martes, 25 de octubre de 2011

UNA MUJER EN IGUALDAD DE CONDICIONES



MI FLAMANTE ESCRITORIO

     Al inicio de mi trabajo en la OPEP, se acostumbraba celebrar cada lunes por la tarde una charla o Lecture. Generalmente, que recuerde, la dictaba el propio Secretario General. Como en ese entonces la sede de la organización estaba ubicada en un viejo edificio de Brücknerstrasse, frente a la Embajada de Francia, y  éste tenía poco espacio,  estas  conferencias se celebraban en la Biblioteca. Una gran mesa modular, permitía a los asistentes sentarse cómodamente a ella. En vista de que mi escritorio quedaba al frente y   junto a una de las ventanas, yo prefería escuchar la charla de turno desde  allí,  y observar  la  ronda masculina en sus sillas azules. Desde ellas  llegaban a mi palco particular frases en árabe, iraní o español  antes de que hiciera su entrada el Secretario General, quien  se dirigiría a nosotros en  inglés, idioma oficial de la Organización.
     Un día el doctor Aníbal Martínez, geólogo venezolano –en ese entonces Jefe del Enforcement  Department -quien junto con el abogado Humberto Adrianza Rincón, del Legal Department   y  quien suscribe, del Information Department, formábamos la cuota de personal venezolano del Staff de  la Organización- me preguntó extrañado por qué no escuchaba las charlas sentada a la mesa como los demás miembros del Staff. Como  le respondiera que me sentía muy cómoda, haciéndolo  desde mi escritorio y darle de esta manera sitio a algún otro participante,  me contestó que eso no estaba bien, pues mi lugar estaba junto a mis compañeros del Staff de la Organización. Cuando, con cierta timidez, le argumenté que yo era la única mujer del grupo, el Dr. Martínez argumentó que eso no me impedía participar en ella, y que la próxima vez quería verme sentada a  la mesa y no junto a mi escritorio. 
      Como comprendí que  mi compatriota tenía razón, al lunes siguiente  me sumé al grupo,  según lo aconsejado.  Y sucedió que cuando ya se había iniciado la charla presidida por el Secretario General, tocaron a la puerta de la Biblioteca,  que estaba  próxima a la  silla donde estaba sentado el alto ejecutivo árabe, por lo que él mismo tuvo que pararse para abrirla. En el vano de la puerta apareció María, la señora que traía el carrito con los refrigerios, y sucedió que, al momento de pasar, éste  se atascó, impidiéndole continuar, por lo que   ella, muy confundida, me dirigió una mirada suplicante al otro extremo de la mesa, donde me hallaba, solicitando mi ayuda.  Cuando me percaté de su señal, quise pararme para ir en su auxilio,  pero al intentarlo,  la  orden visual del Dr. Martínez  congeló mi intento,  por lo que tuve que sentarme de nuevo. Interpreté su mirada como una indicación de que había otras personas que estaban cerca de la puerta que  podían auxiliarla y no expresamente yo. Fue entonces cuando el propio Secretario General y otro de los asistentes la ayudaron a pasar el refrigerio. Al terminar la conferencia, pude observar que Aníbal Martínez se mostraba satisfecho  de que  yo hubiera seguido su consejo  al unirme al grupo del Staff y comportarme como un  miembro más,  lo que significaba que yo era  una mujer  en  igualdad de condiciones a los asistentes masculinos a los Lectures semanales.




NOTA: El Dr. Aníbal Martínez, luego fue  Jefe del  PR & Information Department  al cual estaba adscrita  la Biblioteca que yo dirigía. El es un hombre de quien guardo muy buenos recuerdos por su gran inteligencia, su preparación  y su sentido de justicia.  Un gran gerente con alto prestigio  y reconocimiento dentro del personal de la Organización de Países Exportadores de Petróleos (OPEP).


VISTA DESDE MI PALCO
 
Caracas, 11 de octubre de 2011

viernes, 21 de octubre de 2011

HAIKUS DE LA LLUVIA Y TU






http://www.algunascosas.com/ fotografía-lluvia


Danza la fronda
siguiendo la música
del viento fresco.

Suena el trueno,
brilla el relámpago
sobre los techos.

