sábado, 16 de julio de 2011

LOS PRIMOS



Hato La Fe, Guarico venezuelaturisticaestadoguarico.blogspot.com











Sólo se escuchaba el silencio salpicado por el canto de los grillos y el croar de las ranas. María Antonia, desde la ventana de su cuarto, observaba la calle desierta y pobremente iluminada por un solitario farol urgido de compañía. La tía dormía sola en el cuarto contiguo al de ella. El tío Juan había ido a San Fernando a entregar los productos agrícolas cosechados, que este año habían superado los del año anterior. Vendría mañana. Eso dijo él.
Ella, María Antonia, esperaba al primo, a Vicente, que visitaba a unos amigos. El recuerdo le nubló los ojos. Ella lo quería de siempre. El la quiso un poco por Carnaval, cuando se disfrazó de rumbera y el vestido que le hizo la tía acentuó su cintura. Todos los hombres del barrio la vieron entonces por primera vez como a una mujer, admirados de lo “buenamoza” y “simpática” que estaba. Las otras mujeres disimulaban su recelo, especialmente si el piropo salía de la boca del novio o del marido.
Ahora Vicente sólo pensaba en Matilde, su nuevo amor y también su desilusión, porque ya lo había dejado por otro. Mientras esperaba, recordaba. Fue en la fiesta del Negro Zamora, cuando ella, entre un baile y otro, atrajo la mirada del primo. Como los otros, él nunca antes se había fijado en su cintura, sino aquella noche. Le molestó la insistencia de Giuseppe que la volvía a sacar a bailar luego de haberlo hecho ya dos veces.
-Estoy cansada, italiano de verdad. Me molestan los tacones. Como continuara insistiendo, Vicente lo encaró y le dijo:

-Mire, Giuseppe, hay más muchachas en la fiesta. Ya le dijo ella que estaba cansada. Además, yo vine con la prima, no se me le acerque mucho.
El italiano se alejó gesticulando mientras decía:
-Stai matto, Vincenzo, stai matto. ¿Cosa ho fatto io?
El primo, se acercó a la muchacha, y atrayéndola suavemente hacia sí, le dijo:
- Ahora, mi negra, usted baila solamente conmigo, que fue quien la trajo al baile. ¿Entendido? Digo, si no le molestan los zapatos, o no le molesto yo. ¡Usted decide¡ - Y diciendo esto soltó una carcajada tan clara como la cascada que se oía al otro lado del patio.
Y así, contagiada por la risa del primo ella asintió temerosa y feliz. Conocía a Vicente. Era violento como el río cuando se desbordaba, y al mismo tiempo suave como la brisa. Le gustaba el muchacho curtido y fuerte. Le gustaba mucho. ¡Qué le importaban los tacones! Entonces el conjunto comenzó a tocar un bolero. Y Vicente la atrajo hacia sí, muy, muy pegadita a su cuerpo. Nunca había estado tan cerca del primo ¡Ay, Dios! ¿Qué le pasaba? Sus brazos le recorrían el talle haciéndole sentir una especie de mareo. ¡Y ella no había tomado nada fuerte, sino tizana! El corazón se le había vuelto loco. Oía la respiración fuerte del primo y con un gran esfuerzo ella contenía la suya.
- ¡Vámonos! – dijo de pronto el primo, tomando a María Antonia por el brazo.
- Pero, es temprano, Vicente.
He dicho vamos y es andando- recalcó el muchacho mientras la conducía rápidamente hacia la puerta. Ya en la calle, disminuyó la presión de su mano sobre la de la prima. Le acarició la cara suavemente, al tiempo que le día:
- Estás linda esta noche, prima.
- Es el vestido, Vicente.
- ¡Qué vestido ni ocho cuartos! Eres tú, María Antonia- dijo atrayéndola hacia sí con fuerza.- Eres tú quien cada día te pones más bonita y me vuelves loco, muchachita.- Y diciendo esto enlazó su cintura y así, llegaron a la cas. Ya en el portón, ella sintió la brasa quemante de sus labios. Una oleada de fuego se agitó en su interior…
- ¿Cuántos besos fueron? ¿Cinco, diez? ¿Acaso uno muy largo? No lo recordaba. El tiempo se detuvo en un maravilloso intercambio de labios y lenguas. Intercambio que súbitamente interrumpió Vicente.
- -¡Vamos, vamos!- dijo apremiente el primo.
- -¿Adónde, Vicente?
- -A mi cuarto, muchacha.
- No, no Vente. Estás loco. La tía se despierta…
- Camino de la habitación la vuelve a besar. Esta vez el hombre, como loco, busca entre el escote los senos prietos de María Antoni.
Casi sin fuerzas, siente la caricia tibia del primo en su pecho. Un placer desconocido la envuelve y la asusta…
- Si tú quisieras conocerías el cielo esta misma noche…
- No, no , Vicente, la tía…
Poco a poco se abandona en los brazos del primo en una mezcla de pánico y placer.
De pronto, se enciende la luz y hacia ellos se encamina una figura envuelta en una manta azul.

