Imposible evitar mi habitual paseo por el jardín, las mañanas lindas y frescas, donde muchas veces, la excursión es acompañada de suave música. Hago mis prácticas de Tai Chi, y en ocasiones, cuando el jardinero está en otras áreas, me encanta regar y podar algunos de mis rosales.
Pero no todos los días son siempre tan bonitos, como uno los desea.
La semana pasada, después de mi rutina, mis grandes botas rojas me jugaron
una mala pasada, di un resbalón, y... ¡Suás! A no ser por un triste
pipote de basura, del cual me apoyé, no sé qué hubiese pasado con mi persona.
Creí, al principio, que se trataba sólo de un susto y dos pequeños rasguños en mi
rostro, pero al siguiente día, fui al espejo, y horrorizada, vi reflejada
la cara de un mapache. Yo acostumbraba cada mañana, hacerme un maquillaje
ligero para sentirme bonita, y ahora, tenía hematomas en mi rostro. Llegaron los
consuelos, medicamentos, pomadas y
luego de tres días, mi rostro mejoró.
Pero, al volver a la rutina,
de pronto recordé el caso de una señora, algo similar al mío, que no fue
atendida por el médico, y al tercer día, murió.
Este pensamiento me provocó una subida
de presión arterial. Confieso no tenerle miedo a la muerte; soy creyente y
siento que Dios siempre está conmigo, pero se que aún soy útil, no me puedo ir
todavía, mis seres queridos me necesitan. Me llevaron a una reconocida clínica,
donde me atendieron de maravilla. El neuro cirujano que me atendió dijo que
habíamos hecho lo correcto, que todo estaba bien, y me preguntó mi edad. Yo le
respondí con timidez:
El médico me preguntó si le permitía darme un beso, y yo, sorprendida, aprobé su cortés solicitud. Me besó en la mejilla, y le dije:

No hay comentarios:
Publicar un comentario