viernes, 31 de agosto de 2012

LAS CICATRICES DEL TIEMPO

       Caen las hojas secas en las calles parisinas, el viento sopla y comienza a llover. Una chica cierra su paraguas y  entra a un café. Se sienta a  una mesa y, distraída ve pasar a la gente bajo la lluvia. Parece no esperar  a nadie. De su bolso saca un libro, lo abre y de una de las páginas toma un papelito amarillento. Lo lee, suspira  y se queda pensativa ahora, abstraída del bullicio que la rodea. El mesonero calvo y de bigotes se presenta libreta en mano. Ella ordena una café y un croissant. Al rato  él regresa con el servicio, y coloca sobre la mesa el pedido con la aromática taza de café. La chica  juega con el librito, lo golpea, nerviosa, contra la mesa; toma un sorbo de café, luego guarda el libro dentro del bolso y se alisa el rizado cabello rubio. Al terminar de con su pastel, toma el café a pequeños sorbos y  permanece pensativa.
 Durante el sueño de la noche anterior surgió  su imagen, nítida. Era  tan clara la visión,  que casi podía tocarle el rostro ovalado y percibir, bajo sus dedos,  la cicatriz que tenía en la mejilla. Esa marca tan querida para ella, y con la  que su pareja, en los momentos de intimidad  le  gustaba bromear.
          -Ese es mi gancho, mi vida, ¡Recuérdalo!



 En los inicios de su amistad, en los años  de la adolescencia, él le había contado la historia del accidente que le produjo la herida en la cara, cerca de la comisura de la boca, en la mejilla derecha, cuando de chico decidió construir una casa en la copa de un árbol, al estilo de Robinson Crusoe y cayó de él.  Y allí estaba él ahora, pleno en su madurez. Sus ojos, de mirada profunda la penetraban  con  su inquisidora mirada. Mientras  su hermosa voz varonil la saludaba, desplegando una cálida sonrisa, la cicatriz  se perdía entre uno de los surcos de la mejilla.















-¡Hola, mi amor! ¿Puedo sentarme?
                                               
Al levantarse, aún  bajo los efectos del  sueño de la noche anterior, la chica buscó entre sus “tesoros” escolares la agenda del liceo en la que una vez,  durante  un partido de fútbol en el que participaba,  el muchacho escribió con sus dedos manchados : “Te amo, Mabel. (su nombre lo encerraba un inmenso corazón rojo) Tuyo para siempre, Carlos” .  La impronta de ese amor estaba allí, latente, a pesar de los años transcurridos.        



La muchacha ordenó otro café, y continuó recordando. Pero súbitamente  la voz de un hombre -envuelto en un impermeable-   que se había detenido frente a su mesa  la sobresaltó.
        -Perdone señorita, pero ¿Está libre esta silla? ¿Puedo sentarme? Cuando la chica alzó la vista para responderle al joven, observó que una  cicatriz, muy cerca de la boca, sobresalía sobre su incipiente barba.




Caracas, 09.08.00- Revisado: agosto de 2012

IMAGENES: WEB
        

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