- ¿Ya llegaron, muchachos? Gracias a Dios, porque estaba preocupada. Váyanse a dormir, que voy a cerrar el portón. ¡Que Dios los bendiga!
Luego pasaron los día acompañados de lluvias, de sol y rutina. Vicente no se acordó más de los besos de María Antonia y ella los saboreaba todavía en el silencio de la noche. Atesoraba las sensaciones descubiertas ante la proximidad del hombre. Lloraba el recuerdo. Lloraba el olvido.
Esa noche, presa de una rabia sorda, recordó que fue en el joropo de los Mantilla donde Vicente conoció a Matilde. “Debe haberle echado brujería”, pensaba la chica con furia.
Ella sabía que Matilde jugaba con él. Lo engañaba como había engañado a muchos en el pueblo. Decían que estaba loca. Juanita, su amiga le dijo una noche:
-A Matilde le da por buscar hombres. Hay veces, que como loquita los persigue y a veces, hasta se pierde con ellos por días. Ella estuvo en Caracas trabajando y como que vino peor. Le dejó a Ña Barbarita la bodega sola y se le metieron los ladrones. Ahora y que se fue con un camionero.
Y Vicente suspiraba por ella. Estaba triste. Languidecía en el chinchorro con el cuatro silencioso a un lado. Todo había huido de él: su contagiosa alegría y hasta sus arrecheras.
De pronto, los pasos del primo que se acerca y el rechinar de la puerta sedienta de grasa, la sobresaltan.
- ¿Todavía despierta, María?
- -Todavía.
- Ve a descansar, que es tarde.
- Sí, ya voy. Más tarde.
Ella lo observa. Está más flaco. Tiene una barba indecisa de dos semanas. ¡sí son tontos los hombre! Ponerse así por una mujer que no les para, que no les hace caso. Verdaderamente, parecen pendejos. Pero súbitamente un sentimiento de tristeza le cruzó el alma.
- ¿Ya comiste, Vicente?
- No, no tengo hambre. Vete a dormir y déjame solo.
¡No, señor! Hice un guiso que me quedó muy bueno y tienes que probarlo. Está riquísimo. Además hay arroz blanco, plátano y bienmesabe. Algo tendrás que comer, no puedes dejarte morir. Se lo que tienes, te comprendo y no te lo puedo reprochar. Pero, tienes que salir de ese rollo, vale. ¡Ven, chico, que la comida está calientica…!
Se acerca al primo, y le acaricia el pelo revuelto y la barba.
-¡Ay! ¡Cómo pincha! ¿Te la vas a dejar crecer? No te queda mal, pero arréglatela… O te dejas bigotes… También son lindos…
Entonces, coquetamente se aleja del primo para ponerle la mesa.
Vicente la mira sonriente. Observa sus inquietos movimientos. “Tiene belleza, la prima. Es hermosa la mujer –piensa- ¡Cómo habla, la condenada! Ha crecido la muchacha. Ya hace días se había dado cuenta, antes de aparecer Matilde- recordó de pronto- ¡Sí, la noche del joropo del Negro Zamora, claro! ¡No, no, pero ahora está más mujer, tiene algo que no se qué es y que no había visto antes!…
Se le acercó lentamente por la espalda y ya, junto a la mesa, la tomó por la cintura. Ella, sorprendida, interrumpió el quehacer y le miró a los ojos. Captó entonces el maravilloso brillo de los ojos de Vicente y jugueteo de sus pupilas. La inundó una oleada de felicidad desconocida, nueva. Sintió casi estallar el corazón cuando los labios del primo permanecieron como prisioneros voluntarios entre los suyos. Este beso, largamente esperado, tenía un sabor dulce, ligeramente salado.
Luego, sin hablar, en un silencio que gritaba a voces el sentimiento, se dirigieron hacia la habitación en penumbras de María Antonia, sin importarle apenas el ronquido de la tía que dormía placenteramente en el cuarto de al lado.

