martes, 8 de noviembre de 2011

SABANA GRANDE ¿BULEVAR "GENERAL DEL SUR"?




 
BULEVAR DE SABANA GRANDE ANTES DE LA
REMODELACION. FOTO TOMADA DE LA WEB

     Hace poco estuve en Sabana Grande, y a pesar de reconocer que la remodelación del Bulevar quedó  cómoda para quien desee  pasear por allí, pues se eliminó el tráfico de vehículos casi en su totalidad, no lo es así para quien desee realizar alguna compra.  Algo le falta, y más adelante les daré mi impresión sobre el particular.
    Pasaron doce años para que el gobierno a través de PDVSA- LA ESTANCIA decidiera hacer algo por él. Y lo hizo: se ampliaron las aceras, se adoquinaron las calles;  hay grandes quitasoles con el nombre de las plazas que  dan sombra al paseante y guarecen a quienes deseen hacerlo de la lluvia. En el centro del Bulevar hay bancos  adosados al piso para el descanso, cuando decidimos hacer un alto en el camino. En las calles laterales hay, adosados también  al piso, caminadoras para hacer ejercicios, ruedas y aparatos para divertir a los niños.  Todas estas facilidades son  muy útiles y placenteras para el peatón, y si lleva niños, más. A lo largo de las calles se alzan como palmeras unos postes que portan bonitos potes de matas con flores.  Pero como todo en la vida tiene su contra parte, noté, que a pesar de todo ese arreglo que tomó tanto tiempo en hacerse, el Bulevar tiene un aire triste. Sí,   un halo  de tristeza  lo envuelve.
Recuerdo cuando  en otras épocas caminaba  por una avenida llena de luces, colorido y alegría . Era  una zona muy bonita y agradable incluso para quienes trabajábamos allí, en el Edificio Selemar, donde funcionaba la Corporación Venezolana del Petróleo, en pleno bulevar.  Había sitios dónde almorzar, trattorías italianas, cafeterías y pastelerías. Con todos los defectos que hubiese podido tener por el excesivo tráfico, no se le podía quitar que era bulliciosa y alegre como sus habitantes. ¡Y en época navideña, mucho más! Pero, es verdad que de esto hace ya muchos años y todo cambia. Ahora,  todo luce apagado, además de las luces, así que con tanta tristeza, se  ha convertido al  Bulevar de Sabana Grande en una especie de Cementerio General del Sur: todo gris. ¿Adónde se fue la alegría? Parece estar escondida. Es verdad que antes de la remodelación  vinieron los buhoneros y   proliferaban los ventorrillos y puestos de mercancía en las calles y aceras  impidiendo el paso  libre del peatón. Era también bulliciosa, un área  de mucho peligro, pues además de los peatones  ya transitaba también  por allí de día y de noche, la Inseguridad.  Hay que reconocer que también  con el tiempo, estas calles se volvieron asquerosas. Allí pululaba el sucio, y los olores eran tan fuertes que se sabía qué los producía.


 EN EL BULEVAR DE SABANA GRANDE: LOS BUHONEROS 
FOTO TOMADA DE LA WEB



  •  
    
    BULEVAR DE SABANA GRANDE EN LA
    ACTUALIDAD. FOTO TOMADA DE LA WEB.

        Pero volviendo al presente. Ya no están los buhoneros. Todo está muy limpio. El trabajo realizado en pro de  la calidad de vida del habitante de nuestra ciudad  y del turista que pasea por el  nuevo y renovado Bulevar, hay actualmente una sombra de tristeza en el ambiente. Al pasar por allí me preguntaba  a qué se debía esa desagradable  percepción,  si el   sol brillaba luego de una corta lluvia y la temperatura era  deliciosa. Entonces observé el entorno tratando de descubrir  qué era lo que pasaba, de dónde provenía ese nuevo aire de tristeza, y por fin creí hallarlo: las fachadas de las tiendas  eran ahora todas grises, blancas y alguna que otra dejaba ver un muy  tímido color. ¡Y NO TENÍAN ANUNCIOS! Los adoquines de la calle  siempre han sido grises, pero ahora, acompañados de los separadores de cemento de las  calles para que los carros no se estacionen, también del mismo color,  se veían más desteñidos que nunca. La medida  de estos separadores es muy útil, pero grises y colocados  todos en hileras, me parecían lápidas.  Los bancos de cemento eran  blancos. Continué observando, y en definitiva, la ausencia de los nombres de las tiendas, con su nueva cara, producto de una cirugía  peatonal reconstructiva que no las favorecía en absoluto, al contrario, les daba el aire fantasmal  de los   mausoleos.   ¿Qué había pasado entonces? Simplemente a ellas  se les había prohibido la libertad de expresar, de anunciar libremente su identidad, sus especialidades, aún cuando éstos incluyeran nombres comerciales caprichosos.  ¡Cómo hacía falta el colorido de las luces y los nombres! Las tiendas parecían tumbas sin nombres, sin inscripciones, sin identidad propia. Sólo fachadas grises, blancas, negras y algunas, como dije anteriormente, ligeramente coloridas. Se  había convertido al  Bulevar de Sabana Grande -a pesar de los payasos que a veces van a divertir a los niños- en una especie de Cementerio General del Sur: todo gris y triste.  La gente actualmente deambula preguntando dónde queda tal o cual local comercial.  Anda perdida. Es  sólo cuando se pasa al lado de ellos, y si el peatón se asoma por la vidriera, es que puede identificar su naturaleza:  si se trata de una librería, una farmacia o una zapatería. Noté sin embargo, pues toda regla tiene su excepción, que el Banco de Venezuela sí aparece anunciando su existencia. Jamás a pocos metros. Alguna que otra tienda  le imita tímidamente conservando humildemente su nombre, quizás resistiéndose todavía  al cambio; pero no por mucho tiempo, pues ya le llegará su hora. De acuerdo al nuevo proyecto de remodelación, ningún comercio podrá ostentar el  nombre de pila, con el que lo inscribieron legalmente  en el Registro Mercantil. Hoy, casualmente, pasé esta vez  en carro por Sabana Grande, y observé con pesar cómo otra tienda  se había visto obligada quitar su  antes elegante nombre de bronce del mármol de la fachada. Sólo quedaba algo de  su antiguo esplendor:  la triste sombra de las letras y los clavos. ¡Sólo eso!  
      Sabana Grande perdió la alegría  que brindaba la diversidad de colores de los anuncios de sus tiendas. Cualquier ciudad del mundo brilla contenta con sus  luces. Algunas, incluso señalan  dibujados o guindados los objetos de su venta: Llaves, candados o cualquier otra imagen que  identifique sus respectivas mercancías. Pero aquí, lamentablemente ahora, con la remodelación del sector, los dueños simplemente ya no  son libres  de exhibir y anunciar sus productos. 
 
