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martes, 9 de junio de 2026

UMBRAL DEL SUEÑO (HAIKÚ)

 

Largas aceras

pueblerinas recorre 

hoy la memoria.


Senderos, caminos

en la mente inquieta.

Noche insomne.


Envuelve la niebla

calles, esquinas, lindas

casas coloniales.


Mañanas alegres,

tardes ilusionadas.

De noche, una nota


rompe un silencio

que desvela, emociona.

Serenatas, Amor.


Pueblo y Llano,

encinas, praderas,

cubren tu suelo.


Paseo nocturno,

detienes tu paso en el

umbral del sueño.





IMAGENES: WEB



 

miércoles, 23 de marzo de 2016

REMEMBRANZAS DE SEMANA SANTA

     LOS PASOS DEL MIERCOLES SANTO. FRANCISCO ROLINGSON. 2012. 
     
      Las festividades religiosas en el Los Teques de mi infancia, o en el "Los Teques de antes", como reza la ilustración que encontré en Internet, me lleva hasta aquellos inolvidables años en los que vivimos en la capital mirandina. Antes lo habíamos hecho en Caracas, pero mis padres, decidieron pasar allá una temporada, animados por un tío mío, quien vivía allí con su familia y no cesaba de ponderar el excelente clima tequeño. Pero  sucedió que esa corta temporada se convirtió en una larga década, hasta que, de nuevo volvimos a Caracas.

  Durante ese tiempo transcurrió la vida escolar en el Colegio María Auxiliadora,  y disfrutamos de acontecimientos como Carnaval, Semana Santa, Navidad y las festividades patronales en honor a San Felipe Neri, patrono de Los Teques. Estas celebraciones tenían un gran significado para nosotros, pero de manera especial la Semana Santa.
    
    Nuestra casa, la No. 32 de la Calle Guaicapuro, era una casa colonial, con ancho zaguán y dos ventanas que daban a la calle. Sus patios interiores y el corral hacían las delicias nuestras y de nuestros primos, los Van der Biest, que vivían frente a nosotros, los Paúl, en una casa más moderna, aunque también con zaguán y ventanas a la calle. Como ella estaba ubicada a la altura de la nuestra, con frecuencia podíamos vernos y hablar desde los postigos, menos en diciembre, cuando la neblina y el frío nos lo impedían. Entonces todos viajábamos a pasar la Navidad y el Año Nuevo con nuestra familia en Caracas, para volver los primeros días de enero.

   En Carnaval y en Semana Santa, en cambio, eran los amigos y familiares quienes nos visitaban para disfrutar de las magníficas celebraciones tequeñas. En esas ocasiones ellos se alojaban en las dos casas, y las camas de campaña pasaban de una morada a la otra, según fuese el número de huéspedes de cada una. La algarabía de los más pequeños era inmensa, pues queríamos que la abuela y los tíos se quedara en una de las dos casas, por lo que se echaba a la suerte quiénes pernoctarían en uno y en otro lugar. Entonces quedábamos conformes y se acababan las peleas.

    Pero era siempre la Semana Santa la conmemoración que tenía mayor relevancia familiar, pues el Miércoles Santo la procesión del Nazareno pasaba por la Calle Guaicaipuro, frente a nosotros, a su regreso del recorrido por las diferentes calles del pueblo, hacia la Catedral de San Felipe Neri, de donde había salido en procesión.

 Muy devotas,  ni mi abuela ni mis tías querían perderse por nada del mundo tan grande y bello acontecimiento. La señora Teresita Arleo, nuestra vecina de al lado, adornaba al Nazareno, por tradición familiar, con un arte envidiable, y lo cubría de las más bellas orquídeas mirandinas.

NAZARENO DE LA CATEDRAL DE SAN FELIPE NERI EN LOS TEQUES, ESTADO MIRANDA
    El Miércoles Santo, mi mamá preparaba un exquisito menú para sus invitados, a base de pescado. Unas veces consistía en hervido, y otras en bacalao, que  ella acompañaba con otros exquisitos platos y postres. Entonces todos nos sentábamos a la gran mesa familiar, un poco apretados, pero emocionados por la celebración de la Semana Mayor.
    