Caracas, noviembre, de 1992.



















jueves, 14 de julio de 2011

LA CASA DE LAS MALANGAS AMARILLAS




Casa abandonada www.taringa.net


Eran las dos de la tarde y el sol, inclemente, esparcía sus rayos sobre toda superficie, filtrándose, indiscreto, por cualquier ranura que se lo permitiese. El mar reverberaba en su constante movimiento. Cerca de una de las playas se extendía una antigua urbanización, que en sus buenos tiempos parecía haber sido extraordinariamente hermosa y bien cuidada por la municipalidad. Hoy, calles y aceras rotas y cubiertas de hojas- que nadie se acordaba de barrer- servían de habitat perfecto para las alimañas y la mugre. Las casas que flanqueaban una de las avenidas, mostraban el color original de sus paredes, y algunas, dejaban al descubierto profundas heridas. En el conjunto de las otrora elegantes residencias, destacaba una ubicada en un ángulo de la calle. Se trataba de una hermosa quinta cubierta por un denso follaje, formado por maleza y malangas amarillas. La vivienda parecía soportar complacida el peso de las trepadoras, que en su recorrido por techos y paredes, se empeñaban en enredarlo todo, en invadirlo todo, incluso el interior de la morada, donde se habían introducido subrepticiamente, a través de los vidrios rotos. Pero en este afán de dominio, sin embargo, había una magia sutil que parecía cuidar todo lo que tocaban; y amparaban, bajo su red, aquello que merecía ser protegido de la corrupción del ambiente. De esta manera, firme y voluntariosa, el amarillo aguacate de sus hojas y los mil brazos de los enrevesados tallos continuaban su excursión por el jardín, la cerca y la acera, para perderse luego, como serpientes, por las playas solitarias, acariciadas por el mar. A lo lejos, el pegajoso ritmo de un son se adhería al del salitre, que corroía no solo las ventanas y las puertas de las casas, sino también las almas de los invisibles habitantes de la isla caribeña. Por su parte, la tarde dormía su siesta habitual y tranquila, hasta que un acontecimiento la despertó para presenciar un espectáculo insólito.

Un muchacho alto, flaco y con el pánico pintado en el rostro, corría calle abajo. Volteaba la cabeza constantemente, mientras saltaba los obstáculos que se le aparecían sorpresivamente en el camino. Vestía jeans, franela y unos zapatos deportivos ya rotos por el uso. Llevaba un escapulario que saltaba también sobre su pecho jadeante. El copioso sudor le oscurecía, aún más, el pelo y la sucia indumentaria.
- ¿Por qué se confundieron los azules aquella tarde, hace ya cinco años y me encerraron en esa maldita cárcel? -pensaba el chico mientras emprendía la huída- Yo solamente atendía mi puesto en la acera. Yo no robé, ¡Coño! No robé nada en el Banco Insular. No se por qué me metieron en el grupo de aquellos malditos malandros. Yo no he robado nada en mi vida. Se los juré por mi madre (que en Gloria esté), y así y todo no me creyeron, ni me creerán nunca. Me mandaron a la pocilga siendo inocente. Mientras, coño, mi expediente muere en la gaveta del Fiscal del Tribunal, junto a los de cientos, miles de otros presos como yo. Por eso el motín, coño. Fue entonces cuando algunos aprovechamos. Lo más seguro es que hayan quemado ya a unos cuantos ¡Maldita sea! Yo pensé que no se darían cuenta tan rápido cuando salí y le di los coñazos al Sargento Miguel en la puerta de la lavandería. Allá quedó el muy pendejo, revolcándose con los golpes que le metí para quitarle la llave. No joda, pensé que tendría más tiempo cuando salí de la pocilga, y no fue así, coño. La alarma sonó demasiado rápido y ahora quieren joderme. Pero no lo lograrán. No otra vez, no. No quiero volver a dormir en esa hamaca guindada de las tuberías, en la que no pasa una noche sin que me caiga el agua ¡Hasta cuándo, no envaine! Quiero dormir en una cama, en una cama de verdad. No quiero compartir más la cama con dos o tres h… Ni quiero, tampoco, dormir en el suelo junto con las ratas. Estoy harto de que me extorsionen. Me niego a continuar comiendo mierda. No, yo no me vuelvo a joder. ¡Que se jodan ellos!