     Ahora en Caracas y específicamente en este  Bulevar, antes tan alegre, habría que  rogarle a Dios  para que el próximo año electoral de 2012  vuelva el colorido a  un sitio de Caracas, que  nació feliz, al igual que todas las calles del resto del país. ¿Que tiene flores y árboles? Claro que sí , pero también todos los cementerios lucen plantas y flores...  con la ventaja de que  las tumbas tienen inscripciones, no son  anónimas como los mausoleos de Sabana Grande .

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El viaje había resultado  muy largo para  los pequeños  tripulantes,  quienes después de jugar y merendar, caímos rendidos  en el asiento trasero del automóvil, arrullados por las voces paternas. Pero, en cuanto llegamos a destino despertamos inquietos. La vieja casona de Los Teques, ciudad  a la que antes sólo  habíamos visitado  de vacaciones, nos esperaba, esta vez, por una larga temporada. Observé la casa colonial grande, majestuosa. Luego de bajar las maletas, curiosa ante la aventura que suponía recorrerla, salté sobre el equipaje y atravesé corriendo el zaguán, mientras mi familia se organizaba.
Entré a una sala amplia en la que,  al fondo, dos ventanas muy altas y polvorientas dejaban ver los poyos adosados en sus bases. Me sobrecogió la oscuridad  allí reinante  y salí de prisa  al  ancho recibo rodeado por un patio de cemento. En él había tres jardincitos: dos rectangulares y uno ovalado en el medio, adornado por rosales mustios. Extraños arabescos dibujaban el piso sucio, en larga hilera, hasta llegar al comedor.  Puertas entreabiertas permitieron mi paso a lo largo de  habitaciones  intercomunicadas. Corrí atravesándolas, entusiasmada por  el sonido hueco que producían mis pasos sobre el piso de madera. Más tarde supe que ese sonido obedecía a la  presencia de misteriosos sótanos ubicados bajo los dormitorios. Mi recorrido encontró, al final de los cuartos, un baño de piso de cemento rojo iluminado por una claraboya. El comedor, separado del patio por una  romanilla blanca, conducía a una  cocina con un negro fogón. Por último, encontré dos patios más, una rampa, otro baño, bajo un inmenso tanque metálico de agua, y  otros tres tanques más de cemento,  vacíos, luego, al final, un gran corral sombreado de árboles frutales. Casi exhausta por la carrera, así creía dar por terminado mi primer "tour"por la casa, pero al final del paseo descubrí un ”tesoro”. Se trataba de un montículo de escombros misteriosos y brillantes, ubicado en la esquina derecha del corral. Sobre él brillaban trozos de antiguas vajillas de bordes dorados, flores, pájaros y también restos de vasos y jarrones de cristal. 

Niño vestido de marinero.
Imagen: Web.

