domingo, 3 de junio de 2012

UNA CURIOSA VISITA TURISTICA A CUBA


MALECON DE LA HABANA (WEB)


    MARINA DE HEMINGWAY, LA HABANA.
CON UNA COMPAÑERA DEL TOUR
BRASILERO
 Cuando con inmensa tristeza veo desaparecer el turismo en mi querida Venezuela debido a los miles de problemas que afrontamos actualmente, sobre todo en relación  a la inseguridad -  al punto de de tener porcentajes inferiores a cero del total de turistas que visitan América Latina-, no de dejo de asombrarme de la visita que hice en 1991 a Cuba. En ese entonces  aún los dirigentes cubanos no recibían la ayuda económica que desde hace catorce años les envía el gobierno venezolano. Pero aún así, hace más de veinte años, el  turismo en Cuba era mucho mejor  que  el que desarrolla en casi  década y media  el Régimen Socialista del Siglo XXI en Venezuela.


En aquel entonces había leído acerca de la vida oprimida de los cubanos bajo el régimen de Fidel Castro y quise constatarlo por mí misma, aunque mi condición de turista me lo limitara y allá me fui de vacaciones. Lejos estaba de imaginarme que  algunos años más tarde  también nosotros recibíríamos la misma influencia negativa que su  nefasta dictadura comunista tendría  sobre Venezuela por medio de un gobernante ególatra. Sólo recuerdo que en esa época estaba convencida  que  mi país era un mundo seguro, inmune a un régimen dictatorial. ¡Qué ignorancia la mía!

Pero volvamos a mi historia. La agencia de viajes me hizo todos los arreglos: pasaje aéreo, hotel y estadía en La Habana durante una semana. Ya en el avión experimentaba una sensación extraña, pues a pesar de que yo también era caribeña, el sólo hecho de cobijarme bajo la sombra soviética que todavía cubría la isla,  por la estrecha relación de Moscú con la capital cubana, hasta 1990, me producía escalofríos. En cuanto aterrizamos en el Aeropuerto José Martí de La Habana, me impresionó el acentuado tono militar de sus instalaciones. El aire austero del aeropuerto  me desconcertó mucho, además de la conducta  hosca tanto de los militares como de los civiles. Imaginé que, sin duda, todo obedecía todavía  a las reglas soviéticas imperantes en la isla hasta el año anterior.


Como yo era la única turista venezolana del tour,  en la agencia de viajes de La Habana me unieron a un grupo de  brasileros, tan curiosos como yo por conocer la isla. Con ellos me hospedé en  el Hotel Habana Riviera, un céntrico  y lindo alojamiento. La ciudad  me pareció hermosísima, pero sin mantenimiento alguno. Alguna vez leí que un periodista norteamericano la describía como una bella mujer muy descuidada y sin maquillaje. Y es verdad: el casco de La Habana es precioso, pero la falta de mantenimiento la desluce. Este hecho me sacudió. Recuerdo que al pasar por la Universidad de La Habana, observé que una de las casas que hacía esquina frente a sus escalinatas,  tenía la ventana abierta, y desde la acera pude observar cómo la sala estaba apuntalada para que no se derrumbara. Y, de igual forma, las otras casas coloniales de la cuadra  mostraban su inmenso deterioro. 

Una noche salí a pasear y de pronto alguien gritó en la calle que habían robado a una señora arrancándole el bolso. Aseguraban en ese entonces que eso nunca ocurría en La Habana, pues era una ciudad muy segura. Si eso era cierto o si se trataba de una falsa alarma para impresionar al turista, nunca me enteré. La Policía de Turismo ofrecía protección al visitante, según pregonaban los catálogos turísticos de la época que se obsequiaba en los hoteles. Paradójicamente, estas medidas de seguridad,  no son  las que precisamente  la Revolución Cubana ha exportado a Venezuela.

