mi  propio horror, tampoco entendí  por qué razón en medio de regaños inmerecidos, me llevaron casi en vilo y pataleando al baño, donde me lavaron  la boca con agua y jabón.







Caracas, 13.10.2005-2011 IMAGENES DE GLOBOS: Internet.




1 comentario:

  1. Qué hermosa descripción de un momento de tu vida Myriam, los detalles, los objetos, las revistas... Tus palabras nos hacen rememorar nuestro asombro ante las cosas naturales y bonitas de la infancia, en una época en la cual poco podíamos preguntar, y aprendíamos, sobre los temas ocultos, casi que por asar... Muy divertido, honesto y sincero tu relato, como la vida misma. Te felicito

    ResponderEliminar