sábado, 16 de noviembre de 2013

LA APUESTA

                      Otoño en München. (Foto tomada de la Web)
       
     Caía la tarde. Los árboles rojizos y ocres dejaban caer sus ya escasas vestimentas y exhibían su desnudez. Los transeúntes pisaban las hojas caídas; los niños jugaban con ellas. Las pisoteaban o soltaban al viento.
       Karl caminaba cabizbajo por la acera con las manos metidas en los bolsillos de su abrigo. Observaba a ratos a los pequeños y se veía a sí mismo correteando entre ellos. De esos felices años sólo quedaba el recuerdo. Ahora lo perseguían las preocupaciones. Había amado intensamente a Gerda y durante cinco años habían sido muy felices, luego el matrimonio empezó a resquebrajarse: ausencias prolongadas de uno y de otro. Viajes de ella en la firma Kamila, donde trabajaba como modelo, y los suyos en la empresa textilera en la que prestaba sus servicios como ingeniero. Karl había deseado hacer crecer la familia, pero su mujer no parecía  no haber tenido el mismo entusiasmo que él. Ella demoraba siempre el plazo anual para retirarse de la empresa y dedicarse a la maternidad, según lo habían acordado antes de casarse. Las colecciones y los desfiles para cada estación eran sus cómplices en una espera que se alargaba peligrosamente al poner en juego la estabilidad familiar. Ahora, él caminaba solo, confundiéndose  entre la gente, esa tarde otoñal. Pensaba en el divorcio que acababa de firmar los primeros días de octubre. Wie shade!, dijo en voz alta y acompañó la expresión de lástima con un sonoro puñetazo a su mano izquierda. Ahora se dirigía al Keller a reunirse con los amigos que le esperaban en el local para tomar unas cervezas.
      El sótano atestado olía a salchichas, frituras y a cigarrillos. La densa niebla de nicotina, al entrar en el local, impidió a Karl ubicar a sus colegas, pero una vez acostumbrados sus ojos al ambiente, los vio finalmente en una mesa ubicada en el rincón favorito; donde se reunían siempre que los demás comensales se lo permitieran. Entonces se dirigió hacia ellos y los encontró enfrascados en una animada discusión, por lo que  se obvió el saludo habitual.
-          ¿Tú qué opinas, Karl?
-          No se de qué hablan. Primero explíquenme, por favor- contestó sentándose a la mesa.
       -   ¿Serías capaz –preguntó Oka- de escribir, a través de un anuncio de prensa tu necesidad de buscar pareja  describiendo cómo y quién eres (un próspero profesional, por supuesto, con situación económica holgada, etc. etc.) para relacionarte de esta manera con una  chica desconocida?
   -   Eso es muy triste… – comentó Hans.
   -  ¡Deja hablar a Karl, por favor!- Interrumpió Oka.
         -  ¡Vamos, amigos! – Replicó el recién llegado- yo pienso que buscar pareja es bueno como sea: dice Maquiavelo que el fin justifica los medios. Yo estoy de acuerdo con él, al menos en este caso específico. Pero, creo que si conoces a la chica primero, luego se convierte en tu amiga y después viene todo lo demás, pues mucho mejor. Y no pienso como tú, Hans, no creo que sea triste publicar un anuncio en la prensa para relacionarte con una chica. Por supuesto que sobre esto existen muchas opiniones. Todo depende de nuestras percepciones al respecto. Yo, particularmente, no le encuentro nada malo. Es, simplemente otra forma más de relacionarse.- Dijo finalmente antes de tomarse una buen trago de cerveza.
       La discusión sobre el tema  continuó entonces por un buen rato y, por fin, los amigos llegaron a una conclusión: harían una apuesta. Aquel al que apuntase la botella de cerveza que harían girar, escribiría un anuncio solicitando amistad con una chica  y lo enviaría a un periódico. Para hacer más interesante la situación, acordaron publicarlo en un país extranjero. Oka sugirió que se enviara a Venezuela por dos razones: según los resultados de los concursos de belleza mundiales, allí habitaban mujeres muy lindas. Morenas y rubias que habían demostrado responder inteligentemente a las preguntas que les hacían en esos eventos de belleza. Sin subestimar a las demás mujeres del mundo, que también lo eran, decidieron que fuese  en ese país suramericano, pues Manfred uno de los ingenieros de la empresa se encontraba justamente en Venezuela por un tiempo, inspeccionando unas máquinas en las textileras del interior. Quizás su estadía allí  facilitara la publicación del anuncio, pues estaría familiarizado con los diarios locales.
       Acordaron también los amigos, entre cervezas, salchichas y la alegría de un prometedor fin de semana, que si el resultado era positivo, el ganador y su pareja serían obsequiados con una fabulosa cena en el restaurante que ellos eligiesen. De ser negativos los esfuerzos del amigo, éste obsequiaría la cena, en igualdad de condiciones a TODOS  los presentes. El plazo fijado sería de cuatro meses, período más que suficiente,  para observar los resultados de la apuesta.