El Malecón, hermoso con sus edificios señoriales al fondo,  constantemente recibía  el baño cariñoso de  las olas.  Admiré el casco  de la ciudad, a pesar de su lamentable  falta de mantenimiento. Cuando fui a La Habana Vieja ésta me mostró su arquitectura antigua y en muchos casos deteriorada, con edificaciones que databan del mismo siglo XVI. Encerraba siglos de historia en sus mansiones españolas. Allí convivían con el ciudadano, el Museo de Arte Colonial, la Casa Natal de José Martí y la Casa Simón Bolívar, entre muchísimas más. En uno de los museos se exhibían las estatuas caídas y rotas del “Imperialismo” y de la dictadura de Batista. Me sobrecogió tanto odio. Observé cómo en una vieja mansión colonial  de La Habana Vieja  unos padres orgullosos le tomaban fotos a su hija quinceañera mientras descendía por las escaleras. Luego, en  el centro habanero, al pasar junto a una cuadrilla de trabajadores que tapaban unas alcantarillas, uno de ellos me dijo alegremente:"¡Adiós, compañera!", mientras yo les sonreía al pensar cuán lejos estaban en sus apreciaciones políticas, por supuesto. Luego estuve en la inolvidable "Bodeguita del Medio", que dio y da cabida a celebridades del mundo cultural, y a mí en el mío propio  tan lleno de fantasías y deseos de progresar, al menos.


LA HABANA VIEJA (WEB)

HELADERIA COPPELIA (WEB)

 PACIENTES  COLAS EN LA HELADERIA (WEB)

La conocida Heladería Coppelia, ubicada en  medio de un parque del Vedado  es visitada a diario por cientos de personas. Hice mi cola como cualquiera, esperando el turno para ser atendida. Servían los helados sobre un larguísimo mesón tras el que se encontraban colocadas las sillas con sus respectivas colas humanas.   En cuanto me tocó mi turno, la señora que me atendía me preguntó con su cadencioso acento:
-Con cuántas gracias lo quiere?
Al notar mi confusión ella me explicó amablemente que se trataba de las capas de helado. Cuando tomé asiento mi  estrés  aumentó al ver la cola a mi espalda; éste contrastaba con la calma  y la parsimonia de la dependiente, y de quienes esperaban su turno con una paciencia jobina. Mi prisa era caraqueña, y lo sabía, por lo que, siguiendo el dicho popular de "adonde fueres, haz lo que vieres, me di a la tarea de saborear tranquilamente mi deliciosas tres gracias.

DESIGUALDADES DEL SISTEMA    SOCIALISTA CUBANO
En otra oportunidad, me dirigí a una bodega cubana a comprar unos dulces con el fin de saber cómo eran estas bodegas, y naturalmente, me tocó también hacer otra cola para comprarlos. Observé cómo se alineaban pequeñas bolsas de papel  de estraza marrón en los anaqueles sin ninguna marca que las distinguiera entre ellas. Pregunté al bodeguero y me dio razón de su contenido: azúcar, arroz, café, etc. Recordé mi visita a Budapest antes de la caída del muro, donde se mostraban hileras de brassiers de satén color salmón, todos  iguales. Brillaba la falta de marcas. Ellos sólo se hacía la competencia en sus números de copas.

BODEGA EN LA HABANA (WEB)
La bodega era muy pobre y casi no había artículos en ella. La escasez de estos tugurios contrastaba con la abundancia de las Diplotiendas y las Tecnotiendas, que ofrecían un sin número de artículos  a los diplomáticos, técnicos extranjeros y a los turistas, es decir, todo aquel que pudiese dejar en ellas sus divisas, pero sin olvidar que allí también tenían acceso los de la cúpula del poder cubano, jamás el individuo de a pie. A ellos les estaba y aún les está, prohibida su entrada a estos locales comerciales. ¡Paradojas del Socialismo Cubano! 