Entonces, muy entusiasmada, empecé a coleccionar las piedras preciosas que encontré a mi paso, guardándolas en los bolsillos del abrigo. Así estuve ocupada, hasta que la voz de mi madre interrumpió mi quehacer.
-¡Mariana, ven a cenar; es la tercera vez que te llamo, si no vienes te voy a ir a buscar!  Entonces regresé apurada, pues conocía el tono de voz de mi madre, cuando se enojaba.
Pero al día siguiente, muy temprano, volví a mi "montañita". Luego de mi hallazgo imaginé historias relacionadas con él. Sucesos ocurridos en vidas anteriores a la mía, como por ejemplo, la de un niño  de unos ocho años que vi una mañana sentado en la cima del montículo, vestido de marinero y con varios pedazos de porcelana recogidos dentro de su gorra. Cuando lo vi me acerqué a él y le dije:
-¡Esos “brillanticos”  son míos y tú no me los puedes quitar!
 Me contestó, con  timidez, que los había guardado para mí, pues sabía que me gustaban. Así, pues, muchas veces bien temprano por la mañana, antes de irme  al colegio, me iba al corral a ver si encontraba a Chucho, como dijo llamarse mi amigo. Una vez le conté a mi madre acerca de él, y desde ese momento, sin más explicaciones,  casi siempre fui al corral en compañía de alguien más,  nunca sola. Esa fantasía luego dio origen a otras, pero en mis sueños continuó apareciendo Chucho, quien creció junto conmigo, y se convirtió en un muchacho  alto, desenvuelto y muy ocurrente.
Años más tarde, al pensar en nuestro futuro, mis padres construyeron una bonita casa en Caracas, y se preparó todo para la mudanza. Para ese entonces  yo era  ya una adolescente. El día de la partida llovía a cántaros, pero a pesar del fuerte aguacero,  antes de irme, quise repetir el "tour" que  había realizado en mi infancia, para despedirme de mi vieja y nostálgica casona:  la sala, con sus dos viejas ventanas, donde estuvo la biblioteca de mi  padre y su máquina de escribir. Allí se inició mi pasión por la lectura y también por mis primeros intentos literarios, como  una novela inconclusa titulada "Vacaciones, a los catorce años, a la que mi padre solía celebrar con la imitación de los personajes, en la sobremesa, lo que nos divertía a todos los comensales. Asomada a la  ventana vi pasar la procesión del Nazareno cada año por Semana Santa, llevado por los fieles, a paso lento. También desde allí recibí, muy emocionada,  mis primeras serenatas. Poseída por los recuerdos, recorrí el resto de la casa hasta llegar, por último,  al montículo del corral, -en un tiempo brillante- testigo de mis juegos y pláticas con Chucho. Pero allí, en su lugar, estaba el frondoso árbol de limón francés, que mis padres habían plantado al eliminar mi pequeña "montaña mágica". Por él ahora caían brillantes gotas de agua, como recuerdo de mis antiguas piedras preciosas.
La lluvia arreciaba y bañaba las paredes. Pequeñas cataratas se deslizaban sobre las tejas, cayendo en los canales de desagüe. La niebla envolvía  la  casona, queriendo quizás enjugarle las lágrimas por nuestra partida. Me volví para ver por última vez mi  antigua y querida morada. Un nudo me cerró la garganta, mientras en mi alma se agolpaban  los recuerdos.
Luego, el sonido repetido de la bocina del automóvil y las voces de mis padres,  que me llamaban, apresuró mi nostálgica despedida. Y justo en  el momento en el que salía de la casa y me dirigía al carro,  un estruendo nos  sobrecogió: parte del techo  de la entrada había cedido, agobiado  por el peso  de la lluvia y de los años. Y entonces, en medio del triste espectáculo del derrumbe, alcancé a ver a un lado de la pared del zaguán una inscripción ennegrecida, pero todavía legible: 

“ Te amo, Mariana. No me olvides. Tuyo, para siempre, Chucho.  Los Teques, 28 de octubre de 1884”.
                                                 



Calle Guaicaipuro, No. 32. Imagen:WEB

viernes, 4 de noviembre de 2011

TRABAJO A BORDO


De izquierda a derecha: un subalterno, el Capitán Antonio Romero, Myriam Paúl y a su lado otro de los amables subalternos.
       