      Entonces se hizo girar la botella con la misma seriedad que imparte el crupier a su trabajo en la ruleta del casino y, también con la misma emoción de los jugadores que esperan detenerse la rueda en el número apostado; sólo que en este caso, lo que estaba en juego era una aventura  que no todos tenían  espíritu para emprenderla.
        En medio del casi infantil suspenso, la botella se detuvo ante Karl. Al ver la punta del frasco, señalándolo, el joven soltó una carcajada. ¿Por qué no reír? Hasta le servía  de un poco de catarsis. Después de los desagradables momentos vividos antes de su divorcio, esto no dejaba de distraerlo un poco. Brindaron esta vez los amigos con vino blanco de la temporada por el éxito de la apuesta.
Playa de Isla de Coche, Venezuela. Tiempo Libre (Web)
     Sobre la playa ancha y plateada, suave al tacto y sombreada de cocoteros, retozaban los niños ante la mirada atenta de las madres. Los isleños, solícitos, ofrecían sus paseos en los peñeros a las islas vecinas. Cerca de un grupo de palmeras, dos muchachas conversaban animadamente.
-          ¿Viajas finalmente a Europa, Eva?
-          Sí, Clara. Ya se ha aprobó mi curso en Amsterdam y salgo a fines de mes.
      -    Bueno, creo que dejando a un lado la parte profesional, te viene muy bien este viaje, luego de tu ruptura con Eugenio. Te ventilarás un poco, cambiarás de aires.
      - No te creas que me ayudará mucho, pues el problema viaja conmigo, pero al menos me distraeré un poco. ¿Sabes, Clara? Estoy cansada de amores a plazos, por cuotas.
        - Yo te lo dije bastante, tu enamorado no es un hombre libre. Las consecuencias se veían venir. Sólo que tu terquedad no te deja ver la realidad.
       - No creas que estaba tan ciega, sólo que él me gustaba mucho y la soledad, dicen, no es buena compañera y mucho menos consejera. Pero, basta ya -como te dije- de amores por cuotas. Necesito un hombre a tiempo completo.
      - ¡Vamos, amiga! Estás pidiendo demasiado. Hoy en día eso es muy difícil.
      - No, no creas, Clara Esta mañana vi. un anuncio en la prensa de un alemán que solicita pareja, bajo el título de “DAMA BONITA”. Dice que es ingeniero, divorciado, y que desea establecer primero relación amistosa con chica venezolana. Fíjate que señala que en principio sólo es amistosa la relación. No menciona nada más.
     - ¡Por Dios, Eva! ¡Eso dice él! ¡Amistosa! ¿Qué sabes tú qué intenciones tiene ese  extranjero? No me vas a decir que, como una adolescente vas a responder ese tipo de avisos.  Eso es peligroso, muy peligroso. Tú no sabes quién es la persona que escribe, y para colmo extranjero. Cuántos problemas  han surgido por esa causa, por no saber...
     - Espera, espera. Déjame que te explique. No creas que no soy consciente del riesgo que esto conlleva, pero, no se por qué tengo una corazonada de que esto va a funcionar. No creo que el buscar pareja a través de un diario sea errado. En cosas del amor, todo está permitido. – Y diciendo esto, hurgó en el fondo de su bolso, hasta encontrar el anuncio del periódico.-  Mira, dice que es un profesional serio,  que le gustan las morenas o las rubias hasta los 35 años.  Yo estoy en el rango, además, asegura que “para dedicarme a ella completamente”. No es por nada, Clara, pero me parece divertido. Presiento que todo irá bien, tranquilízate, amiga.
     - Bueno, allá tú. Ya te di mi opinión. Insisto en que además de peligroso es tristísimo. Una persona que tiene que acudir a un anuncio en un diario para conseguir pareja ¡Por favor! Así será el tipo, cuando  personalmente no puede  atraer a ninguna mujer de su entorno.  ¡Imagínate! ¿Cómo será?
     - Pues yo no lo veo así, amiga. Yo respeto tu percepción sobre esta situación. Simplemente yo tengo otro punto de vista.- Luego, dio por terminada la discusión y, levantándose se dirigió a la sombra de las palmeras e invitó a Clara a no llevar más sol, advirtiéndole que eso sí que era peligroso.