TIENDAS PARA EL TURISTA EN LA HABANA (WEB)
 Estas  tiendas fueron y son hoy en día  semejantes a nuestros automercados antes de que este régimen  intentara seguir el modelo cubano. Había cientos de productos importados. Allí sólo se expendían exquisiteses, productos de superlujo. En sus estantes proliferaban, abundaban todos los artículos  que faltan en los modestos abastos cubanos: enlatados, champú, cremas, dulces, etc. Estos son los contrastes de la isla caribeña que me chocaron. No entendía y aún no comprendo -porque esta regla aún sigue vigente- por qué los lugareños no pueden entrar a los hoteles, restaurantes  ni a estos locales. Decididamente el Socialismo, donde quiera que eche raíces, es desigualdad de condiciones.

TURISMO
En Cuba el turismo estaba muy bien organizado. Existían giras para todas partes de la isla; abundaban los folletos turísticos en los hoteles, en los que las agencias de viajes ofrecían  excursiones diurnas y nocturnas, tanto  en La Habana como en el interior del país. Imagino cómo lo habrán desarrollado hoy en día, cuando los hermanos Castro cuentan con la incondicional ayuda venezolana.
CABARET TROPICANA (WEB)
El espectáculo brindado por los bailarines del Cabaret Tropicana al turista en La Habana, por ejemplo, era de primera, nunca vi algo más lujoso. Parecía estar a la  par de los shows parisinos. En medio de una especie de jungla y palmeras se encontraban colocadas las mesas. Con la compra de la entrada se tenía derecho a la cena acompañada de una bebida. El tour nocturno incluía además el transporte al lugar y el regreso al hotel. Grandes avisos luminosos daban cuenta de la historia de ese lugar nocturno nacido en 1939. Desde escenarios aéreos colocados en los árboles bajaban las bailarinas con hermosos atuendos para pasar luego en medio de las mesas. En honor a la verdad, no vi en ninguna de ellas ni el más mínimo  agujero en las medias al pasar por mi mesa. Todo lucía impecable. La música cubana escuchada en suelo vernáculo alcanzaba dimensiones fantásticas en su belleza y ritmo, al igual que los bailes. Pero, lamentablemente, este es un mundo ficticio fabricado para que el turista principalmente, deje sus dólares allí. Quisiera imaginar si ese lujo artificial se repite en casa de los pobres bailarines cubanos: ellos son admitidos porque son los protagonistas, los que hacen posible el ingreso de divisas al local, si no fuera así, a estos cubanos también les estaría vedada la entrada al  mismoTropicana.

La Maison Contex; Casa de Moda Cubana, antigua morada de Fulgencio Batista, era un sitio hermoso destinado sólo a las visitas de los turistas y a la élite privilegiada cubana. El visitante era trasladado desde su hotel en una limousina para cenar allá, incluyendo luego, su regreso al hotel en el mismo automóvil. Esta lujosa mansión, rodeada de jardines muy bien cuidados disponía de numerosas mesas alrededor de la piscina, donde se servía a los comensales. En los pasillos internos, en las vitrinas, se exhibía los trajes y perfumes elaborados en la isla. Recuerdo que me compré un frasco de perfume "Alicia Alonso", fabricado en honor a la famosa bailarina.   La casa ofrece desfiles de la moda cubana, su orfebrería y perfumería. Tiene solario, gimnasio, piscina, peluquería, Galería de Arte, Bar y Restaurante Exclusivo.  En fin todo lo que el mundo capitalista  cubano puede ofrecerle a cualquier persona del mundo, menos a sus propios nacionales.


MUSEO HEMINGWAY
Después de hora y media de viaje, desde La Habana llegamos al lindo pueblecito de San Francisco de Paula; allí,  en  la finca denominada El Vigía, justo en una elevación, está construida la casa donde vivió el escritor norteamericano Ernest Hemingway. Se la puede visitar, pero sólo por fuera, por lo que todas las ventanas de la vivienda están abiertas a los ojos del turista, sin que su paso deteriore el
 interior. Desde allí se ven las habitaciones, el estar del escritor y su silla favorita para leer que todavía tiene la huella de su cuerpo. Me llamó la atención el baño, en el que inclusive el famoso autor tenía también una biblioteca. Numerosas cabezas de animales, trofeos de sus cacerías en Africa se exhiben en las paredes de su estudio e incluso de su propia habitación. Lo más extraño es que fuera existe una edificación para los visitantes, sus hijos y ¡para los gatos en el tercer piso! Este hecho llamó la atención de una de las turistas brasileras, que al conocer este capricho del escritor exclamó:
-¡Meu Deus, tanto que Hemingway amava os animais e os matava!
Algo incomprensible para nosotros, que no entendemos cómo se puede querer a los animales y matarlos por deporte.