      Esa mañana de enero de 1974,  muy temprano, en cuanto entré a mi oficina de la Biblioteca Metropolitana de la Corporación Venezolana del Petróleo, que dirigía en aquel entonces, sonó  el teléfono. Era mi jefe, quien me solicitaba pasar por su oficina para darme instrucciones sobre una encuesta que yo debía realizar  a bordo del tanquero Independencia I. Cuando estuve allí me explicó que la empresa requería conocer las necesidades de información de sus tripulantes con el fin de  satisfacerlas lo más pronto posible. Para ello se me asignaba  la tarea de entrevistar  a bordo tanto a Oficiales como a Subalternos durante la travesía del  buque  desde el Terminal Marino de Guaraguao (Edo. Anzoátegui) hasta Puerto Punta Cardón (Edo. Falcón). Este trabajo se realizaría  de esta forma y no en el puerto, porque anclado el buque, la mayoría de la tripulación estaría ausente. Al regreso debía  presentar un informe detallado de mis actividades ante mi gerencia para la toma de decisiones respectiva por parte de la empresa. Por esto, el Lic.  Salazar Mata me autorizó a pasar por el Departamento de Marina con el fin de obtener el permiso de navegación respectivo. El viaje, finalizó diciendo,  tenía que realizarse a la mayor brevedad, así que tenía que actuar de inmediato. La noticia de este viaje de trabajo se me presentaba como un reto, por lo que,  bastante nerviosa, cumplí con sus instrucciones.
      Cuando más tarde, en el Departamento de Marina, informé al Capitán Piccardi sobre el propósito de mi visita, él se mostró algo extrañado por mi viaje en el tanquero,  procedió inmediatamente  a extenderme  el permiso de navegación por quince días. En el momento de entregármelo sin embargo, me preguntó sonriendo si no sentía temor de viajar  sola  en una embarcación en compañía de treinta y dos hombres. No menos sorprendida que él  le respondí en la misma tónica bromista, que no creía que tal batallón pudiese conmigo; que quizás - y eso habría que verse- pudiera temerle a un solo contrincante. Y al despedirme  le agradecí el permiso concedido que me permitía otear nuevos horizontes laborales y marinos; y esto, pensé,  no obstante los peligros imaginarios sugeridos en broma por el pícaro gerente. 
     En relación a esta nueva experiencia de trabajo, una vez que  en la Gerencia de Personal se enteraron  de la novedad del viaje,  solicitaron a la mía colaborar con ellos al incluir en las encuestas también las necesidades de adiestramiento requeridos  tanto por los  Oficiales como por los Subalterno, y así lo hicimos.
     El  domingo siguiente,  a las 5:00p.m, por instrucciones del Capitán Antonio Romero, abordé el B/T Independencia I en  el Terminal de Guaraguao.  Una vez allí mis cuatro puntos cardinales lo constituyeron: proa, popa, babor y estribor. Realicé algunos dibujos del interior del buque para orientarme, pues por medidas de seguridad, no se permitía tomar  fotos en la cubierta sin permiso del Capitán. 
     A las 5:00 a.m. de la mañana del lunes zarpó el tanquero de Guaraguao rumbo  a Punta Cardón, concretamente, del oriente  al occidente de la costa venezolana. Dos embarcaciones  remolcaron la salida del pesado tanquero hasta alta mar, para dejarlo continuar el viaje en compañía solamente  de la tripulación, el viento y el oleaje.
      Inicié mis actividades esa misma mañana a primera hora  con una serie de entrevistas  en agenda. Primero realizaría la de los  Oficiales y luego la de los Subalternos. Otro de nuestros objetivos  era diagnosticar  si había bibliotecas a bordo, su ubicación, espacio, etc.; en caso contrario, si se disponía en el buque  de algún espacio  para su instalación. La creación de estas bibliotecas en los tanqueros, que a futuro facilitaría la información a los tripulantes con personal del barco encargado de esta tarea,  se haría bajo la supervisión del personal de las Bibliotecas de la CVP en Maracaibo, Metropolitana en Caracas  y una tercera que se establecería en tierra firme : Puerto La Cruz.  Contemplaba la incorporación de material bibliográfico técnico y recreativo. 
    Cuando me encontraba entrevistando  al Capitán Romero, se abrió repentinamente la puerta de su oficina para dar paso a un airado personaje que gritaba  muy sofocado, dando pasos nerviosos por la estancia. Su Comandante trataba de calmarlo inutilmente, pues el oficial, sin escucharlo continuaba echando chispas, hasta que, finalmente, puso sobre el escritorio del Capitán su renuncia irrevocable al cargo. Presumo que su furia le impidió notar mi presencia, por lo que decidí dejarlos solos en una discusión en la que yo estaba demás.  Mas tarde me enteré que se trataba del Jefe de Máquinas, segundo en el mando de la nave. En mi afán de no perder tiempo me dirigí a la Sala de Calderas para entrevistar al Oficial encargado. Cuando  ya daba por finalizada mi labor  con el personal del  departamento, tropecé con una tubería quemándome el pie izquierdo. Gracias  a Dios, que el accidente no tuvo consecuencias graves, sólo una pequeña molestia  de la que yo misma era culpable. Simplemente no me atuve al horario pautado en la agenda.  Cuando esa misma mañana procedí a entrevistar al Jefe de Máquinas, éste me recibió sonriendo en su oficina, como si el incidente mañanero entre él y el Capitán jamás hubiese ocurrido. Por su amable actitud creo que no se percató   de mi presencia ni  de mi desaparición en el momento de su airada visita al  Capitán Romero.
Al otro día, cuando terminé de reunirme con los Oficiales, continué con los  Subalternos. Estos encuentros no me resultaron fáciles, pues al aprovechar la hora del almuerzo para realizar mis entrevistas, debido a que muchos de ellos estaban presente en el comedor, ellos  al verme entrar en compañía del Capitán  se cohibían dejando a un lado los cubiertos, en cuanto nos acercábamos a sus mesas. Presumo que les causaba extrañeza verme junto a la primera autoridad de la nave,  en un mundo totalmente masculino. Por esta razón, de manera de romper el hielo tuve que valerme de mucha maña para entrar en confianza con ellos. Les preguntaba sobre sus lugares de origen, sus familias y, finalmente, sobre sus respectivos  trabajos. Entonces,  poco a poco, retomaban los cubiertos y tímidamente respondían a mis preguntas.