El sol esconde
tras nubarrones grises
su gran esfera.

Las aves vuelan
buscando el abrigo
de ramas verdes.

Tambor lejano…
Oscurece el cielo;
cae la lluvia.

Blanca cortina
de velos transparentes…
¡Suenan tambores…!

Cae la lluvia
y solloza el cielo;
llora mi alma.

La paz le trae
al espíritu quieto,
melancolías.

Aparecen tú
y tu mirada azul
en el recuerdo…

Y me sonríes,
como el niño tierno
que fuiste ayer.






Caracas, octubre de 2011

domingo, 2 de octubre de 2011

VIAJE AL OESTE CARAQUEÑO


METRO DE CARACAS (INTERNET)
UNA TAREA INTERESANTE

     La actividad solicitada por nuestro profesor Israel Centeno, en el Taller  Aprenda a Narrar Escribiendo,  fue acogida con entusiasmo por nosotros el martes pasado en clase. Se trataba de viajar en Metro hasta Catia con el fin de escribir un cuento surgido de nuestra  experiencia viajera. Israel nos recomendó bajarnos en la Estación de Plaza Sucre de Catia, recorrer sus calles, y si podíamos almorzar en El Arabito, pues mucho mejor.  Nos aconsejó también llevar una libreta para tomar anotaciones y ser muy prudentes en el momento de realizarlas.

    El sábado siguiente decidí cumplir con el trabajo encomendado y me dirigí al Metro de Chacaíto. Como medida de precaución vestí lo más sencillo que pude: unos jeans, mi koala y cero bisutería. Vino a mi mente una vez que un motorizado me robó cuando me dirigía a la Alianza Francesa en Los Caobos y me despojó de mis joyitas, que en aquel entonces, sí eran de oro. Por esta razón y  por la violencia desatada en Caracas, experimenté cierto temor al momento de iniciar mi paseo a Catia. 

   A la hora en la que abordé el vagón no había mucha gente en el andén, por lo que pude entrar sin apretones y sentarme donde quise.  De Chacaíto a la Plaza Sucre me separaban once estaciones. En la primera subieron dos señoras y un niño.  Ambas portaban camisas y cachuchas rojas con la inscripción “Misión Ribas: Seguiremos Venciendo”. "¡Cosas de la Democracia!", pensé.  En la siguiente lo hizo un grupo animado de estudiantes de secundaria con jeans y franelas azules. En la esquina del vagón, conversaban unos adultos de rostros cansados.

    El Metro continuó su ruta subterránea, descargando y embarcando pasajeros hasta que llegamos a la octava estación. Poco antes de llegar se hizo la claridad, y entramos a Caño Amarillo. Resultó bonito el contraste luminoso al salir a la superficie rodeada de vegetación. No así el espectáculo que brindaban algunas casas que realizaban increíbles malabarismos en los cerros, sujetándose peligrosamente a los muros de contención  de concreto. Semejaban una  caprichosa continuación de la pared de cemento. De pronto apareció una gran “M” vegetal  agradecida a la lluvia. El Metro hizo allí su parada para continuar hacia
BULEVAR DE CATIA.Foto tomada de la Web
la Estación de Plaza Sucre, en la que me bajé para iniciar mi recorrido, que  muchas veces
estuvo obstaculizado por los buhoneros y las mercancías que ellos exhibían sobre las aceras. El nombre de una farmacia solidaria con el bolsillo de los clientes: “Dr. Ahorro” llamó mi atención. Me pregunté si de verdad las medicinas con la gran escasez  de algunas y con la galopante inflación,  fuesen fuesen realmente económicas en ese sector. Así, pues, parándome aquí y allá, caminé largo rato hasta que un ligero cosquilleo me recordó la visita al restaurante  “El Arabito”,  recomendado por Israel  y también por algunos de mi compañeros de clase.