CAMINO A VARADERO
Nuestro grupo salió muy temprano en la mañana rumbo a Varadero. El viaje lo hicimos en bus desde  La Habana en hora y media. El guía iba describiendo las ciudades que atravesábamos durante el viaje.  Hacia las afueras de La Habana nos mostraba las casas que los lugareños construían con ayuda del gobierno. Se las asignaban, pero no eran los dueños. El Estado era el propietario, explicaba. Nos dijo que el gobierno gestionaba un acuerdo con España para pintar todas las casas de blanco.
-¿Con cao? preguntó uno de los brasileros del grupo.
Recuerdo que pasamos Matanzas, donde algunas cabrias abandonadas demostraban la presencia de petróleo, que antes ayudaba a explotar Rusia y que ahora, yacían cual Bella Durmientes esperando otro protector a raíz de la salida de los rusos de Cuba. Lejos estaba yo de suponer que sería Venezuela.  Me llamó la atención la producción petrolera de la isla, pues no recuerdo que ésta tuviera relevancia en  la  producción petrolera mundial.

Y aquí, en Varadero, me sucedió algo curioso. Me encontraba con mis compañeros tomando un baño en la playa, cuando sentí hambre y me dirigí a un restaurante ubicado a escasos metros del mar. Al entrar el mesonero me detuvo preguntándome si era cubana.
Extrañada le contesté que no, que era venezolana, pero me repitió desconfiado la pregunta. Entonces pensé que quizás se me había pegado el acento cubano, o él creyó que mi tipo le parecía muy isleño, porque me espetó:
-Mire, señora,  yo no quiero problemas con la policía.- Entonces le enseñé mi pasaporte, y aún así me volvió a decir, mientras me sentaba.
-No, está bien, puede tomar asiento, no faltaba más;  pero ¡NO QUIERO PROBLEMAS CON LA POLICIA! Y lo repitió como un estribillo, mientras se perdía por la puerta de la cocina. Creo que éste fue el almuerzo más policíaco de mi vida.

Cuando unos vecinos de Santa Mónica  se enteraron de mi viaje, me pidieron el favor de llevarles una carta a la Embajada de Venezuela en Cuba y  ya en La Habana me dirigí  a la Av. 5ta. en la Playa, para cumplir con la encomienda. Una vez que hube dejado la misiva a buen recaudo, salí y caminé por unas callejuelas aledañas a la playa, bastante misteriosas. En una de ellas me encontré con una casa abandonada cubierta de maleza y de malangas. Estas eran  tantas que   no sólo cubrían el jardín, sino partes de la calle, y el camino hacia el litoral. Nunca olvidaré esta casa cercana a las costas habaneras, pues me inspiró para escribir mi cuento “La Casa de las Malangas Amarillas”.

En aquel entonces conversé con mucha gente en los taxis y en la calle. Todos ensalzaban como loros asustados las maravillas de la revolución cubana. Un taxista me recordó emocionado una  de las numerosas visitas de Oscar De León a la isla y su extrañeza de que no hubiera regresado nunca. La chica del hotel me pidió que cuando me fuera le dejara los jeans que llevaba. Le regalé muchas otras cosas que llevaba en la maleta, llevándome solamente lo poco que adquirí en la isla:  algunos libros en francés y en español, casettes y discos. Uno de ellos escrito por un ruso sobre Simón Bolívar que le llevé a mi padre, cuyo autor nunca había estado en Venezuela. Admira este hecho pues en ese entonces Internet no estaba desarrollado como hoy en día. Conservo como un tesoro la música cubana que escucho siempre, pues aún tengo un equipo con tocadiscos que me transporta al pasado al escuchar música hermosa de todas partes del mundo; música que me cante sus alegrías y sus penas para  así recordar y también olvidar un poco las mías.