Durante la travesía tuve que ajustarme al  horario establecido a bordo, tanto de trabajo como de comidas.   A las 5:30 a.m. se servía el desayuno, a las 11:30 a.m. el almuerzo, y la cena a las 5:30 p.m.  Las colaciones eran  sabrosas, pero demasiado abundantes para mí que no tenía el mismo apetito que el resto de la tripulación. 
Una  noche  me encontraba descansando en el camarote cuando  me llamaron desde la cabina de mando para que viera el hermoso paisaje que ofrecían las costas de Curaçao, Aruba y Bonaire. El espectáculo era único. Las luces de los  puertos titilaban compitiendo con las estrellas, mientras nos arrullaban las olas y nos acariciaba la brisa.
El penúltimo día  de mi viaje atendí la invitación a cenar con el Capitán Romero y dos Oficiales. Y sucedió que mientras disfrutábamos ,  conversando animadamente, los ricos platos, súbitamente sentí que la comida tenía un extraño sabor a petróleo. Algo semejante  me había pasado, pero cuando tomaba el baño en el camarote. Me había puesto una crema  con olor a “Rosas”,  que  lejos de exhalar un aroma floral, ella dejaba escapar un extraño olor  a materia orgánica... ¡Parecido al petróleo! Mi cara descompuesta debió alarmar a mis compañeros de mesa, pues uno de ellos me sugirió  salir a la cubierta para respirar  un poco de aire fresco. Recuerdo que seguí su consejo,  pero el resultado fue desastroso: la brisa marina que llegaba hasta mí estaba contaminada  con los gases del combustible almacenado en las grandes cisternas, lo que quizás contribuyó a intoxicarme aún más.
Pasé una noche terrible, pensé en llamar al médico, pero mientras me decidía a hacerlo  me quedé dormida.  Al día siguiente me sentí mejor a pesar de mi debilidad y del calor ocasionado por la falta de aire acondicionado. Una falla en el  sistema  había  hecho que los técnicos redirigieran la energía a otras áreas prioritarias  del buque y no a las oficinas, por lo que el calor era insorportable. A pesar del sofoco que sentía traté de acelerar el trabajo   con la colaboración del personal de Telecomunicaciones. Luego, como el permiso de navegación que se me había extendido era por quince días exactos, el Capitán Romero me preguntó si iba a continuar el viaje con ellos por ese lapso y le contesté que no, que ya el trabajo había sido realizado casi en su totalidad. Sólo  faltaban  pocas encuestas. Estas se habían enviado  por escrito a los tripulantes para luego ser  remitidas  a Caracas,  por  un técnico del Departamento de Telecomunicaciones,  que amablemente había colaborado conmigo.
  Al tercer día  arribamos a Punta Cardón y los antiguos compañeros   del Capitán Romero, quien ya no pertenecía a la Shell sino a  la Corporación Venezolana del Petróleo (CVP), lo invitaron a celebrar esa noche su llegada bajo una nueva bandera a un restaurante. El Capitán  me invitó a  unirme al grupo. En  el local el Capitán Romero se mostraba alerta en todo momento, observando la actitud  de sus compañeros para conmigo.De pronto uno de ellos me tomó muy entusiasmado por el brazo felicitándome por  el hecho de ser yo la única mujer que viajaba a bordo del buque; me dijo que yo merecía un premio por haberme atrevido a  viajar en el tanquero. Por esta razón él  proponía que fuéramos  al Club a buscar un perfume, como premio,  para entregármelo. El Capitán Romero, al darse cuenta de la situación se acercó rápidamente hasta nosotros, avisándonos que ya era muy tarde y que teníamos que volver al barco, pues yo debía regresar al día siguiente muy temprano a  Caracas.  Entonces, justo en el momento  antes de abordar,  el Capitán excusó a su amigo por la conducta un poco inapropiada para conmigo, y me confesó que daba gracias a Dios de que el incidente hubiese ocurrido en tierra firma y no a bordo. Alegó que  mucha gente pensaba que los marinos tenían fama de ser “lobos de mar”. Le agradecí su gesto, y le comenté que que no tenía por qué preocuparse, porque su compañero de trabajo al tomarme por el brazo, estaba segura de que sólo habia querido ser amable. Un poco más conforme con mi respuesta, el Capitán  Romero me acompañó hasta la puerta del camarote del Capitán en Entrenamiento que  se me había sido  asignado durante la travesía.  Al entrar,muy cansada por los acontecimientos,   la cama, adosada al piso, al igual que todos los demás muebles,  me llamaba a gritos, recordándome que tenía que descansar,  pues mi vuelo era el primero  que salía del aeropuerto de Las Piedras hacia  Maiquetía al día siguiente.
Luego que muy temprano, el Capitán Romero y  yo hubimos tomado el desayuno, salimos hacia el aeropuerto. Cuando el chofer se detuvo ante la alcabala del muelle de embarque y el Guardia Nacional  nos preguntó hacia dónde nos dirigíamos, el alto oficial le  informó nuestro destino. Como el Guardia me observara detenidamente,  el Capitán le mostró mi permiso de navegación, explicándole  que mi presencia a bordo obedecía a un trabajo que  la CVP me había ordenado realizar a bordo del tanquero.  Los ojos   del Guardia recorrían mi cuerpo sin decir una sola palabra. En vista de la perplejidad del subalterno el Capitán repitió con calma: “Sargento, la señora vino a realizar un trabajo a bordo. Aquí tiene su permiso de navegación. Déjenos pasar que tenemos prisa". “¿Un trabajo a bordo?- dijo al fin, reaccionando, mientras reía nerviosamente- ¡Ah, disculpe usted mi Capitán, por favor, pasen, pasen, por favor". Luego, con la misma actitud incrédula procedió a levantar la palanca para permitirnos salir finalmente hacia el aeropuerto de  Las Piedras. Por curiosidad,  decidí mirarlo esta vez yo, y al hacerlo  creí ver  en su rostro una sonrisa  juguetona, sin decidirse todavía, a bajar nuevamente la palanca.  
 Poco tiempo después, se envió a los tripulantes del B/T Independencia I  un gran lote de libros destinados a cubrir sus necesidades de información y recreación. Por su parte, la Gerencia de  Recursos Humanos cumplió con los cursos solicitados por sus tripulantes. Luego, en 1975, vino la Nacionalización del Petróleo  y con  ella la estructura  de la nueva empresa Petróleos de Venezuela (PDVSA), en la que se produjeron  cambios positivos para todos.  Y nuestra historia petrolera continuó su curso con gran éxito,  al punto de convertir a  la  Casa Matriz  en la segunda empresa petrolera en su  género, a nivel Mundial.   

