lunes, 2 de diciembre de 2013

EL CENTINELA

   
NIDOS DE CIGÜEÑAS EN BURGENLAND, AUSTRIA.


     Un domingo de verano mi grupo de amigos y yo decidimos irnos a almorzar a Burgenland, el estado de Austria que limita, al Sureste, con Hungría. Era un atractivo programa que nos permitía, además de disfrutar del magnífico paisaje durante el trayecto de un poco más de una hora  desde Viena a Neusiedler See (Burgenland) y también, probar el vino de la temporada. Llegamos a un acogedor restaurante bordeado de viñedos y de nidos de ciguëñas.  Entramos  y ocupamos una gran mesa sombreada por inmensos árboles y parras. El vino  de la temporada fue nuestro invitado especial, además de las deliciosas especialidades culinarias del lugar que incluían postres con influencia de la cocina húngara. Reinaba la alegría entre nosotros ante festín  tan extraordinario.  Luego del postre, y con algunos vinos en la cabeza, yo saboreaba un ramos de uvas.
 Mientras las comía, al levantar la vista, me fijé en algo que no había percibido: a pocos pasos del restaurante entre la llanura autro-húngara, se alzaba una garita de vigilancia. Un joven guardia se paseaba de un lado al otro. Me separé del grupo un momento, sin dejar de sostener el ramo de uvas. Luego me acerqué hasta la caseta, y observé cómo la franja que separaba Austria de Hungría, se perdía en el horizonte. El paisaje era muy hermoso bajo el sol ardiente del verano. Imaginé un invierno en aquella soledad y me congeló la sola idea de pensarlo. El pobre vigía se moriría de frío. Entonces alcé la vista y mi mirada se cruzó, por sólo un instante, con la del vigilante. Pero él continuó atento a su trabajo. Pensé lo duro que debía ser tener esa responsabilidad: No podría abandonar por nada del mundo la frontera húngara. Entonces, algo de la Eva que todas las mujeres llevamos dentro me hizo ofrecerle, en vez de la manzana el ramo de uvas, mientras le decía al centinela:
     -Bitte, come hier, come hier. 
    Lo invité a bajar a sabiendas que él no podía abandonar su puesto, y menos aún atravesar la frontera. El chico me sonrió también. Entonces, muy animada, repetí la invitación a mi Adán. ¡Cómo me agradaba tentar al pobre chico!
    Pasó un rato en el que continué, divertida, enseñándole las frutas. De pronto, vi que el vigía dejaba la garita. Imaginé que ahora le tocaba hacer su recorrido a pie a lo largo de la franja fronteriza. Comenzó su recorrido.  Me alegró pensar que pasaría frente a mí y así podría verle más cerca, pero  observé que en lugar de continuar su camino, daba un giro inesperado y se dirigía hacia el jardín del restaurante y luego hacia mí para reclamar el regalo prometido. Como  yo aferrara el racimo contra mi pecho, sin articular palabra, él me dijo:
     
     - Fraülein, Fraülein¡ ¿No me va a dar lo que me ofreció con tanta insistencia? Aquí estoy, porque lo prometido es deuda también en este caso!

     Luego, añadió, al saborear las uvas: 

   - Y no se preocupe, que la garita de vigilancia está en ¡Zona neutral!

Caracas,30 de noviembre de 2013
Imágenes tomadas de la Web.


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