martes, 17 de julio de 2012

DE IRAS, JUECES PEDESTRES Y SONRISAS




Entonces se produjo un cambio en el rostro del conductor...

Una tarde  me encontraba a bordo de una de los autobuses de la Línea Santa Mónica-El Silencio, de regreso a casa. Estas unidades de transporte, más bien pequeñas, suelen albergar unos veinte a venticinco pasajeros. A esa hora de la tarde, íbamos alrededor de seis  personas dentro del vehículo. La última en abordar la unidad fue una señora con sus dos niños, quien luego de pagar el pasaje se dirigió al asiento trasero diagonal al mío y  sentó a los chicos en el asiento vacío a  su lado. Al chofer, un español - a juzgar por su acento- de mediana edad, pareció no gustarle su actitud, pues no dejaba de mirarla por el retrovisor, mascullando algunas palabras. Fue sólo más tarde, cuando levantó su voz  castiza para  que todos los ocupantes del autobús le escucháramos:
- ¡Eso no puede ser. Aquí todas las personas pagan su pasaje!...


La joven madre, sintiéndose aludida, le contestó:
- Señor,  no se preocupe, que en cuanto suban más pasajeros, me siento los niños sobre las piernas; es sólo mientras tanto, no se preocupe... - Y continuó viendo distraida por la ventana.
Subieron más pasajeros, pero como todavía el autobús no estaba lleno,  la madre, continuaba con los niños a su lado.
El chofer entonces repitió, mientras su piel adquiría un tono rojizo, casi vino tinto y cambiaba las velocidades con fuerza:
- ¡He dicho que aquí todo el mundo debe pagar su pasaje, todo el mundo sin excepción! 
- Señor,  por favor, ya le dije que a su debido momento, me subiría a los niños a las piernas... -alegó la pasajera, sentándolos, asustada en su regazo.
- !Qué piernas ni que nada- increpó ya fuera de sí el chofer- aquí todo el mundo paga su pasaje!
Para el asombro de todos,  de pronto la mujer abrió  el monedero y lanzó las monedas al acalorado conductor, dándole con ellas en la cabeza, en la espalda, al volante, y también a la imagen de San Cristóbal que presidía el vehículo y luego cayendo dispersas por todo el autobús.
El hombre apenas alcanzó a recoger alguna  que otra moneda, mientras  decía ya fuera de sí:
- ¿Qué es lo que está haciendo, mujer? ¿Acaso se ha vuelto loca? ¡No faltaba más, si usted fuera hombre le pegaría!- y diciendo esto continuó manejando, ya fuera de sí.
El clamor de protesta no se hizo esperar. Todos los pasajeros, ya molestos con lo que cosiderábamos un atropello contra la señora, reaccionamos de diversas maneras al observar que la injusticia del chofer y su fuerza- a juzgar por la voz-, debilitaban a la pobre mujer.
- Atrévase a pegarle a la señora para que vea- le dije con tono que no admitía dudas de que pronto mucha más gente me acompañaría.
- ¿Y a usted quién la llamó? No se meta en lo que no le importa-
- Pues da la casualidad- dije parándome de mi asiento de que sí me importa...
- Pero ¿QUIEN LA LLAMO A USTED? recalcó.
- El derecho que tengo como venezolana de defender a una compatriota- contesté enfrentándomele.
El incidente me había puesto casi del color del chofer, quien nuevamente rayaba en la ira.