Caracas,  noviembre, de 2011




Dibujo de la popa realizado por mí  desde el puente  del B/T Independencia I 
  


martes, 25 de octubre de 2011

UNA MUJER EN IGUALDAD DE CONDICIONES



MI FLAMANTE ESCRITORIO

     Al inicio de mi trabajo en la OPEP, se acostumbraba celebrar cada lunes por la tarde una charla o Lecture. Generalmente, que recuerde, la dictaba el propio Secretario General. Como en ese entonces la sede de la organización estaba ubicada en un viejo edificio de Brücknerstrasse, frente a la Embajada de Francia, y  éste tenía poco espacio,  estas  conferencias se celebraban en la Biblioteca. Una gran mesa modular, permitía a los asistentes sentarse cómodamente a ella. En vista de que mi escritorio quedaba al frente y   junto a una de las ventanas, yo prefería escuchar la charla de turno desde  allí,  y observar  la  ronda masculina en sus sillas azules. Desde ellas  llegaban a mi palco particular frases en árabe, iraní o español  antes de que hiciera su entrada el Secretario General, quien  se dirigiría a nosotros en  inglés, idioma oficial de la Organización.
     Un día el doctor Aníbal Martínez, geólogo venezolano –en ese entonces Jefe del Enforcement  Department -quien junto con el abogado Humberto Adrianza Rincón, del Legal Department   y  quien suscribe, del Information Department, formábamos la cuota de personal venezolano del Staff de  la Organización- me preguntó extrañado por qué no escuchaba las charlas sentada a la mesa como los demás miembros del Staff. Como  le respondiera que me sentía muy cómoda, haciéndolo  desde mi escritorio y darle de esta manera sitio a algún otro participante,  me contestó que eso no estaba bien, pues mi lugar estaba junto a mis compañeros del Staff de la Organización. Cuando, con cierta timidez, le argumenté que yo era la única mujer del grupo, el Dr. Martínez argumentó que eso no me impedía participar en ella, y que la próxima vez quería verme sentada a  la mesa y no junto a mi escritorio. 
      Como comprendí que  mi compatriota tenía razón, al lunes siguiente  me sumé al grupo,  según lo aconsejado.  Y sucedió que cuando ya se había iniciado la charla presidida por el Secretario General, tocaron a la puerta de la Biblioteca,  que estaba  próxima a la  silla donde estaba sentado el alto ejecutivo árabe, por lo que él mismo tuvo que pararse para abrirla. En el vano de la puerta apareció María, la señora que traía el carrito con los refrigerios, y sucedió que, al momento de pasar, éste  se atascó, impidiéndole continuar, por lo que   ella, muy confundida, me dirigió una mirada suplicante al otro extremo de la mesa, donde me hallaba, solicitando mi ayuda.  Cuando me percaté de su señal, quise pararme para ir en su auxilio,  pero al intentarlo,  la  orden visual del Dr. Martínez  congeló mi intento,  por lo que tuve que sentarme de nuevo. Interpreté su mirada como una indicación de que había otras personas que estaban cerca de la puerta que  podían auxiliarla y no expresamente yo. Fue entonces cuando el propio Secretario General y otro de los asistentes la ayudaron a pasar el refrigerio. Al terminar la conferencia, pude observar que Aníbal Martínez se mostraba satisfecho  de que  yo hubiera seguido su consejo  al unirme al grupo del Staff y comportarme como un  miembro más,  lo que significaba que yo era  una mujer  en  igualdad de condiciones a los asistentes masculinos a los Lectures semanales.




NOTA: El Dr. Aníbal Martínez, luego fue  Jefe del  PR & Information Department  al cual estaba adscrita  la Biblioteca que yo dirigía. El es un hombre de quien guardo muy buenos recuerdos por su gran inteligencia, su preparación  y su sentido de justicia.  Un gran gerente con alto prestigio  y reconocimiento dentro del personal de la Organización de Países Exportadores de Petróleos (OPEP).


VISTA DESDE MI PALCO
 
Caracas, 11 de octubre de 2011

viernes, 21 de octubre de 2011

HAIKUS DE LA LLUVIA Y TU






http://www.algunascosas.com/ fotografía-lluvia


Danza la fronda
siguiendo la música
del viento fresco.

Suena el trueno,
brilla el relámpago
sobre los techos.

El sol esconde
tras nubarrones grises
su gran esfera.

Las aves vuelan
buscando el abrigo
de ramas verdes.

Tambor lejano…
Oscurece el cielo;
cae la lluvia.

Blanca cortina
de velos transparentes…
¡Suenan tambores…!

Cae la lluvia
y solloza el cielo;
llora mi alma.

La paz le trae
al espíritu quieto,
melancolías.