   Nuestra expectativa crecía a medida que se acercaba la noche, y luego de una cena temprana, nos íbamos a la sala para tomar puesto en las ventanas. En medio de la algarabía, la mayoría de las veces acompañadas de regaños, buscábamos las velas y sólo nos aquietábamos, cuando cerca de las nueve de la noche aparecía en la esquina de abajo, la bellísima figura del Nazareno, con su traje morado y su cruz a cuestas, al paso oscilante de los penitentes. Lo precedía la Banda del Estado Miranda, que ejecutaba el "Popule Meus". Detrás del Nazareno iba el fiel San Juan, con su manto rojo, y cerraba la procesión la Virgen Dolorosa, muy llorosa  y vestida de negro. Las imágenes descansaban sobre los hombros de quienes pagaban sus promesas vestidos de nazarenos, mientras la multitud rodeaba el paso del Nazareno, en medio de rezos y luces titubeantes. 

   Confieso que ver a Jesús sufrir bajo el peso de la cruz, mientras se ejecutaba la música sepulcral, me conmovía mucho. Mi mamá y mi familiares, al verlo pasar se santiguaban y rezaban. Entonces, bajo la atenta mirada de los mayores, que nos habían encendido las velas, dejábamos correr la esperma caliente sobre las manos,  para ver quién aguantaba más. Luego, observábamos las marcas rojizas y nos jactábamos -cada uno- de haber sido el más valeroso. 


   Al día siguiente, y durante varios días, las aceras y la calle permanecían tan brillantes por la esperma de las velas que los fieles habían alumbrado en la procesión, que parecía que le hubieran pasado una pulidora gigante. De igual manera relucían los poyos  y los barrotes de las ventanas de mi casa. Quizás era ésta la impronta valiente que habían dejado en ellas  y en nuestras manos los cirios, al alumbrar en infantil competencia, el paso vacilante del Nazareno por la Calle Guaicaipuro, la noche del Miércoles Santo.



Caracas, 23 de marzo de 2016


IMAGENES: WEB




lunes, 3 de marzo de 2014

EL COLUMPIO QUE PENDIA DEL PINO



      Anoche, muy cansada de un día agitado, en el que visité super mercados vacíos y farmacias sin medicamentos, me acosté exhausta. Mientras conciliaba el sueño realicé uno de esos viajes hermosos y errantes de la memoria en el tiempo. Y volví a pasear por sitios recorridos en mi infancia.

      No tenía yo más de cuatro años, cuando me fui con mi tía Patricia a Los Teques, a casa de Carlota, otra de mis tías maternas que vivía allí con su marido Angel y su hijita Mariusa, algunos meses menor que yo. Para mí ese viaje constituía una auténtica aventura; prometía nuevos descubrimientos.  No recuerdo haber llorado por la ausencia de mis padres  durante mis vacaciones, distraída como estaba en compañía de mi prima. Sólo  vienen a mi mente los momentos felices que disfruté en ese viaje. 

     La casa  de mis tíos tenía un jardín que daba a la calle; en él  jugábamos nosotras, mientras los tíos conversaban y tomaban el café en el porche. Junto al corredor, y frente a las habitaciones, había un patio central lleno de rosales. Una pared de romanilla blanca lo separaba del comedor. A la mesa grande se sentaban los adultos, mientras que las niñas lo hacíamos a una mesita acorde con nuestra estatura, en un rincón de la estancia. Guillermina, la cocinera gorda y morena, quien seguramente era mucho más joven de lo que yo imaginaba entonces, nos traía a Mariusa y a mí en el desayuno, unas arepas muy grandes y delgadas rellenas de queso blanco y mantequilla, junto a un vaso de leche. También creía yo que esas arepas eran  de verdad inmensas, pues cubrían todo el plato que, por lo que yo veía, no era tan chiquito. 

      Luego de comer, nos íbamos  a jugar al  gran patio trasero de la casa en el que habían muchos árboles. Entre ellos se alzaba un  pino muy grande del que colgaba un precioso columpio fabricado por mi tío Angel. Mi felicidad era inmensa cuando al mecerme, agarraba con fuerza las sogas para no caerme. Mientras mis crinejas volaban junto conmigo y las mariposas me hacían cosquillas, yo experimentaba una sensación parecida quizás, a  la que tienen quienes se lanzan hoy en día de los parapentes. Cuando le tocaba el turno –un poco peleado- a mi prima, yo permanecía pegada al pino, distraída en sacar de la corteza, pequeñas bolitas de goma pegajosa que luego era difícil quitarme de los dedos. ¡Qué rico era el olor de la trementina!
      Por las tardes mis tíos nos llevaban a pasear en carro, vía Maracay para comprar miel y queso de mano en Las Adjuntas. Otras veces, por la entonces despejada carretera vieja de Los Teques para la provisión de hortalizas de la semana en los sembradíos de los chinos. También nos llevaban al cine o al parque. Después volvíamos a casa para la cena. Durante mis vacaciones dormí en la cama de Mariusa, que me encantaba, pues era de hierro y pintada de rosado. Mi tía Patricia ocupaba la cama de al lado. Todavía me  llegan, lejanos, los cantos de los grillos y las ranas que arrullaban mi sueño.