Luego de la danza de las monedas la mujer y los dos niños se bajaron dando tumbos,  en la parada más proxima, y al pasar a mi lado por el estrecho pasillo sentí un cálido apretón en mi hombro derecho.  Una rabia sorda me volvió al recordar el incidente. Se hizo un silencio. Una calma anormal flotaba como un fantasma dentro de la camioneta. Entonces se bajó un pasajero y, desde la acera, le mostró los puños al conductor. Sólo desde afuera. Luego, continuamos nuestro silencioso y embarazoso camino.
Sentí la mirada fija y furiosa, que el hombre me dirigía por el retrovisor.
Esta me inquietó un poco, al recordar que yo era el último pasajero en bajar de la camioneta -¿Se montarían otros?- me pregunté nerviosa, lo confieso, puesto que la ruta se iniciaba nuevamente después de mi parada: frente a mi casa. Pero nadie más abordó el bus.
-¿ Y ahora qué voy a hacer, Dios mío? Me voy a quedar a solas con él...-pensé mientras trataba de dominar mi inquietud. Pero súbitamente, y no se por qué, una agradable sensación de calor me envolvió el cuerpo y me invadió la calma. El fantasma de la incertidumbre, reinante en el autobús autobús fue desapareciendo poco a poco. Nuevos pasajeros subían y otros bajaban.
¿Por qué voy a tenerle miedo? ¿Por qué?- me pregunté-. Después de todo, yo creo tener gran parte de razón al defender a la señora. Ya casi llegábamos a mi destino. El penúltimo pasajero se bajó. Quedé yo a solas con el chofer. Subíamos por las tortuosas colinas él y yo solos. Yo y él. No se montó en la unidad ninguna otra persona. Me distraje viendo los eucaliptos que dejaban caer sus velos raídos por el viento en los edificios y en las quintas.
Súbitamente, el chofer paró la camioneta como a dos cuadras de mi parada. Le dio a la llave y apagó el motor. Me quedé sentada con un pequeño susto en la boca del estómago. Esperé. Se volteó, y desde su asiento me preguntó con una nueva expresión - casi infantil- y una voz masculina, bonita, bien modulada:
- Señora ¿Puedo hacerle una pregunta?
- Sí, por favor. ¡Cómo no! - contesté tranquilizada por su tono.
-¿Por qué usted la defendió a ella y no a mí?
La sorpresa se reflejó en mi rostro. La tensión volvió momentáneamente. Entonces, como en una película, aparecieron ante  mi vista las escenas de la madre y el chofer; mi intervención y el largo fantasma del silencio, roto ahora por mi interlocutor.
. -¿Que por qué defendí a la señora con los dos niños?
- Sí. Por favor, dígame por qué.
- Bueno, señor, porque creí que  ella tenía más razón que usted...
- Pero  también usted vio cómo me tiró el dinero ¿No se acuerda?
- Claro que lo recuerdo. Eso no lo aplaudo. Pero comprendo que sus constantes recriminaciones la sacaron de sus casillas.
- Es que todo pasajero debe pagar su pasaje
- Ella le dijo que sentaría a los niños en el otro puesto sólo hasta que llegase un pasajero. Usted bien podría haberle hecho el favor, eran sólo unas criaturas, por Dios. No sea tan intransigente.
- Yo no soy intransigente, yo cumplo con mi trabajo.
- Está bien, señor se lo diré, pero tome las cosas con calma la próxima vez. ¿No tiene miedo, que al enojarse tanto, le de algo, un infarto...?
- ¡No, señora, entonces ya hace tiempo que me hubiera enfermado, con tánto disgusto que pasa uno!...
- Bueno, allá usted, pero sea más tolerante con los pasajeros, no le cuesta nada ser amable.
Me miró esta vez sin decir nada y retomó el volante ya más tranquilo y pensativo. Cuando nos acercábamos a mi casa, le indiqué el sitio donde me iba a bajar. Y luego, al descender, me volteé para decirle sonriendo:
- Déjeme decirle algo más señor, usted no tiene derecho...
- ¿ Derecho a qué , señora? -preguntó sorprendido y mirándome todavía preocupado.
- Usted es muy guapo, y no tiene derecho a ponerse tan feo, enojándose,  desfigurándose con la ira. No señor, usted no tiene derecho...
Entonces se produjo un cambio en el rostro del conductor que lo hizo embellecer sus facciones rectas, hispánicas. Sin contestarme una sola palabra, arrancó nuevamente, mientras se ponía los anteojos de sol, se miraba por el retrovisor y silbaba una melodía suave y acompasada como el andar de la camioneta por las pacíficas y arboladas calles de Santa Mónica.