Caracas, 26 de mayo de 2012







martes, 1 de mayo de 2012

HAIKUS DEL CORAZON Y LA PIEL


IMAGEN DEL AMOR: WEB


Cae la lluvia
y se oculta el sol.
Ruge el trueno.

Llueven las penas,
solloza el corazón
del alma sola.

Que algún día
lloró de alegría
y felicidad.

Los tiempos cambian.
Muta el amor, falta
la sinceridad.

¿Tu espíritu?
Lleno de miedos negros.
¡Mil cobardías!

Pequeña alma
tormentosa y vana,
sin asideros.

Oscuridades
invaden retorcidos
miedos internos.

La noche sola
ama tu compañía.
¡Tú la rechazas!

Buscas, insomne
¡Ya! Calores cercanos.
¡Dormidas pieles!

Es necesario
que sean bien cálidas
para el amor.

¿Y el corazón?
¿Él? Él es un témpano.
Aguanta mucho.

¡No es cierto, no!
Pide tibiezas, amor…
¡Se los negaste!

Tiritas hoy.
Buscas de nuevo calor
¡Ay, alma sola!

Añoras amor
de lejanías tristes
¡Ya congeladas!



Caracas, abril de 2012



miércoles, 25 de abril de 2012

EN DIRECCION OPUESTA




Tomo rápidamente el metrobús en Santa Fe para dirigirme a la Plaza Venezuela, donde  pienso unirme a la Marcha de los Estudiantes en rechazo a la Reforma de la Constitución. Le indico al chofer mi destino, pero, para mi asombro,  éste toma la vía de Altamira, hacia el este, y no al oeste, que es donde se inicia la marcha.  Quizás ahora me tome un poco más de tiempo alcanzarla, porque  el tráfico es infernal; pero con el Metro, que  no enfrenta  los problemas de la superficie,  recuperaré el tiempo perdido. Luego de  estas reflexiones,  me siento detrás de una  joven pareja con sus niños.
Los observo. El hombre es moreno, de facciones regulares y ojos achinados. Las primeras señales de la madurez asoman en su cabeza. Supongo que no llegará a los 35 años. Ella es algo más joven que él;  tiene los  ojos también oblicuos, y una piel tan tersa como para hacerle propaganda a alguna crema facial. Lleva el cabello largo y teñido de rubio,  recogido con una gran  pinza. Me llama la atención el parecido de la niña, de unos seis años, con el padre; y el del chico, algo menor que la hermana, con la madre. Siempre me ha maravillado la sabia toma de decisiones  de la genética.
Los chicos, sentados frente a sus padres,  juegan, cantan  y ríen.  La muchachita lleva un lindo vestido morado con una flor amarilla estampada a la última moda. El pelo, crespo y alborotado, sujeto por un cintillo púrpura, salta travieso al ritmo de sus movimientos. La chica no abandona, para nada, ni su cartera ni su muñeca. El niño, con un impecable corte de pelo, viste  jeans azules y camisa verde. Ambos lucen  pulquérrimos por el momento.
Miro por la ventanilla  las apretadas y plomizas nubes. Me inquieta que vaya a llover durante la marcha, pero, al mismo tiempo me tranquiliza recordar que en experiencias anteriores el agua nunca fue obstáculo para el avance de las largas caminatas.
De pronto, el canto del muchachito llama mi atención. Se le une su hermana, y ambos interpretan una melodía, en la que, al finalizar con la frase “que se respete a los padres”, hacen una reverencia ante sus progenitores. Luego, la madre en un gesto sincronizado con  el de su hija, le limpia la nariz  cuando ella  le muestra los mocos. Los niños continúan jugando, parándose y sentándose sin cesar y alternándose entre ellos dirigir la diversión. En esta oportunidad le toca el turno al niñito, quien le dice a su hermanita:
   -Bueno, mira,  ahora juguemos a  que yo digo: “¡Uh, ah, Chávez no se va!”, y niego con mi dedo y tú dices, también al mismo tiempo, pero moviendo el dedo para arriba y para abajo,  “¡Uh, ah, Chávez sí se va!”.