Aparecen tú
y tu mirada azul
en el recuerdo…

Y me sonríes,
como el niño tierno
que fuiste ayer.






Caracas, octubre de 2011

domingo, 2 de octubre de 2011

VIAJE AL OESTE CARAQUEÑO


METRO DE CARACAS (INTERNET)
UNA TAREA INTERESANTE

     La actividad solicitada por nuestro profesor Israel Centeno, en el Taller  Aprenda a Narrar Escribiendo,  fue acogida con entusiasmo por nosotros el martes pasado en clase. Se trataba de viajar en Metro hasta Catia con el fin de escribir un cuento surgido de nuestra  experiencia viajera. Israel nos recomendó bajarnos en la Estación de Plaza Sucre de Catia, recorrer sus calles, y si podíamos almorzar en El Arabito, pues mucho mejor.  Nos aconsejó también llevar una libreta para tomar anotaciones y ser muy prudentes en el momento de realizarlas.

    El sábado siguiente decidí cumplir con el trabajo encomendado y me dirigí al Metro de Chacaíto. Como medida de precaución vestí lo más sencillo que pude: unos jeans, mi koala y cero bisutería. Vino a mi mente una vez que un motorizado me robó cuando me dirigía a la Alianza Francesa en Los Caobos y me despojó de mis joyitas, que en aquel entonces, sí eran de oro. Por esta razón y  por la violencia desatada en Caracas, experimenté cierto temor al momento de iniciar mi paseo a Catia. 

   A la hora en la que abordé el vagón no había mucha gente en el andén, por lo que pude entrar sin apretones y sentarme donde quise.  De Chacaíto a la Plaza Sucre me separaban once estaciones. En la primera subieron dos señoras y un niño.  Ambas portaban camisas y cachuchas rojas con la inscripción “Misión Ribas: Seguiremos Venciendo”. "¡Cosas de la Democracia!", pensé.  En la siguiente lo hizo un grupo animado de estudiantes de secundaria con jeans y franelas azules. En la esquina del vagón, conversaban unos adultos de rostros cansados.

    El Metro continuó su ruta subterránea, descargando y embarcando pasajeros hasta que llegamos a la octava estación. Poco antes de llegar se hizo la claridad, y entramos a Caño Amarillo. Resultó bonito el contraste luminoso al salir a la superficie rodeada de vegetación. No así el espectáculo que brindaban algunas casas que realizaban increíbles malabarismos en los cerros, sujetándose peligrosamente a los muros de contención  de concreto. Semejaban una  caprichosa continuación de la pared de cemento. De pronto apareció una gran “M” vegetal  agradecida a la lluvia. El Metro hizo allí su parada para continuar hacia
BULEVAR DE CATIA.Foto tomada de la Web
la Estación de Plaza Sucre, en la que me bajé para iniciar mi recorrido, que  muchas veces
estuvo obstaculizado por los buhoneros y las mercancías que ellos exhibían sobre las aceras. El nombre de una farmacia solidaria con el bolsillo de los clientes: “Dr. Ahorro” llamó mi atención. Me pregunté si de verdad las medicinas con la gran escasez  de algunas y con la galopante inflación,  fuesen fuesen realmente económicas en ese sector. Así, pues, parándome aquí y allá, caminé largo rato hasta que un ligero cosquilleo me recordó la visita al restaurante  “El Arabito”,  recomendado por Israel  y también por algunos de mi compañeros de clase.


RUMBO A EL ARABITO

    
    Después de curiosear un poco en algunos negocios, por fin  llegué a la Calle Colombia, donde se encontraban los restaurantes  El Camello y  El Arabito. Visité ambos. En el primero había gran cantidad de panes de todas las  formas y tamaños. Mientras observaba la  variedad de pitas y dulces árabes, escuché que, al fondo del local, un muchacho le preguntaba a otro: “¡Ahí está, chamo! ¿Cómo se llama el caballo de El Zorro?” “¡Azabache!”,  contestó el  que se encontraba  a su lado. “No, vale, estás equivocao, ese no es el nombre”. Y volvió a preguntarle a los demás amigos. Entonces se escuchó otra voz que gritaba: “ ¡Tornado!”. Riéndome todavía  de la ocurrencia salí del local y me dirigí a  El Arabito, en el que disfruté de un sabroso almuerzo, tal como Israel me había recomendado.   

     Antes de llegar al restaurante pasé junto a varias mesas de dominó dispuestas en plena calle. Sobre ellas bailaban las piedras al ritmo de los chasquidos que hacían los jugadores al colocarlas sobre la superficie. Estos tahúres callejeros concentraban sus miradas  en las piedras rectangulares y  parecían no prestar atención alguna ni a los mirones que tenían a sus espaldas, ni a  las estridentes voces de los buhoneros que anunciaban  sus respectivas mercancías. 