Caracas, 1985



IMAGENES: WEB 


miércoles, 11 de julio de 2012

HAIKUS DE LA PRIMAVERA




                                           


Cantan las aves,  
se apagó la noche.
Brilla el día.
                                              
Calienta el sol.
La brisa mañanera
mece la flora.

Duerme el buho;
despierta la pereza
su quieto sueño.


Brotan capuyos,
caen las hojas secas;
vienen las nuevas.

Un niño pide
el tibio alimento
a su mamita.

                                               
Nace un bebé;
alguien nos abandona.
La vida sigue.

Trinan las aves
en redes invisibles.
¡Es Primavera!



Caracas, 4 de julio de 2012
Imágenes de la WEB.

viernes, 6 de julio de 2012

ENTRE HUIDAS Y ESCAPES






Brindamos por nuestra naciente amistad (WEB)


          Conocí a Diego Volador cuando fui a cubrir  un congreso  sobre mercados de capital que se llevaba a cabo aquí en Caracas. Yo me hallaba tomando un refrigerio, y él se encontraba a mi lado. Iniciamos una rápida conversación relacionada con el evento que se inauguraba esa misma mañana; su importancia para el país y la gran cantidad de gurúes de la economía internacional que asistiría al evento. Luego, me quedé a la inauguración y a las primeras ponencias del día para luego irme al diario en el que trabajaba. Una vez terminadas mis actividades, a eso del mediodía me dirigía al automóvil, cuando la alta y delgada figura de Diego me interceptó el paso diciéndome:
-Usted no se puede ir todavía, señorita.
-¿Y por qué no puedo hacerlo y quién me lo impide?- le contesté sonriendo.
-Yo, porque la invito a almorzar- me dijo mientras sostenía entreabierta la puerta de mi  automóvil.
Entre bromas le contesté que no podía hacerlo, pero que otro día, con mucho gusto aceptaría la invitación. En ese momento tenía que ir a la redacción del periódico para escribir mi artículo destinado a la edición vespertina. Quedamos entonces, luego de intercambiar nuestros números celulares, en que él me llamaría. Y, efectivamente, eso ocurrió dos días después. Nos encontramos en un restaurante del este cerca de mi oficina a la una de la tarde. Brindamos por nuestra naciente amistad y disfrutamos de un rico almuerzo a la italiana. Esa fue la tercera cita entre Diego y yo, luego siguieron otras que encendían con un peligroso fuego la necesidad de repetirlas.
Pero estos encuentros, cosa curiosa, nunca se presentaban por las noches, sólo a mediodía en los diferentes restaurantes del este de la ciudad, según lo negociáramos, de acuerdo a nuestras respectiva agendas de trabajo.
En una oportunidad, me puse a pensar seriamente en esta situación. Por más que le insistiera a mi enigmático y atractivo amigo que para variar, fuéramos a cenar, o incluso solamente a tomar una café vespertino, siempre me respondía con una excusa. Le pregunté si  era casado y me contestó sonriendo que estaba separado, pero que más adelante me hablaría de ella. Luego, mostrando  gran habilidad me cambió de tema, mientras llamaba al mesonero.
Un día lo invité a almorzar a mi apartamento. A la apetitosa comida preparada por mí, siguió una reconfortante siesta que se prolongó hasta las cinco de la tarde, hora en la que Diego se dirigía a la universidad a dictar su clase de post grado en la Facultad de Economía. En medio del ardor amoroso le hice prometer que una noche saldríamos al teatro, y luego, a cenar juntos. Y así fue.
El sábado siguiente por la noche, tal como habíamos programado, fuimos al teatro y más tarde a uno de los restaurantes cercanos. Cuando ya habíamos ordenado, mi amigo se  paró un momento para ir al  baño,  pero  en el camino se encontró con  varias personas que entraban al local,  entre ellos dos señoras y tres pre adolescentes.  Lo besaron, abrazaron  efusivamente y le pidieron que se sentara con ellos. Escuché  que le decían que habían ido al cine, y  que luego decidieron ir a comer algo. Noté que una de las señoras lo miró muy sorprendida; la otra le invitó a sentarse con ellos.  Entonces vi cómo Diego, muy nervioso, aceptó la invitación, en medio de la algarabía de los chicos. A los pocos minutos escuché que mi celular repicaba dentro del bolso, pero sin ver el mensaje, me paré, pasé al lado de Diego sin determinarlo y me dirigí hacia la salida del restaurante.