El fugitivo en su alocada carrera, dejaba atrás la prisión fantasmal y miserable, donde languidecían abarrotados los privados de libertad. Tras los barrotes se veía el horizonte reverberante, bañado por las olas. Dentro de los muros aumentaba el calor y se esparcía un vaho insoportable emanado de cuerpos hacinados que desconocían –desde hacía ya mucho tiempo- la frescura de una artesa o de un simple chorro.

A pesar de la confusión ocasionada por el motín, las autoridades del penal, hábiles en la utilización de la fuerza bruta que no requiere materia gris para la acción, intervinieron inmediatamente. La prensa, la radio y la televisión ya darían cuenta del número de muertos y heridos.

Mientras, de dos patrullas policiales de la Guardia Insular saltaron varios soldados armados hasta los dientes, y protegidos por chalecos antibalas. El Comandante marcaba la estrategia a seguir para atrapar al recluso:
- Sargentos de la División 1 diríjanse a la Calle A. Los de la 2 por la Calle B, y el resto se queda conmigo. “¡Allí va el hombre!” Gritó de pronto la voz atronadora del Comandante. “No se nos escapará, el condenado… ¡Utilicen las armas si se resiste, carajo!”.
Siguiendo las órdenes los guardias corrieron por distintas calles, y apuntando el cuerpo del muchacho cuando éste, zigzagueando, apenas si se dejaba ver a través de las miras. Mientras tanto, corría, corría y los desorientaba, extraviándose a ratos por las calles de la urbanización. Hasta que, súbitamente, dos de las fuerzas convergieron al final de una calle que el recluso acababa de dejar atrás.

- Ahí está, agárrenlo, carajo. Y los escarabajos negros atendieron la orden, disgregándose lateralmente.
-Estoy perdido, coño –dijo el chico, quien ya se había percatado de la estrategia de búsqueda. Haciendo caso omiso a las voces de alto, trató de acelerar, ya casi sin fuerzas, su alocada carrera. Súbitamente escuchó el estallido seco de un disparo que le atravesó el pantalón de su pierna derecha. Aterrorizado y con el corazón en la boca, se fijó en el agujero y pensó que era hombre muerto; invocó desesperadamente a su patrona la Virgen del Carmen, y le pidió le diera fuerzas y mayor celeridad a sus ya extenuadas piernas. El miedo a ser alcanzado le proporcionó nuevas fuerzas y corrió, corrió, cruzó la calle y logró alcanzar la esquina. Entonces, vio una casa abandonada al final de la calle, pensó esconderse en ella y luego, salir por detrás y alcanzar la playa, pero en el momento que pasaba frente a la quinta, tropezó con la tupida enredadera de malangas amarillas que cubría la acera y cayó aturdido  hundiéndose entre las  apretadas enredaderas del jardín. Con el inesperado impacto, las malangas se abrieron y luego volvieron a extenderse, caprichosas, por las rotas aceras rumbo a las blancas playas.

De pronto sonaron varios disparos más y el humo lo dispersó la brisa marina. Luego de un silenció se oyó la voz atronadora del Guardia:
- ¿Dónde está el hombre, Sargento? Usted mismo le disparó.
- Lo vi caer, mi Comandante. Tiene que estar por aquí, por aquí mismito – dijo el policía señalando la vieja casa. Entremos, puede que esté escondido.
- Si, mi Comandante, aunque allí lo que debe haber son fantasmas dijo, miedoso, adentrándose en la maleza con algunos compañeros, pero no encontraron a nadie. Sólo algunas culebras. Y así lo reportaron.
- ¿Que no lo encontraron? -gritó el guardia- ¿Y entonces el carajo dónde se metió? Furioso y con el arma de reglamento en alto, el Comandante ordenó a los policías:
- Revisen el resto de la zona, también casa por casa, centímetro a centímetro. Que no quede un maldito lugar sin escudriñar. ¡Agarren al desgraciado, vivo o muerto, no joda!
Y así se hizo; se buscó en todas las quintas, en las playas, en las carreteras, en los botiquines y restaurantes del lugar, pero no se encontró al recluso por ninguna parte. Se reinició la búsqueda al día siguiente, continuó día tras día, semana tras semana, meses y meses; se prolongó año tras año, hasta que al fin, el expediente durmió el sueño eterno en una de las gavetas de los archivos de la Prisión de la Guardia Insular.