      El curso sobre talla de diamantes en Amsterdam había concluido. Eva conoció gente de muchos países interesados, como Venezuela en la talla de diamantes. Intercambió tarjetas con sus compañeros y recopiló la información generada durante el evento. Ya en el hotel, hizo un borrador del informe que entregaría a la empresa.    Deseaba adelantar el trabajo y disponer tranquilamente del fin de semana, únicos días libres que le quedaban antes de tomar el avión de regreso a Caracas, el lunes siguiente. Se sentía agotada. Desde que salió de viaje, todo había sido un constante girar de las ruedas del tiempo. Sí. Había preparado todo en la empresa,  en la casa y gracias a Dios  también traía consigo el aviso de prensa del ingeniero alemán que buscaba un “Dama Bonita en Venezuela”.
     Leyó una vez más el recorte y verificó la ciudad donde vivía el anunciante: ¡Köln! ¡Dios, que coincidencia! Estaba relativamente cerca de allí desde Amsterdam. Pensó en tomar el tren, ver la ciudad y llamar por teléfono al ingeniero alemán, diciéndole que estaría allí el fin de semana. Verificaría en el hotel holandés la distancia por vía férrea entre las dos ciudades. De pronto recordó las palabras de su amiga: “El peligroso. Es triste. Tú no sabes quién es ni qué busca”. Nunca he estado en Colonia - se justificó-. Es sólo un paseo, sólo eso. Y con estas reflexiones, metió el aviso rápidamente en la cartera.
       Al día siguiente partió en tren, tal como había planeado, hacia la ciudad alemana. Se hospedó en el Hotel Domstern y salió de paseo; la maravillaron la Catedral y el paso del Rhein por la ciudad. El paisaje que observaba viendo la corriente del río, parecía ratificarle lo acertado de su viaje.
KÖLN (www.fotonostra.com)
      Al día siguiente bajó a desayunar muy temprano. En el buffet  seleccionó lo que más llamó su atención, guiada por su apetito mañanero. Con la bandeja de panecillos, mermelada y jamón se dirigió a una de las mesas próximas a los ventanales.
      - Buenos días. ¿El señor  Darko Svoboda se encuentra?
El recepcionista del Hotel Domstern verificó en el casillero y entregó a Karl el mensaje dejado por su cliente. Este, sólo podría verle dentro de una hora. Había surgido una emergencia, pero estaría de vuelta en ese lapso. Karl miró su reloj: eran las 8:30. Tomaría un café, pues ya había desayunado, y leería la prensa en la cafetería. Una vez sentado a la mesa, mientras sorbía la sabrosa infusión colombiana y revisaba el cuerpo del periódico dedicado a las finanzas, interrumpió  repentinamente el visitante ambas actividades. Su mirada, amparada por el diario, siguió de soslayo  la silueta de la dama que acababa de sentarse a la mesa vecina.    Era alta y morena. Hasta donde podía observar, también era bastante bonita. Un mechón le cubría parte del rostro. Schöne Dame, pensó, atraído por su belleza. Podía observarla a su gusto desde un ángulo sin que ella se diera cuenta, pues el diario se servía de pantalla. Entonces recordó aquel aviso enviado a su amigo en Venezuela, y vino también a su mente que, en el texto, por un prurito tonto, se había puesto el apellido de la madre: Weishaare y no Meier, el apellido paterno.
      -          Su café, Fraülein.
     El mesonero colocó el servicio en la mesa de Eva, pero al hacerlo, éste deslizó sin darse cuenta al suelo el trozo de papel que  la muchacha había colocado cerca de la bandeja de las tostadas. El hombre que leía la prensa se dio cuenta de ello. Parecía un documento importante, pensó, y  presuroso se acercó para recogerlo.
  -     Señorita, este papel cayó de su mesa. Debe ser algo importante. –Dijo sonriendo, mientras se presentaba.- Mi nombre es Karl Meir. Mucho gusto.
  -     Ah, sí, muchas gracias, muy amable- contestó Eva, mientras tomaba el aviso.- No, en realidad no es nada importante, pero se lo agradezco de igual forma.
-    ¿Está libre esta silla? Me gustaría invitarla a tomar otro café- dijo Karl sin esperar que la muchacha aprobase su  solicitud de compañía.
-   Sí, siéntese, por favor. Y gracias, por supuesto que acepto su invitación a otro café. –Dijo mientras fijaba su mirada oscura en la azul  de su interlocutor, y se olvidaba, por el momento, del objetivo de su viaje a Colonia. - Mi nombre es Eva Andrade y vengo desde muy lejos: de Venezuela. 