Escuché que mi celular repicaba dentro del bolso (WEB)



Caracas, 26 de enero   de 2011

viernes, 8 de junio de 2012

"NOCHE FANTASTICA" DE GUSTAVO DUDAMEL EN VIENA





"NOCHE FANTASTICA" DE GUSTAVO DUDAMEL EN EL
PALACIO DE SCHÖNBRUNN, VIENA. (WEB)
 

Helga Anderle

Esta mañana recibí un lindo mensaje de Helga Anderle, periodista, escritora vienesa del género negro y, sobre todo, amiga y hermana de toda una vida. Trabajamos  juntas  en  OPEP,  Viena, a finales de los años sesenta, y desde entonces nos une una gran hermandad. Ella y Mike Anderle, su esposo, ya ausente, realizaron una actividad literaria de relieve internacional. (http://www.krimiautorinnen.at/content/view). La carrera literaria de esta talentosa escritora austríaca continúa actualmente con mucho éxito.
La emocionada nota de Helga Anderle sobre la actuación de nuestro músico estrella, GUSTAVO DUDAMEL, en el Palacio de Schönbrunn, en Viena, el 7 de junio, dice así:

"8 de junio de 2012 06:36
Querida Myriam,
ayer noche Venezuela nos estaba muy cerca. En medio del parque Schönbrunn, Gloriette y Palacio iluminados, más de 100.000 personas (entrada gratuita) delante de la Filarmónica, Dudamel. Tocaron un concierto muy difícil Debussy, etc. D sin partitura, ballet en el fondo, fuegos artificiales, el presidente y medio gobierno en primera fila- y al contrario de casi todos los días de la semana buen tiempo ni una gota de lluvia - bueno una atmósfera única. Dudamel y la orquesta unidos como familiares, Venezuela dejó una impresión formidable. Dudamel con sus hoyitos y su pelo revuelto, joven, simpático, con humor, se ganó los corazones de toda Viena. Te quería contar eso enseguida, fue una noche fantástica. 
Abrazos,
Helga



SOMMERNACHTSKONZERT. Donnestarg, 7 juni 2012   von TV-Media
Tanz in Schönbrunn. Die Wiener Philhamoniker laden heute wieder zum grossen Klassik-Open-Air http://www.news.at/articles 1222/45/329647/sommernachtskonzert-tanz-schoenbrunn (Artículo enviado por Helga Anderle).
      
HELGA, PATRICIA, SU HIJA Y YO EN EL BIER KLINIK.
VIENA, 2010
 


domingo, 3 de junio de 2012

UNA CURIOSA VISITA TURISTICA A CUBA


MALECON DE LA HABANA (WEB)


    MARINA DE HEMINGWAY, LA HABANA.
CON UNA COMPAÑERA DEL TOUR
BRASILERO
 Cuando con inmensa tristeza veo desaparecer el turismo en mi querida Venezuela debido a los miles de problemas que afrontamos actualmente, sobre todo en relación  a la inseguridad -  al punto de de tener porcentajes inferiores a cero del total de turistas que visitan América Latina-, no de dejo de asombrarme de la visita que hice en 1991 a Cuba. En ese entonces  aún los dirigentes cubanos no recibían la ayuda económica que desde hace catorce años les envía el gobierno venezolano. Pero aún así, hace más de veinte años, el  turismo en Cuba era mucho mejor  que  el que desarrolla en casi  década y media  el Régimen Socialista del Siglo XXI en Venezuela.


