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martes, 15 de enero de 2019

EL ASIDERO HUMANO

METRO DE CARACAS

     Hace poco fui a hacer una diligencia a Sabana Grande. Como tenía prisa, tomé el Metro desde Chacaíto hasta esa estación. Podía haber ido a pie, pero pensando que ahorraría tiempo me fui, por razones obvias, a la última "parada" destinada al "Area Preferencial", que estaba tan atestada como las demás. Cuando llegó el tren en dirección Pro Patria, no pude abordar el vagón preferencial, pues la puerta, luego de sonar el pito, se cerró con  violencia ante mis narices. Entonces me fijé que todavía había un espacio libre en el vagón de al lado, también atestado, y con la rapidez del caso logré abordar el vagón. Esta vez el pito sonó a mis espaldas y la puerta se cerró con la misma agresividad de siempre, convirtiéndome en la última sardina en lata del vagón. Me angustié, porque no encontré de donde sujetarme cuando comenzó a andar el tren. De pronto apareció ante mi, justo ante la puerta, el brazo extendido y musculoso de un joven, que acompañando el gesto me ordenaba: "Agárrese de aquí, señora". Sorprendida, me así a su brazo todo el trayecto hasta llegar a Sabana Grande. Cuando le di las gracias al chico, éste sonreía desde su gran altura, dejando ver unos dientes muy blancos; los ojos que imagino hermosos, los ocultaban unos lentes de sol y su cara de facciones regulares, bonitas, la sombreaba una gorra de béisbol.
    Llegué a destino agradeciendo de nuevo al muchacho su caballerosidad, con la agradable sensación de constatar que así es el venezolano de todos los tiempos: educado, amable y ocurrente. Siempre atento a las necesidades de una dama, sin importar su edad. Dios bendiga al joven por su noble gesto, ayuda que no lo dudo, él también hubiera ofrecido a cualquier persona que, al igual que yo, hubiera necesitado una mano o su fuerte brazo -como asidero humano- dentro del abarrotado Metro, para no caer.


Caracas, 14 de enero de 2019

Imágenes: Web

Publicado en Facebook














sábado, 23 de noviembre de 2013

"DESBARAJUSTE" Y MIEDO EN SABANA GRANDE



   Esta tarde pasé por Sabana Grande al regresar de una diligencia. La gente pululaba en el bulevar, dándole un aire de pequeño Hong Kong. Muchas tiendas lucían cartelitos de "Ofertas", bastante inusuales en esta época tan próxima a la navidad. Todo, producto de órdenes gubernamentales de "bajar los precios". Esta  extraña medida económica es una especie de ilusión "óptica" por parte del sector oficial, pues cree que con estas acciones se aminora  la altísima inflación que sufrimos los venezolanos. Sólo que todos sabemos que esto no es más que una consecuencia de la política económica fracasada del gobierno, copiada de la castro-comunista en Cuba, que nos está llevando hacia un despeñadero.

  Las redes sociales, la prensa y la televisión internacional propagaron la noticia  de los saqueos ocurridos la semana pasada en Venezuela a las tiendas de electrodomésticos ante la triste expresión del jefe del gobierno en una de sus cadenas televisivas de: "Que no quede nada en los anaqueles".  Vergonzosas imágenes lo demuestran: locales devastados como en una guerra, pues todos iban tras el botín al entrar como batallones, destrozando a su paso, muchos de los negocios de electrodométicos del país.


FOTO TOMADA DE LA WEB


FOTO TOMADA DE LA WEB.
  Todavía, con la sensación desagradable de los tenebrosos acontecimientos de la semana pasada, yo observaba el ambiente mientras caminaba por el bulevar. Distraída, entraba en una y en otra zapatería, pues el calzado es el rubro que más se vende en Sabana Grande. Algunos exhiben en las vidrieras otros como blusas, bluyins y mucha bisutería. Algunos locales continúan, todavía, si identificar, mientras que otros comienzan a mostrar sus nombres en pequeños, tímidos anuncios, que siguen un patrón socialista. La obras de arte exhibidas en el bulevar y los parques de diversiones infantiles colocados en las calles y rodeados de bancos que parecen lápidas, apenas si dan un tono alegre al ambiente. Esa es mi impresión y ya lo he manifestado en crónicas anteriores.