RUMBO A EL ARABITO

    
    Después de curiosear un poco en algunos negocios, por fin  llegué a la Calle Colombia, donde se encontraban los restaurantes  El Camello y  El Arabito. Visité ambos. En el primero había gran cantidad de panes de todas las  formas y tamaños. Mientras observaba la  variedad de pitas y dulces árabes, escuché que, al fondo del local, un muchacho le preguntaba a otro: “¡Ahí está, chamo! ¿Cómo se llama el caballo de El Zorro?” “¡Azabache!”,  contestó el  que se encontraba  a su lado. “No, vale, estás equivocao, ese no es el nombre”. Y volvió a preguntarle a los demás amigos. Entonces se escuchó otra voz que gritaba: “ ¡Tornado!”. Riéndome todavía  de la ocurrencia salí del local y me dirigí a  El Arabito, en el que disfruté de un sabroso almuerzo, tal como Israel me había recomendado.   

     Antes de llegar al restaurante pasé junto a varias mesas de dominó dispuestas en plena calle. Sobre ellas bailaban las piedras al ritmo de los chasquidos que hacían los jugadores al colocarlas sobre la superficie. Estos tahúres callejeros concentraban sus miradas  en las piedras rectangulares y  parecían no prestar atención alguna ni a los mirones que tenían a sus espaldas, ni a  las estridentes voces de los buhoneros que anunciaban  sus respectivas mercancías. 


UNA REGION PINTORESCA

     Al salir de mi restaurante de fuerzas árabe entré en una venta de imágenes. Santa Bárbara me recibió muy sonriente, parecía contenta de tener mi misma estatura, y muy orgullosa de hacerle compañía a todos los santos del local: Jesús,  La Virgen María, San Judas Tadeo y al Dr. José Gregorio Hernández. En un rincón de la tienda se anunciaban hierbas como Indio Desnudo, Zarzaparrilla, Divi Dive, romero y otras  que se usan para curar los males del cuerpo y del alma. Abundaban  las velas  en todos los tamaños y colores.  Luego, continué mi  periplo por unas calles y aceras llenas de huecos, y, a ratos, de malos  olores hasta que llegué al Centro Comercial Cinema Lago. No lo conocía y decidí incursionar en él.  A la entrada, sobre una plataforma metálica  se alzaba una pirámide con una gran cruz marrón. Un anuncio de grandes dimensiones invitaba al evento que se realizaría el próximo 30 de octubre  a las personas  que  tuvieran problemas familiares: peleas,  rencor, vicios, desunión y agresiones (con c), rebeldía y  separación. Siete hombres estarían orando a Dios  por ellos al pie de la cruz. ¿Cabría la gente ese día en el local que los organizadores tenían preparado para el evento depurador de almas? Imagino que habría mucho descontento.

VENTA DE FLORES DE GALIPAN EN CATIA,

 QUE "EMBELLECEN A CARACAS". (WEB).
      Luego de varias vueltas por las tiendas del local comercial y satisfecha mi curiosidad, tomé  una buseta hacia el Centro Comercial Propatria. El tráfico y el  calor eran insoportables. La camioneta parecía un sauna.  Apenas si podíamos avanzar. De pronto la radio encendida comenzó a transmitir una de las múltiples cadenas oficialistas.  La voz de la narradora informó sobre el acto de celebración del natalicio de Simón Rodríguez. Entonces irrumpieron las notas del Himno Nacional interpretado por la coral del Teatro Teresa Carreño. Cuando se escuchaba el Himno Nacional entró a la buseta un  vendedor de caramelos repartiendo golosinas entre los usuarios y mientras lo hacía explicaba las delicias de sus caramelos de arequipe. Inmediatamente, como si fuera una función teatral, hizo su aparición una especie de payaso que vestía los colores del helado Bon Ice, con el mismo propósito que su antecesor. Por las ventanillas llegaban las voces estridentes de los buhoneros  y  las de los dueños de los puestos de verduras y frutas del mercado, anunciando sus respectivas mercancías. Continuaba el Himno Nacional en la radio y en la calle, los gritos.  Y era tal la confusión  de sonidos, voces y el espectáculo de las verduras y frutas en ambos lados de la calle, que de pronto sentí  como si navegara mágicamente en un río de patillas, naranjas, berenjenas y ajíes dulces. La cabeza me daba vueltas y estuve casi a punto de desmayarme. Sólo cuando a empellones salí de la buseta y puse pie en "tierra firme", fue que respiré aliviada. La brisa me asistió, compadecida. 