En aquel entonces había leído acerca de la vida oprimida de los cubanos bajo el régimen de Fidel Castro y quise constatarlo por mí misma, aunque mi condición de turista me lo limitara y allá me fui de vacaciones. Lejos estaba de imaginarme que  algunos años más tarde  también nosotros recibíríamos la misma influencia negativa que su  nefasta dictadura comunista tendría  sobre Venezuela por medio de un gobernante ególatra. Sólo recuerdo que en esa época estaba convencida  que  mi país era un mundo seguro, inmune a un régimen dictatorial. ¡Qué ignorancia la mía!

Pero volvamos a mi historia. La agencia de viajes me hizo todos los arreglos: pasaje aéreo, hotel y estadía en La Habana durante una semana. Ya en el avión experimentaba una sensación extraña, pues a pesar de que yo también era caribeña, el sólo hecho de cobijarme bajo la sombra soviética que todavía cubría la isla,  por la estrecha relación de Moscú con la capital cubana, hasta 1990, me producía escalofríos. En cuanto aterrizamos en el Aeropuerto José Martí de La Habana, me impresionó el acentuado tono militar de sus instalaciones. El aire austero del aeropuerto  me desconcertó mucho, además de la conducta  hosca tanto de los militares como de los civiles. Imaginé que, sin duda, todo obedecía todavía  a las reglas soviéticas imperantes en la isla hasta el año anterior.


Como yo era la única turista venezolana del tour,  en la agencia de viajes de La Habana me unieron a un grupo de  brasileros, tan curiosos como yo por conocer la isla. Con ellos me hospedé en  el Hotel Habana Riviera, un céntrico  y lindo alojamiento. La ciudad  me pareció hermosísima, pero sin mantenimiento alguno. Alguna vez leí que un periodista norteamericano la describía como una bella mujer muy descuidada y sin maquillaje. Y es verdad: el casco de La Habana es precioso, pero la falta de mantenimiento la desluce. Este hecho me sacudió. Recuerdo que al pasar por la Universidad de La Habana, observé que una de las casas que hacía esquina frente a sus escalinatas,  tenía la ventana abierta, y desde la acera pude observar cómo la sala estaba apuntalada para que no se derrumbara. Y, de igual forma, las otras casas coloniales de la cuadra  mostraban su inmenso deterioro. 

Una noche salí a pasear y de pronto alguien gritó en la calle que habían robado a una señora arrancándole el bolso. Aseguraban en ese entonces que eso nunca ocurría en La Habana, pues era una ciudad muy segura. Si eso era cierto o si se trataba de una falsa alarma para impresionar al turista, nunca me enteré. La Policía de Turismo ofrecía protección al visitante, según pregonaban los catálogos turísticos de la época que se obsequiaba en los hoteles. Paradójicamente, estas medidas de seguridad,  no son  las que precisamente  la Revolución Cubana ha exportado a Venezuela.

El Malecón, hermoso con sus edificios señoriales al fondo,  constantemente recibía  el baño cariñoso de  las olas.  Admiré el casco  de la ciudad, a pesar de su lamentable  falta de mantenimiento. Cuando fui a La Habana Vieja ésta me mostró su arquitectura antigua y en muchos casos deteriorada, con edificaciones que databan del mismo siglo XVI. Encerraba siglos de historia en sus mansiones españolas. Allí convivían con el ciudadano, el Museo de Arte Colonial, la Casa Natal de José Martí y la Casa Simón Bolívar, entre muchísimas más. En uno de los museos se exhibían las estatuas caídas y rotas del “Imperialismo” y de la dictadura de Batista. Me sobrecogió tanto odio. Observé cómo en una vieja mansión colonial  de La Habana Vieja  unos padres orgullosos le tomaban fotos a su hija quinceañera mientras descendía por las escaleras. Luego, en  el centro habanero, al pasar junto a una cuadrilla de trabajadores que tapaban unas alcantarillas, uno de ellos me dijo alegremente:"¡Adiós, compañera!", mientras yo les sonreía al pensar cuán lejos estaban en sus apreciaciones políticas, por supuesto. Luego estuve en la inolvidable "Bodeguita del Medio", que dio y da cabida a celebridades del mundo cultural, y a mí en el mío propio  tan lleno de fantasías y deseos de progresar, al menos.


