lunes, 3 de marzo de 2014

EL COLUMPIO QUE PENDIA DEL PINO



      Anoche, mientras conciliaba el sueño realicé uno de esos viajes errantes de la memoria en el tiempo. Y volví a pasear por sitios recorridos en mi infancia.

      No tenía yo más de cuatro años, cuando me fui con mi tía Patricia a Los Teques, a casa de Carlota, otra de mis tías maternas que vivía allí con su marido Angel y su hijita Mariusa, algunos meses menor que yo. Para mí ese viaje constituía una auténtica aventura; prometía nuevos descubrimientos.  No recuerdo haber llorado por la ausencia de mis padres  durante mis vacaciones, distraída como estaba en compañía de mi prima. Sólo  vienen a mi mente los momentos felices que disfruté en ese viaje. 

     La casa  de mis tíos tenía un jardín que daba a la calle; en él  jugábamos nosotras, mientras los tíos conversaban y tomaban el café en el porche. Junto al corredor, y frente a las habitaciones, había un patio central lleno de rosales. Una pared de romanilla blanca lo separaba del comedor. A la mesa grande se sentaban los adultos, mientras que las niñas lo hacíamos a una mesita acorde con nuestra estatura, en un rincón de la estancia. Guillermina, la cocinera gorda y morena, quien seguramente era mucho más joven de lo que yo imaginaba entonces, nos traía a Mariusa y a mí en el desayuno, unas arepas muy grandes y delgadas rellenas de queso blanco y mantequilla, junto a un vaso de leche. También creía yo que esas arepas eran  de verdad inmensas, pues cubrían todo el plato que, por lo que yo veía, no era tan chiquito. 

      Luego de comer, nos íbamos  a jugar al  gran patio trasero de la casa en el que habían muchos árboles. Entre ellos se alzaba un  pino muy grande del que colgaba un precioso columpio fabricado por mi tío Angel. Mi felicidad era inmensa cuando al mecerme, agarraba con fuerza las sogas para no caerme. Mientras mis crinejas volaban junto conmigo y las mariposas me hacían cosquillas, yo experimentaba una sensación parecida quizás, a  la que tienen quienes se lanzan hoy en día de los parapentes. Cuando le tocaba el turno –un poco peleado- a mi prima, yo permanecía pegada al pino, distraída en sacar de la corteza, pequeñas bolitas de goma pegajosa que luego era difícil quitarme de los dedos. ¡Qué rico era el olor de la trementina!
      Por las tardes mis tíos nos llevaban a pasear en carro, vía Maracay para comprar miel y queso de mano en Las Adjuntas. Otras veces, por la entonces despejada carretera vieja de Los Teques para la provisión de hortalizas de la semana en los sembradíos de los chinos. También nos llevaban al cine o al parque. Después volvíamos a casa para la cena. Durante mis vacaciones dormí en la cama de Mariusa, que me encantaba, pues era de hierro y pintada de rosado. Mi tía Patricia ocupaba la cama de al lado. Todavía me  llegan, lejanos, los cantos de los grillos y las ranas que arrullaban mi sueño.

     Una vez fuimos a visitar a unos parientes que vivían en Las Cuatro Esquinas, en la parte alta de un edificio de sólo dos plantas. La entrada se hacía por una angosta escalera lateral. Allí, mi prima y yo, conocimos a otras chicas, las Tappia, que luego resultaron ser amigas de siempre. Pertenecían a una familia numerosa en la que había hijos de todas las edades, incluso adolescentes. Esa tarde, ellos se reunieron a ver una película en la sala, donde nuestra presencia no fue bienvenida, pues intentamos varias veces entrar para disfrutar también de la sesión de cine, y fuimos sacados sin misericordia entre las voces de protesta de los chicos. Sólo alcancé a ver que se trataba de una película en blanco y negro en la que bailaban unas hawaianas, sólo eso. Pero, luego nuestra desilusión la compensó el columpio de mi prima, que todas disfrutamos muchas veces durante las vacaciones.
  
     Al año siguiente, mi familia se fue a pasar una “temporada” en Los Teques, pero  allí nos quedamos diez años. En aquella época - al igual que hoy nos enviamos mensajes de texto o correos electrónicos- las Tappia y yo nos escribíamos cartas de Los Teques a Caracas, y viceversa.  En una de esas misivas Maritza, de mi misma edad, me decía: “…sígueme escribiendo para que nuestra amistad siga siguiendo…”

     Y ese  infantil  y gracioso deseo epistolar de mi amiga se cumplió durante largo tiempo, tanto con ella como con el resto de las chicas, hasta que cada una de nosotras tomó su camino en la vida y los encuentros se espaciaron. Años más tarde, y gracias a la tecnología de avanzada, Facebook volvió a reunirnos para recordar aquellos lejanos días de la infancia. Surgieron las películas en blanco y negro de hawaianas;  las bolitas  de goma pegajosas con olor a trementina, las  divertidas misivas infantiles, entre muchas cosas. 


     ¿Y el columpio que pendía del pino? Me pregunté, cuando ya comenzaba a caer  poco a poco en las ondas Delta. 

     Entonces, de pronto, apareció ante mí el viejo patio trasero de la casa de mis tíos. Estaba lleno de mariposas y árboles, como antaño. El pino continuaba en el medio del patio, enraizado en el tiempo, pero esta vez había crecido tanto que traspasaba las nubes. De sus ramas colgaba el columpio de madera, ya bastante desgastado. Las cuerdas, aunque deshilachadas, parecían todavía fuertes.  Corrí hacia él, y en cuanto me senté, empezó a mecerme el viento, primero con lentitud y luego con rapidez. Durante el cada vez más veloz vaivén  me sujeté con fuerza a las sogas. ¡Qué delicia, como en los lejanos días de mi infancia! Pero hubo un momento en que el viento me empujó tanto, que llegué hasta las estrellas, donde sus destellos casi me encandilaban. De pronto, una enorme cornucopia salida de un galaxia,  se volcó sobre mi cabeza, y al  igual que ocurre con una piñata, comenzó a caer  sobre mí una gran cantidad de objetos, que poco a poco se convirtió en una lluvia incesante. Maravillada vi como me caían sobre mí: 


 ¡Pasajes aéreos, dólares, bolívares revaluados; leche, azúcar, pan de trigo, harina pan, papel higiénico, dulces  y otras maravillas! 

    Y mientras me empapaba bajo esa lluvia bienhechora, mi feliz balanceo continuaba sin parar en el columpio que colgaba del pino y que, sin ningún cinturón que me atara, me prometía mucha seguridad.



Caracas, 28 de enero de 2014

Imágenes: tomadas de la WEB



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