El democrático juego me causa gracia; el padre sonríe, mientras la madre celebra con una carcajada la ocurrencia de su hijo. Los niños repetían alegres los consabidos estribillos, pero los interrumpen de pronto asustados por la presencia de los inseparables guardaespaldas de la lluvia: un repentino relámpago y un trueno descomunal. Los pequeños momentáneamente permanecen silenciosos, mientras observan tensos cómo la lluvia golpea con fuerza el vidrio de la ventanilla. Parecen admirar la violencia de la naturaleza. Entonces el metrobús - cuenta obligada del largo rosario automotor- se propara  frente a una obra en construcción. En ella tres palas mecánicas hacen su trabajo de movimiento de tierra coordinadamente. Esto llama la atención de los hermanos, quienes  ahora observan fascinados y con las caritas pegadas a la ventanilla,  los lentos, pero seguros desplazamientos de los “robots” con su pesada carga.
Mientras esto ocurre  noto extrañada que ninguno de los dos adultos  se ha dirigido la palabra durante todo el trayecto y deduzco que quizás estén disgustados. Veo la hora: las 11:45. La marcha ya debe ir lejos, me digo calculando en cuál estación del Metro debo bajarme para unirme a ella. Busco en la cartera un caramelo para distraer mi ansiedad. Veo la interminable cola parada, mientras los peatones cruzan rápidamente la calle. Vuelvo entonces a ver a mis vecinos y la incomunicación continúa: no cruzan ni siquiera una sola mirada. No se por qué imagino que la hipotética pelea podría haber tenido como protagonista a la infidelidad, pero no  precisamente por parte de la amorosa y atenta mamá.  Bueno, uno nunca sabe, pero no creo que pueda ser ella. Debe ser el marido, más bien. Bueno, eso es cosa de ellos, concluyo.
Arrecia la lluvia. Me cercioro de no haber olvidado mi paraguas. Miro otra vez mi reloj. Ya casi es mediodía. ¿Por dónde irá ya la marcha? Me bajaré en la estación de Colegio de Ingenieros. No, mejor en Bellas Artes. ¡Bueno, ya veré!  Afortunadamente, ya casi llegamos al terminal de pasajeros de Altamira.
Empieza a formarse la fila para salir. La gente se aglomera en las dos  puertas del bus, sacando sus respectivos paraguas. Yo también me levanto para hacer la cola y veo a la madre de los niños tomarlos firmemente de la mano, mientras se dirige presurosa hacia la puerta delantera. El padre, no obstante la prisa de su mujer, permanece todavía sentado. Entonces, cuando me dispongo a  salir por la puerta trasera, el joven bruscamente se pone de pie y se me adelanta. Pienso que  se apresura a bajar por esa puerta  para ganar tiempo y encontrarse luego con su familia en la estación cubierta del metrobús. Pero, una vez abajo, él corre, cubriéndose  la cabeza con la chaqueta, hacia la entrada del Metro. Mientras,  la mujer y los niños siguen su camino bajo el aguacero, perdiéndose entre una multitud de paraguas, justamente en dirección opuesta.



©Myriam Paúl Galindo - Caracas, 28.10.2007

Imagen tomada de Internet

EN OCASIONES VEMOS LA VIDA BAJO UNA MASCARA.



sábado, 14 de abril de 2012

HAIKUS DEL RECUERDO, LA LLUVIA Y LOS PAJAROS






Los sueños rotos
en mi vida vacía
me sobrecogen.

Lluvia perenne
de los recuerdos idos
bajo las aguas.

Pantanos borran
la nitidez del tiempo
en confusiones.

En confusiones
que traen mis lágrimas.
¡Pasados idos!

La lluvia vela
mis lejanos amores;
Las aves cantan.