LA HABANA VIEJA (WEB)

HELADERIA COPPELIA (WEB)

 PACIENTES  COLAS EN LA HELADERIA (WEB)

La conocida Heladería Coppelia, ubicada en  medio de un parque del Vedado  es visitada a diario por cientos de personas. Hice mi cola como cualquiera, esperando el turno para ser atendida. Servían los helados sobre un larguísimo mesón tras el que se encontraban colocadas las sillas con sus respectivas colas humanas.   En cuanto me tocó mi turno, la señora que me atendía me preguntó con su cadencioso acento:
-Con cuántas gracias lo quiere?
Al notar mi confusión ella me explicó amablemente que se trataba de las capas de helado. Cuando tomé asiento mi  estrés  aumentó al ver la cola a mi espalda; éste contrastaba con la calma  y la parsimonia de la dependiente, y de quienes esperaban su turno con una paciencia jobina. Mi prisa era caraqueña, y lo sabía, por lo que, siguiendo el dicho popular de "adonde fueres, haz lo que vieres, me di a la tarea de saborear tranquilamente mi deliciosas tres gracias.

DESIGUALDADES DEL SISTEMA    SOCIALISTA CUBANO
En otra oportunidad, me dirigí a una bodega cubana a comprar unos dulces con el fin de saber cómo eran estas bodegas, y naturalmente, me tocó también hacer otra cola para comprarlos. Observé cómo se alineaban pequeñas bolsas de papel  de estraza marrón en los anaqueles sin ninguna marca que las distinguiera entre ellas. Pregunté al bodeguero y me dio razón de su contenido: azúcar, arroz, café, etc. Recordé mi visita a Budapest antes de la caída del muro, donde se mostraban hileras de brassiers de satén color salmón, todos  iguales. Brillaba la falta de marcas. Ellos sólo se hacía la competencia en sus números de copas.

BODEGA EN LA HABANA (WEB)
La bodega era muy pobre y casi no había artículos en ella. La escasez de estos tugurios contrastaba con la abundancia de las Diplotiendas y las Tecnotiendas, que ofrecían un sin número de artículos  a los diplomáticos, técnicos extranjeros y a los turistas, es decir, todo aquel que pudiese dejar en ellas sus divisas, pero sin olvidar que allí también tenían acceso los de la cúpula del poder cubano, jamás el individuo de a pie. A ellos les estaba y aún les está, prohibida su entrada a estos locales comerciales. ¡Paradojas del Socialismo Cubano! 


TIENDAS PARA EL TURISTA EN LA HABANA (WEB)
 Estas  tiendas fueron y son hoy en día  semejantes a nuestros automercados antes de que este régimen  intentara seguir el modelo cubano. Había cientos de productos importados. Allí sólo se expendían exquisiteses, productos de superlujo. En sus estantes proliferaban, abundaban todos los artículos  que faltan en los modestos abastos cubanos: enlatados, champú, cremas, dulces, etc. Estos son los contrastes de la isla caribeña que me chocaron. No entendía y aún no comprendo -porque esta regla aún sigue vigente- por qué los lugareños no pueden entrar a los hoteles, restaurantes  ni a estos locales. Decididamente el Socialismo, donde quiera que eche raíces, es desigualdad de condiciones.