     Una vez fuimos a visitar a unos parientes que vivían en Las Cuatro Esquinas, en la parte alta de un edificio de sólo dos plantas. La entrada se hacía por una angosta escalera lateral. Allí, mi prima y yo, conocimos a otras chicas, las Tappia, que luego resultaron ser amigas de siempre. Pertenecían a una familia numerosa en la que había hijos de todas las edades, incluso adolescentes. Esa tarde, ellos se reunieron a ver una película en la sala, donde nuestra presencia no fue bienvenida, pues intentamos varias veces entrar para disfrutar también de la sesión de cine, y fuimos sacados sin misericordia entre las voces de protesta de los chicos. Sólo alcancé a ver que se trataba de una película en blanco y negro en la que bailaban unas hawaianas, sólo eso. Pero, luego nuestra desilusión la compensó el columpio de mi prima, que todas disfrutamos muchas veces durante las vacaciones.
  
     Al año siguiente, mi familia se fue a pasar una “temporada” en Los Teques, pero  allí nos quedamos diez años. En aquella época - al igual que hoy nos enviamos mensajes de texto o correos electrónicos- las Tappia y yo nos escribíamos cartas de Los Teques a Caracas, y viceversa.  En una de esas misivas Maritza, de mi misma edad, me decía: “…sígueme escribiendo para que nuestra amistad siga siguiendo…”

     Y ese  infantil  y gracioso deseo epistolar de mi amiga se cumplió durante largo tiempo, tanto con ella como con el resto de las chicas, hasta que cada una de nosotras tomó su camino en la vida y los encuentros se espaciaron. Años más tarde, y gracias a la tecnología de avanzada, Facebook volvió a reunirnos para recordar aquellos lejanos días de la infancia: las películas en blanco y negro de hawaianas;  las bolitas  de goma pegajosas con olor a trementina, las  divertidas misivas infantiles, entre muchas cosas. 


     ¿Y el columpio que pendía del pino? Me pregunté, cuando ya comenzaba a caer  poco a poco en las ondas Delta. La respuesta no se hizo esperar, pues de pronto, apareció ante mí el viejo patio trasero de la casa de mis tíos. Todavía  lleno de árboles y mariposas, como antaño. El pino continuaba en el medio del patio, enraizado en el tiempo, pero esta vez había crecido tanto que traspasaba las nubes. Estupefacta, vi que de una de las ramas colgaba el viejo columpio de madera, ya bastante desgastado. Las cuerdas, aunque deshilachadas, parecían todavía fuertes.  Corrí hacia él, y en cuanto me senté, empezó a mecerme el viento, primero con lentitud y luego con rapidez. Durante el cada vez más veloz vaivén  me sujeté con fuerza a las sogas. ¡Qué delicia, como en los lejanos días de mi infancia! Pero hubo un momento en que el viento me empujó tanto, que llegué hasta las estrellas, donde sus destellos casi me encandilaron.  Di vueltas por la estratosfera, agarrándome de los luceros, como podía, hasta que me desprendí de ellos, ingrávida. De pronto, una enorme cornucopia salida de una galaxia,  se volcó sobre mi cabeza, y al  igual que ocurre con las piñata, comenzaron  a caer  sobre mí gran cantidad de objetos, que poco a poco se convirtieron en lluvia incesante. Maravillada observé cómo me resbalaban, y a veces me golpeaban: 

 ¡Pasajes aéreos, dólares, bolívares revaluados; celulares, leche, azúcar, pan de trigo, harina pan, papel higiénico, medicinas, y también dulces  y otras exquisiteces! 

En una de las volteretas, entre los preciados objetos, volví a encontrar al columpio, y juntos aterrizamos en el patio de mi tío, en la rama del viejo pino, que nos esperaba.

    Pero continuó la lluvia bienhechora, y también el feliz balanceo del columpio que colgaba del pino y que, sin ningún cinturón que me atara, me prometía  seguridad, bienestar y calidad de vida. Cosas que hacía ya mucho tiempo, permanecían olvidadas y perdidas, en la madurez de mi vida.

Luego, cantaron las guacharacas, los pajaritos trinaron y entró el sol mañanero por la ventana. 

Había escampado.


Caracas, 28 de enero de 2014

Imágenes: tomadas de la WEB