  De pronto, en la acera de enfrente observo una gran cola  frente a Dorsay, que aún , por la tarde, no ha abierto sus puertas. Le pregunté a una chica el porqué de la cola y me contestó que era una de las tiendas sancionadas por el gobierno, obligada a bajar los precios y ofrecerlos al público. 

   Sólo había visto situaciones similares en la red. Más adelante me encontré con una zapatería en las mismas condiciones, sólo que a las puertas de este local se encontraban varios policías ante la hilera de personas que, también esperaba que se abrieran las puertas para entrar. 









 Me detuve en un tercer local que se encontraba en las mismas condiciones que los anteriores. Sólo que esta vez la cola era interminable al doblar la esquina. Tomé varias fotos, pues acostumbro llevar mi cámara para plasmar aquello que me llama la atención para mi blog. Como la cantidad de compradores abarcaba tres cuadras o más, varias personas  observábamos, asombradas, al público que se arremolinaba en una especie de corral amarillo, bordeado por cuerdas del mismo color. Entonces me acerqué y tomé unas tres fotos, tratando de abarcar la fila en toda su longitud.  Y sucedió que la gente que la formaba se disgustó cuando lo hice y empezaron a gritarme que por qué les tomaba fotos. Las voces de protesta se multiplicaron amenazantes contra mí. Les contesté que me gustaba tomar fotos, simplemente eso. Continuaron las voces airadas y sentí miedo de que se me abalanzaran y me quitaran la cámara, por lo que la lancé rápido a la bolsa de plástico negro de una mercancía que había comprado en un mayor sin más cola que la normal para pagar en la caja. A mí, como a todos, me gustan los precios bajos, y puede que camine mucho para encontrar mejores ofertas, pero en una tienda o supermercado en el que la desesperación no sea la protagonista.

   Todavía sonaban las voces furiosas a mis espaldas, pero ya no contra mí, sino -aún más altas- contra un empleado de la tienda que les informó que venderían mercancía hasta un número determinado de personas - y señaló el sitio de la fila como el límite de ese día. Y agregó que las otras quedarían para el siguiente. Continuaban los gritos de protesta, cuando crucé la calle. El corazón me latía con fuerza, todavía cuando me acerqué a un muchacho recostado a la pared. Le conté lo sucedido, y  mientras él observaba la escena del grupo alborotador me dijo:

   -¡Qué desbarajuste! ¿Acaso ellos no pueden también tomar fotos con sus celulares? ¿Quién se los prohíbe?

   Y era verdad, puesto que muchos portaban sus  teléfonos celulares. Admito que en las circunstancias actuales, quizás me arriesgué tomándoles fotos a las personas que esperaban comprar la "oferta oficial" impuesta. Imagino que al ver la cámara se alarmaron. ¿Pero acaso ellos tenían más derechos que yo? Esas personas esperaban la apertura de una zapatería donde obtendrían con su compra precios bajos por orden del gobierno. No estaban haciendo nada malo, y yo tampoco.

   Mi conclusión es que en la actualidad una ola de miedos se extiende por el país: miedo a la escasez que se enseñorea de nuestras despensas y neveras; angustias del pueblo que perciben la presencia de armas antiaéreas en Fuerte Tiuna; terror de que seamos víctimas del hampa; alarma ante la creciente inflación que amenaza en convertirse en hiperinflación y, Dios no lo permita, en estanflación.

   Lo ocurrido esta tarde en las calles de Sabana Grande, forma parte de esas angustias del pueblo. Expresan  temor, terror a no se qué, por parte de quienes formaban las colas para las "ofertas" gobierneras; a  las fotos de mi modesta cámara fotográfica. Y también susto por mi parte, a que me la arrebataran y, lo confieso, miedo también a que me agredieran, en medio de ese desbarajuste.

Caracas, 21 de noviembre de 2013