TURISMO
En Cuba el turismo estaba muy bien organizado. Existían giras para todas partes de la isla; abundaban los folletos turísticos en los hoteles, en los que las agencias de viajes ofrecían  excursiones diurnas y nocturnas, tanto  en La Habana como en el interior del país. Imagino cómo lo habrán desarrollado hoy en día, cuando los hermanos Castro cuentan con la incondicional ayuda venezolana.
CABARET TROPICANA (WEB)
El espectáculo brindado por los bailarines del Cabaret Tropicana al turista en La Habana, por ejemplo, era de primera, nunca vi algo más lujoso. Parecía estar a la  par de los shows parisinos. En medio de una especie de jungla y palmeras se encontraban colocadas las mesas. Con la compra de la entrada se tenía derecho a la cena acompañada de una bebida. El tour nocturno incluía además el transporte al lugar y el regreso al hotel. Grandes avisos luminosos daban cuenta de la historia de ese lugar nocturno nacido en 1939. Desde escenarios aéreos colocados en los árboles bajaban las bailarinas con hermosos atuendos para pasar luego en medio de las mesas. En honor a la verdad, no vi en ninguna de ellas ni el más mínimo  agujero en las medias al pasar por mi mesa. Todo lucía impecable. La música cubana escuchada en suelo vernáculo alcanzaba dimensiones fantásticas en su belleza y ritmo, al igual que los bailes. Pero, lamentablemente, este es un mundo ficticio fabricado para que el turista principalmente, deje sus dólares allí. Quisiera imaginar si ese lujo artificial se repite en casa de los pobres bailarines cubanos: ellos son admitidos porque son los protagonistas, los que hacen posible el ingreso de divisas al local, si no fuera así, a estos cubanos también les estaría vedada la entrada al  mismoTropicana.

La Maison Contex; Casa de Moda Cubana, antigua morada de Fulgencio Batista, era un sitio hermoso destinado sólo a las visitas de los turistas y a la élite privilegiada cubana. El visitante era trasladado desde su hotel en una limousina para cenar allá, incluyendo luego, su regreso al hotel en el mismo automóvil. Esta lujosa mansión, rodeada de jardines muy bien cuidados disponía de numerosas mesas alrededor de la piscina, donde se servía a los comensales. En los pasillos internos, en las vitrinas, se exhibía los trajes y perfumes elaborados en la isla. Recuerdo que me compré un frasco de perfume "Alicia Alonso", fabricado en honor a la famosa bailarina.   La casa ofrece desfiles de la moda cubana, su orfebrería y perfumería. Tiene solario, gimnasio, piscina, peluquería, Galería de Arte, Bar y Restaurante Exclusivo.  En fin todo lo que el mundo capitalista  cubano puede ofrecerle a cualquier persona del mundo, menos a sus propios nacionales.


MUSEO HEMINGWAY
Después de hora y media de viaje, desde La Habana llegamos al lindo pueblecito de San Francisco de Paula; allí,  en  la finca denominada El Vigía, justo en una elevación, está construida la casa donde vivió el escritor norteamericano Ernest Hemingway. Se la puede visitar, pero sólo por fuera, por lo que todas las ventanas de la vivienda están abiertas a los ojos del turista, sin que su paso deteriore el
 interior. Desde allí se ven las habitaciones, el estar del escritor y su silla favorita para leer que todavía tiene la huella de su cuerpo. Me llamó la atención el baño, en el que inclusive el famoso autor tenía también una biblioteca. Numerosas cabezas de animales, trofeos de sus cacerías en Africa se exhiben en las paredes de su estudio e incluso de su propia habitación. Lo más extraño es que fuera existe una edificación para los visitantes, sus hijos y ¡para los gatos en el tercer piso! Este hecho llamó la atención de una de las turistas brasileras, que al conocer este capricho del escritor exclamó:
-¡Meu Deus, tanto que Hemingway amava os animais e os matava!
Algo incomprensible para nosotros, que no entendemos cómo se puede querer a los animales y matarlos por deporte.

CAMINO A VARADERO
Nuestro grupo salió muy temprano en la mañana rumbo a Varadero. El viaje lo hicimos en bus desde  La Habana en hora y media. El guía iba describiendo las ciudades que atravesábamos durante el viaje.  Hacia las afueras de La Habana nos mostraba las casas que los lugareños construían con ayuda del gobierno. Se las asignaban, pero no eran los dueños. El Estado era el propietario, explicaba. Nos dijo que el gobierno gestionaba un acuerdo con España para pintar todas las casas de blanco.
-¿Con cao? preguntó uno de los brasileros del grupo.
Recuerdo que pasamos Matanzas, donde algunas cabrias abandonadas demostraban la presencia de petróleo, que antes ayudaba a explotar Rusia y que ahora, yacían cual Bella Durmientes esperando otro protector a raíz de la salida de los rusos de Cuba. Lejos estaba yo de suponer que sería Venezuela.  Me llamó la atención la producción petrolera de la isla, pues no recuerdo que ésta tuviera relevancia en  la  producción petrolera mundial.