El viento entra
por mi ventana triste,
color diamante.

Una luz brilla
sobre las nubes grises.
Rayos asoman.

Ya llueve menos,
cantan los pajaritos,
alegra el viento.

Veo destellos.
Lindos trinos escucho
en mi ventanal.

¡El sol calienta!
Tibios nidos cantores,
las ramas mecen.





LA VIDA ME PINTA TRISTEZAS Y ALEGRIAS


Imágenes: WEB

Caracas, 14 de abril de 2012 

lunes, 2 de abril de 2012

TURBULENCIAS



En el Aeropuerto de Schwechat, los pasajeros de Austrian Air Lines entregaban sus “Boarding Pass” a la azafata, que amablemente les sonreía a la entrada del vuelo 821 con destino  a Estambul, dándoles la bienvenida a bordo. Ya dentro de la cabina, cada uno buscaba su ubicación, mientras las aeromozas  ayudaban a sentarse a las personas ancianas y a las madres con sus bebés. 
-Buenas tardes, señorita - saludó  el joven pasajero, un poco tenso, a la chica que se encontraba en la fila B-1  y continuó diciendo: Tengo el  asiento A-1, pero la señora que lo ocupa, está renuente a dármelo. Así que me propuso el cambio.
 -Bueno, señor, si hizo el cambio, por supuesto que éste lo ocupará usted- contestó la chica, impaciente, mientras extraía de la cartera  un frasquito de pastillas.
         El joven asintió, sin comprender todavía por qué tenía que haberle dado explicaciones a la chica si ella no tenía que ver con ese cambio de asientos, y trató de sonreír mientras colocaba su equipaje de mano en el compartimiento. Observó que su compañera de viaje era muy linda. Muy elegante, pero llevaba el pelo tan despeinado, que no importaba, seguramente, que el aire acondicionado  jugara con   él a su antojo.
          La muchacha, a su vez, admiró el perfil del chico. Parecía un efebo, o un joven romano, por ahí iba; lo único que no le gustaba era esa barba tan sucia y tan de moda, de apariencia descuidada.
         -Buenas noches señoras y señores …- Se oyó la voz de la azafata, luego del despegue de la nave, mientras procedía a  explicar  las medidas de seguridad sobre los chalecos salvavidas en caso de emergencia, normas que algunos veían con cierta aprensión. Luego, se comenzó a escuchar el tintinear de los aperitivos, y más tarde el rico aroma  de la cena.
  Cuando todos los pasajeros disfrutaban de la comida, la nave de pronto se hundió en un vacío que, alarmó a los pasajeros. Algunos bebés  se despertaron; se oyeron voces de alarma en varios idiomas.
   -¿Qué pasa? preguntó la chica, a su compañero de viaje.
    -No se, pero no debe ser algo preocupante, por favor,  tranquilícese.
Se encendió la luz de “FASTEN SEAT BEALTS”.  Las azafatas iban de un lado a otro, atendiendo a los pasajeros. Entonces se oyó la voz del Capitán de la nave, quien trataba de calmar a la tripulación:
    -Buenas noches estimados pasajeros, les ruego, por favor, mantener la calma. Nada anormal ocurre dentro de la nave. Se trata solamente de turbulencias y vacíos muy propios de esta ruta hacia Estambul.
         -De pronto, una nueva turbulencia sacudió a la nave, esta vez tan violenta, que arrancó gritos de angustia a la tripulación, pues la comida se derramó y las bebidas se volcaron. La chica se sujetó a su compañero de asiento, y los pasajeros se movieron inquietos en sus asientos.
         -Traten de mantener la calma, por favor, -continuó diciendo el Capitán de la nave-  ya estamos saliendo de la zona de turbulencias. Calma, por favor, y manténganse en sus asientos. Ya estamos saliendo, no hay más turbulencias fuertes; quizás se presenten algunas menores. Buenas noches y descansen.