UNA REGION PINTORESCA

     Al salir de mi restaurante de fuerzas árabe entré en una venta de imágenes. Santa Bárbara me recibió muy sonriente, parecía contenta de tener mi misma estatura, y muy orgullosa de hacerle compañía a todos los santos del local: Jesús,  La Virgen María, San Judas Tadeo y al Dr. José Gregorio Hernández. En un rincón de la tienda se anunciaban hierbas como Indio Desnudo, Zarzaparrilla, Divi Dive, romero y otras  que se usan para curar los males del cuerpo y del alma. Abundaban  las velas  en todos los tamaños y colores.  Luego, continué mi  periplo por unas calles y aceras llenas de huecos, y, a ratos, de malos  olores hasta que llegué al Centro Comercial Cinema Lago. No lo conocía y decidí incursionar en él.  A la entrada, sobre una plataforma metálica  se alzaba una pirámide con una gran cruz marrón. Un anuncio de grandes dimensiones invitaba al evento que se realizaría el próximo 30 de octubre  a las personas  que  tuvieran problemas familiares: peleas,  rencor, vicios, desunión y agresiones (con c), rebeldía y  separación. Siete hombres estarían orando a Dios  por ellos al pie de la cruz. ¿Cabría la gente ese día en el local que los organizadores tenían preparado para el evento depurador de almas? Imagino que habría mucho descontento.

VENTA DE FLORES DE GALIPAN EN CATIA,

 QUE "EMBELLECEN A CARACAS". (WEB).
      Luego de varias vueltas por las tiendas del local comercial y satisfecha mi curiosidad, tomé  una buseta hacia el Centro Comercial Propatria. El tráfico y el  calor eran insoportables. La camioneta parecía un sauna.  Apenas si podíamos avanzar. De pronto la radio encendida comenzó a transmitir una de las múltiples cadenas oficialistas.  La voz de la narradora informó sobre el acto de celebración del natalicio de Simón Rodríguez. Entonces irrumpieron las notas del Himno Nacional interpretado por la coral del Teatro Teresa Carreño. Cuando se escuchaba el Himno Nacional entró a la buseta un  vendedor de caramelos repartiendo golosinas entre los usuarios y mientras lo hacía explicaba las delicias de sus caramelos de arequipe. Inmediatamente, como si fuera una función teatral, hizo su aparición una especie de payaso que vestía los colores del helado Bon Ice, con el mismo propósito que su antecesor. Por las ventanillas llegaban las voces estridentes de los buhoneros  y  las de los dueños de los puestos de verduras y frutas del mercado, anunciando sus respectivas mercancías. Continuaba el Himno Nacional en la radio y en la calle, los gritos.  Y era tal la confusión  de sonidos, voces y el espectáculo de las verduras y frutas en ambos lados de la calle, que de pronto sentí  como si navegara mágicamente en un río de patillas, naranjas, berenjenas y ajíes dulces. La cabeza me daba vueltas y estuve casi a punto de desmayarme. Sólo cuando a empellones salí de la buseta y puse pie en "tierra firme", fue que respiré aliviada. La brisa me asistió, compadecida. 

CAMINO AL METRO. CATIA.
     Por último, y ya con deseos de regresar y dar por terminada mi visita al Oeste caraqueño,  visité el Centro Comercial Propatria. Allí ya   se notaba  la proximidad de la Navidad: adornos, luces, guirnaldas, ropa y artículos del hogar, en franca competencia con otros negocios similares del Este de la ciudad, pero a precios notoriamente más bajos.  Como Propatria era la estación Terminal del Metro,  en cualquiera de los lados del andén se podían tomar  los vagones que irían en dirección a Palo Verde, al este de Caracas. Ya en el vagón algunas chicas que podían podían concursar en el “Miss Venezuela” iban acompañadas por jóvenes musculosos, pulcros y peinados como erizos. Parecían ir de fiesta. Por contraste había otras personas, sin embargo,  que mostraban caras tristes y preocupadas. Parecían revelar la ausencia de los pagos seguros de quince y último.

REGRESO A CASA
     Salí de la estación del Metro, con la sensación de haber vivido una experiencia  interesante, porque es un sitio muy pintoresco. Almorcé, como había previsto en El Arabito y estuve en Propatria, después de muchos años. Pero, sobre todo, corroboré que a pesar de que la difícil situación económica que confrontamos hoy en día es un factor determinante en el  incremento de la inseguridad en los cuatro puntos cardinales de la ciudad, el espíritu del venezolano sigue siendo alegre,  extrovertido y respetuoso. ¡Gracias a Dios!


Caracas, 29 de octubre de 2005. Curso de Narrativa dictado por el Profesor Israel Centeno.



NOTA: Cuando escribí esta crónica hace seis años, todavía  era posible, aunque riesgoso, ir hasta Catia. Hoy, lamentablemente, repetir el mismo itinerario es, francamente hablando,  casi imposible si se tiene un poco de sensatez. La inseguridad se ha multiplicado en grado alarmante. La falta de mantenimiento del Metro y las constantes fallas eléctricas que paralizan los vagones de este transporte público - excelente años atrás- lo impiden. Sólo espero que la calidad  de vida y la seguridad del venezolano  sea óptima - y bajo ningún respecto como ahora-, este año 2012, cuando elijamos un nuevo Presidente de la República. Estamos seguros de que él o ella gobernará idóneamente a Venezuela, y nos sacará de la pesadilla que vivimos bajo el gobierno actual, todos los habitantes de esta hermosa tierra.

¡A VOTAR, PUES, EL 12 DE FEBRERO EN LAS PRIMARIAS, Y LUEGO EL 7 DE OCTUBRE PARA CAMBIAR POSITIVAMENTE A VENEZUELA!