Ejercicio No. 1 del Taller Julio Cortázar
Dictado por Israel Centeno
Caracas, 27 de marzo de 2005

sábado, 9 de julio de 2011

PROFUNDIDADES


Playa El Agua, Isla de Margarita
Venezuela. playas.venezuela.net.ve







La vi pasar ondeando su cuerpo como una sirena. Buceaba alrededor del barco hundido, entre los peces, las algas y los corales. La chica observaba curiosa el casco de la nave; examinaba su interior. Parecía sobrecogida ante la visión espectral del barco enterrado en el fondo del mar, ahora convertido en un arrecife artificial de corales.
Me subyugó la belleza tropical de la muchacha; su cabello largo y negro, también ondulante, cuerpo entallado por un traje azul oscuro y acariciado por nubes de burbujas. Yo la observaba embelesado, y cuando ella dio la vuelta al barco, de babor a estribor, la seguí discretamente, manteniendo cierta distancia. De pronto advertí cómo se le enredaba una de las chapaletas en un coral, descalzándola, y cómo ella siguió nadando sin importarle apenas el incidente. Pero, sucedió que cuando se disponía a salir a la superficie, el pie descalzo tropezó con un erizo, y esta vez la muchacha dio una violenta pirueta al sentir el dolor, y aceleró el ascenso. Una vez en la playa se echó sobre la arena. Parecía muy adolorida, pues se tomaba el pie derecho con ambas manos; por último, cojeando, se dirigió hacia un uvero. Allí, bajo su sombra, permaneció acurrucada sollozando.
Entonces, decidí acercarme para ayudarla. Me presenté. Le dije que me llamaba Diego, y que era un pescador de la zona. Le comenté que había visto el accidente con el erizo y, que si ella me permitía, podía curarla. Me dijo que se llamaba Camila, y agradeciéndome la ayuda, me pidió que me sentara junto a ella. Le pregunté que por qué había ido a nadar sola, y me contestó que siempre lo hacía. La alerté del peligro que significaba acercarse al barco, incluso en compañía; había muchos tiburones rodeándolo en busca de alimento. La chica se aterró, cuando escuchó lo que le dije:
-Tuviste suerte, muchacha, tuviste muchísima suerte de encontrarte solamente con un erizo, y no con un tiburón. Más de uno, aún tomando todas las precauciones, ha ido a parar a las fauces devoradoras de esas fieras marinas. No debes repetir tal imprudencia.
Camila, muy asustada, me dijo que se había acercado al barco atraída por su misterio, pero aceptó su error y agradeció mi consejo. Observé el pie herido; afortunadamente no tenía muchas espinas, pero era necesario sacárselas, por lo que le pedí que me acompañara hasta mi cabaña.
-Apóyate en mi hombro, por favor –y diciendo esto la tomé del brazo, pero ella se quejó. Al ver que tenía la extremidad muy hinchada, tomé a la chica en mis brazos. Era diminuta, liviana. El contacto de su cuerpo me puso tenso, nervioso. Ya en la cabaña, la senté en una hamaca y busqué un poco de alcohol y una vela.
-Te va a molestar un poco, -le advertí-, pues dejaré correr la esperma caliente sobre la piel para que salgan las espinas. Afortunadamente son pocas –agregué tratando de tranquilizarla-. Si no las extraemos, se te pueden infectar las heridas. Luego te sentirás mejor -concluí sonriendo. Ella me devolvió el gesto, aprobando lo que le decía. Entonces procedí a sacarle las espinas, en medio de algunas protestas iniciales. Al terminar de curarla la dejé reposar.
La chica se durmió un buen rato, y al despertar, ya más calmada, me contó que había venido a pasar el día con un grupo de amigos en Playa Bonita, pero que había preferido hacer snorkle sola. Por la tarde, todos se reunirían en el muelle para esperar que el yate turístico viniera a recogerlos. Camila, además de bonita era muy simpática. Su conversación también era agradable, y su sonrisa, aún más. Le propuse almorzar, y preparé algo liviano.
-¡Mmm...! ¡Esto está delicioso, Diego! ¡Que bien cocinas! –dijo mientras saboreaba el platillo que le ofrecí.