-             El susto le quitó el apetito a los tripulantes, y también el sueño. Pasada la angustia,  los dos compañeros de viaje entablaron conversación.  Ella era periodista; cubría las noticias del  Europa Oriental, Asia y el Medio Oriente para un periódico venezolano, y había hecho escala en Viena . El, residía en Alemania y trabajaba como ingeniero de computación, en una empresa de telecomunicaciones, dando entrenamiento a varias empresas internacionales.  Por coincidencia habían llegado al mismo Vienna Intercontinental Hotel, pero no se cruzaron, mientras estuvieron hospedados allí. Ellos hablaron de sus respectivos trabajos, compartiendo  algunas de sus experiencias, pero no intercambiaron ni  direcciones ni teléfonos. Luego se separaron y cada uno volvió a su país de origen. Mónica lamentó siempre no haberlo hecho, pero si Klaus no se lo había preguntado durante todo el viaje, ella no consideró apropiado solicitárselo. Ambos se perdieron en la aduana de Estambul con destinos diferentes.

PLAZA SYNTAGMA O DE LA CONSTITUCION,
ATENAS
-            Pasó el tiempo y una noche el viento  se divertía alborotando el cabello de una joven que paseaba por la plaza de La Constitución en Atenas. De pronto, ella detuvo el paso cuando escuchó que la llamaban. Pensó que su soledad la hacía desvariar. Pero, no. El viento le trajo nuevamente el sonido de una voz masculina, pronunciando su nombre. Julieta se paró en medio de la plaza, buscando quién podría pronunciar su nombre en un sitio tan lejano. No, sin duda sería otra Mónica. Y siguió su camino pensando en cuántos millones de homónimas tendría en los distintos puntos de la tierra. Sin embargo, continuaron llamándola y quien lo hacía era una voz masculina cada vez más cercana adonde ella se encontraba, entonces atemorizada, apresuró el paso.
-            -¿Quién me conoce aquí en Atenas? – se preguntó- esto es imposible: fue la casualidad la que me trajo a la capital griega. No conseguí un vuelo directo a  Bagdad, y hubo que hacer escala en Atenas…
-¡Mónica, Mónica,  detente por favor!
La voz jadeante de Klaus, la hizo pararse en seco. El chico jadeaba, en su esfuerzo por alcanzarla.- ¿Qué haces en Atenas, si puede saberse? Preguntó asombrado. ¿No me recuerdas? Viajamos juntos hace unos meses. Ante el desconcierto de la joven él se disculpó. La había visto en el Hermes Hotel cerca de la Plaza Syntagma... y te seguí.
Mónica sonrió y dijo confundida: 
- Hola, claro que recuerdo... ¡Imagínate, me seguiste...! Bueno, yo... Mi vuelo, por motivos de seguridad, hizo escala aquí, y mañana continuamos viaje hacia Bagdad- explicó  todavía desconcertada por el inesperado reencuentro.
-Pues celebremos  esta maravillosa casualidad –dijo el chico emocionado al ver  los juegos que a veces nos hace el destino.
Y así, se fueron a celebrarlo al Puerto de El Pireo. El ouzo los acompañó toda la noche, indiscreto, junto a la cena. A esta siguieron muchas citas en diversas partes del mundo. Un avión llevaba a otro: cuando no coincidían en sus viajes y uno se preparaba para dormir, el otro se levantaba al otro extremo del globo. Por fortuna ahora las comunicaciones funcionaban cada vez mejor: Skype les permitía verse, cuando no podían hacerlo en persona. Y así, pasó el tiempo...

          Hasta que una tarde  una   Iglesia  caraqueña brillaba llena de flores, y plantas tropicales. La gente se arremolinaba a la entrada,  pues iba a celebrarse un maravilloso acontecimiento. Llegaron los invitados; y luego de una larga espera, al compás del  Ave María, hizo su aparición la novia, hermosa en un atuendo que no disimulaba la dulce espera. El novio la aguardaba, impaciente, al pie del altar, muy elegante, con la  barba  cuidada, arreglada para la ocasión.
IMAGENES TOMADAS DE
LA WEB

Caracas,  01.08.2005