Caracas, 30 de mayo de 2013
                       
Este relato participó , entre 3.000 concursantes, al Premio Cosecha Eñe 2013, bajo el seudónimo de Mymi Nikokirula, celebrado en Madrid, España. El resultado de los ganadores y los finalistas fueron dados el 16 de noviembre de 2013, durante el Festival Eñe, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid.









2 comentarios:

  1. HOLA MYRIAM: ¡QUE LINDO! ME HA GUSTADO Y MUCHO. RELATAS MUY BIEN .
    Y EL PERSONAJE QUE LLEVA MI NOMBRE ES SIMPÁTICO. ¡POBRE EVA!, SIEMPRE EN EL CAMINO EQUIVOCADO DEL AMOR. PRECIOSO.
    UN GRAN ABRAZO DE TU AMIGA Y HERMANA COLOMBIANA ,EVA (¿Cual de las dos? ¿oh somos una?

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    1. Hola, Eva Margarita: Super agradecida por tu comentario.
      Este cuento lo había escrito hace muchos años, pero lo saqué y actualicé para enviarlo a este concurso. Creo que tienes razón al decir que Eva andaba "siempre en el camino equivocado del amor...", pero justamente creo que esa es una característica no sólo de Eva, tu tocaya, sino todos los seres humanos. Benditos aquellos a quienes les llega en bandeja de plata, pero no los envidio porque ellos no pueden comparar. Las desilusiones fortalecen y refuerzan el amor cuando lo encontramos.
      Es posible que Eva Andrade seas tú y Eva Margarita Escobar Sierra, ella. Es cuestión de identificación. Ojalá que algún día alguien te recoja un misteriorso papelito...

      Muchos abrazos, hermana colombiana,

      Myriam

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