-Gajes del oficio. Tienes que hacerlo cuando navegas – expliqué, mientras preparaba el café.
-¿Viajas mucho? – preguntó, recostándose sobre unos cojines en el suelo.
-Antes lo hacía con frecuencia a puertos lejanos, pero ahora sólo me desplazo por esta zona. Le contesté, mientras la observaba fascinado.
-Entonces, si vives aquí, debes saber la historia del barco hundido. –Preguntó curiosa.
Asentí, y le narré el episodio que conocía tan bien. Le dije que se trataba de un pesquero que había sucumbido una noche en medio de una tormenta, hacía ya más de cincuenta años. Lamentablemente ninguno de los pescadores de la tripulación sobrevivió: fueron devorados por los tiburones. De allí mi alerta. –Observé- Y lo terrible de la historia fue –concluí con un dejo de profunda tristeza- que ninguno de los diez tripulantes, sobrepasaba los veinticinco años.
Camila entonces, en un intento de romper el embarazoso silencio que siguió a la narración, interrogó, señalando la pared:
-¿Esa guitarra es tuya?
Por toda respuesta la descolgué, y afinándola, comencé a cantar unas baladas. Camila me escuchaba complacida. Al terminar mi interpretación ella insistió en escuchar otra. Sentí que no le era indiferente. Le gustaba mucho mi voz, me dijo sonriendo. La complací y entoné otras melodías. Luego, brindamos por nuestra amistad. Continuamos charlando, riendo y cantando. Y llegó el momento en el que dejé la guitarra a un lado, y acercándome a Camila, le tomé la mano y le dije:
-Ahora ya basta de canciones, muchachita. Prefiero estar contigo.
La atraje suavemente hacia mí, la abracé y percibí su perfume sensual. Besé sus labios, y hurgué dentro de su boca. Ella, me devolvió las caricias, hasta que dejó prisioneros mis labios entre los suyos. Continuamos besándonos mientras recorríamos, siempre a un mismo ritmo, lentamente al principio, y rápidamente luego, las montañas, abismos y mares que más tarde fueron testigos de la batalla que sostuvimos hasta caer exhaustos uno sobre el otro. Al finalizar la lucha, en medio de expresiones victoriosas, recuerdo que no hubo ni vencedor ni vencido. Camila abrazó mi pecho, y me acarició con suavidad la barba, mientras yo lo hacía con su espalda. Sentí su respiración, agitada al principio, y tranquila después. Observé la maravillosa quietud de su cuerpo y enlacé su cintura. Me dormí, también, abrazado a ella. No se cuánto tiempo duró el maravilloso placer de sentirla mía. Cuando desperté, ella aún dormía profunda y placenteramente. Entonces, con gran cuidado, separé mi desnudez de la suya y la miré con inmensa nostalgia. ¡Era tan hermosa! Había sido una verdadera felicidad conocer a Camila, estar con ella y, sobre todo, haberla amado como ya no creía poder hacerlo nunca más en mi vida. ¡Cuánto no hubiese dado yo por permanecer siempre junto a esta maravillosa mujer y perderme  dentro de ella mil veces como esta tarde, hasta llegar a su alma!
La besé suavemente para no despertarla, y  levantándome rápidamente me  dirigí a la playa. Una vez allí sentí un deseo irresistible de volver sobre mis pasos; quise regresar a la choza junto a Camila, pero una fuerza  superior  me empujó hacia las frías aguas para volver a las escalofriantes profundidades de donde nunca debí haber emergido.

Caracas, 2007

jueves, 7 de julio de 2011

AMANECERES


Despiertan anhelantes mis recuerdos
al murmullo de una voz cercana
que trae el caprichoso viento del Océano.
Dulzuras de miel me envuelven,
alocados galopes recorren mi ser
y resurgen intactas antiguas sensaciones.
Sensuales caricias encienden fuegos internos,
abrasan las hojas quebradizas de mi hastío;
retoñan frondas que bendice el rocío
para anunciar nuevos amaneceres.
¡Allí estás tú!
Fuerte y cálida presencia azul
que se adhiere a mi piel, a mis sentidos,
al dulce recuerdo del pasado,
y a un presente que trae, todavía,
tibias promesas de futuro.

Caracas,4 de abril de 2011