Y aquí, en Varadero, me sucedió algo curioso. Me encontraba con mis compañeros tomando un baño en la playa, cuando sentí hambre y me dirigí a un restaurante ubicado a escasos metros del mar. Al entrar el mesonero me detuvo preguntándome si era cubana.
Extrañada le contesté que no, que era venezolana, pero me repitió desconfiado la pregunta. Entonces pensé que quizás se me había pegado el acento cubano, o él creyó que mi tipo le parecía muy isleño, porque me espetó:
-Mire, señora,  yo no quiero problemas con la policía.- Entonces le enseñé mi pasaporte, y aún así me volvió a decir, mientras me sentaba.
-No, está bien, puede tomar asiento, no faltaba más;  pero ¡NO QUIERO PROBLEMAS CON LA POLICIA! Y lo repitió como un estribillo, mientras se perdía por la puerta de la cocina. Creo que éste fue el almuerzo más policíaco de mi vida.

Cuando unos vecinos de Santa Mónica  se enteraron de mi viaje, me pidieron el favor de llevarles una carta a la Embajada de Venezuela en Cuba y  ya en La Habana me dirigí  a la Av. 5ta. en la Playa, para cumplir con la encomienda. Una vez que hube dejado la misiva a buen recaudo, salí y caminé por unas callejuelas aledañas a la playa, bastante misteriosas. En una de ellas me encontré con una casa abandonada cubierta de maleza y de malangas. Estas eran  tantas que   no sólo cubrían el jardín, sino partes de la calle, y el camino hacia el litoral. Nunca olvidaré esta casa cercana a las costas habaneras, pues me inspiró para escribir mi cuento “La Casa de las Malangas Amarillas”.

En aquel entonces conversé con mucha gente en los taxis y en la calle. Todos ensalzaban como loros asustados las maravillas de la revolución cubana. Un taxista me recordó emocionado una  de las numerosas visitas de Oscar De León a la isla y su extrañeza de que no hubiera regresado nunca. La chica del hotel me pidió que cuando me fuera le dejara los jeans que llevaba. Le regalé muchas otras cosas que llevaba en la maleta, llevándome solamente lo poco que adquirí en la isla:  algunos libros en francés y en español, casettes y discos. Uno de ellos escrito por un ruso sobre Simón Bolívar que le llevé a mi padre, cuyo autor nunca había estado en Venezuela. Admira este hecho pues en ese entonces Internet no estaba desarrollado como hoy en día. Conservo como un tesoro la música cubana que escucho siempre, pues aún tengo un equipo con tocadiscos que me transporta al pasado al escuchar música hermosa de todas partes del mundo; música que me cante sus alegrías y sus penas para  así recordar y también olvidar un poco las mías.


Caracas, 26 de mayo de 2012







martes, 1 de mayo de 2012

HAIKUS DEL CORAZON Y LA PIEL


IMAGEN DEL AMOR: WEB


Cae la lluvia
y se oculta el sol.
Ruge el trueno.

Llueven las penas,
solloza el corazón
del alma sola.

Que algún día
lloró de alegría
y felicidad.

Los tiempos cambian.
Muta el amor, falta
la sinceridad.

¿Tu espíritu?
Lleno de miedos negros.
¡Mil cobardías!

Pequeña alma
tormentosa y vana,
sin asideros.

Oscuridades
invaden retorcidos
miedos internos.

La noche sola
ama tu compañía.
¡Tú la rechazas!

Buscas, insomne
¡Ya! Calores cercanos.
¡Dormidas pieles!

Es necesario
que sean bien cálidas
para el amor.

¿Y el corazón?
¿Él? Él es un témpano.
Aguanta mucho.

¡No es cierto, no!
Pide tibiezas, amor…
¡Se los negaste!

Tiritas hoy.
Buscas de nuevo calor
¡Ay, alma sola!

Añoras amor
de lejanías tristes
¡Ya congeladas!



Caracas, abril de 2012