CAMINO AL METRO. CATIA.
     Por último, y ya con deseos de regresar y dar por terminada mi visita al Oeste caraqueño,  visité el Centro Comercial Propatria. Allí ya   se notaba  la proximidad de la Navidad: adornos, luces, guirnaldas, ropa y artículos del hogar, en franca competencia con otros negocios similares del Este de la ciudad, pero a precios notoriamente más bajos.  Como Propatria era la estación Terminal del Metro,  en cualquiera de los lados del andén se podían tomar  los vagones que irían en dirección a Palo Verde, al este de Caracas. Ya en el vagón algunas chicas que podían podían concursar en el “Miss Venezuela” iban acompañadas por jóvenes musculosos, pulcros y peinados como erizos. Parecían ir de fiesta. Por contraste había otras personas, sin embargo,  que mostraban caras tristes y preocupadas. Parecían revelar la ausencia de los pagos seguros de quince y último.

REGRESO A CASA
     Salí de la estación del Metro, con la sensación de haber vivido una experiencia  interesante, porque es un sitio muy pintoresco. Almorcé, como había previsto en El Arabito y estuve en Propatria, después de muchos años. Pero, sobre todo, corroboré que a pesar de que la difícil situación económica que confrontamos hoy en día es un factor determinante en el  incremento de la inseguridad en los cuatro puntos cardinales de la ciudad, el espíritu del venezolano sigue siendo alegre,  extrovertido y respetuoso. ¡Gracias a Dios!


Caracas, 29 de octubre de 2005. Curso de Narrativa dictado por el Profesor Israel Centeno.



NOTA: Cuando escribí esta crónica hace seis años, todavía  era posible, aunque riesgoso, ir hasta Catia. Hoy, lamentablemente, repetir el mismo itinerario es, francamente hablando,  casi imposible si se tiene un poco de sensatez. La inseguridad se ha multiplicado en grado alarmante. La falta de mantenimiento del Metro y las constantes fallas eléctricas que paralizan los vagones de este transporte público - excelente años atrás- lo impiden. Sólo espero que la calidad  de vida y la seguridad del venezolano  sea óptima - y bajo ningún respecto como ahora-, este año 2012, cuando elijamos un nuevo Presidente de la República. Estamos seguros de que él o ella gobernará idóneamente a Venezuela, y nos sacará de la pesadilla que vivimos bajo el gobierno actual, todos los habitantes de esta hermosa tierra.

¡A VOTAR, PUES, EL 12 DE FEBRERO EN LAS PRIMARIAS, Y LUEGO EL 7 DE OCTUBRE PARA CAMBIAR POSITIVAMENTE A VENEZUELA! 




domingo, 25 de septiembre de 2011

VIAJE REAL


                     

 La semana pasada me encontraba como de costumbre  organizando el nuevo material  bibliográfico  ingresado a la Biblioteca, cuando vi entrar a la señora Faith Schulze del Departamento de Relaciones Públicas, quien acercándose a mi escritorio  me preguntó si  podía hacerles el favor de ir al Aeropuerto de Schwechat esa misma  noche a recibir al Dr. Félix Rossi Guerrero, nuestro delegado venezolano, y me  informó que llegaría por Alitalia a las 9:30 para asistir a la Conferencia de la OPEP. En cuanto le contesté afirmativamente a su solicitud, la señora Schultze  procedió entonces a darme  por escrito los detalles del vuelo. 
Como yo no deseaba  ir sola al aeropuerto, le pedí a Policarpo Rodríguez, uno de los otros delegados venezolanos asistentes a la Comisión Económica, que acababa de finalizar,  y a quien conocía desde Caracas,  me acompañara a recibir al Dr. Rossi y él, muy animado,  aceptó ir conmigo. Así que, por la tarde, previendo cualquier inconveniente, nos fuimos ambos con suficiente antelación en autobús al aeropuerto de Schwechat. Al llegar nos ubicamos  en un salón cercano a los ventanales, desde donde podíamos observar el aterrizaje de los aviones.  Uno tras otro llegaron varios vuelos, el penúltimo era uno de Austrian Air Lines, y el último el de Alitalia, como estaba previsto,  a las 9:30. Cuando éste se aproximaba bajamos a esperar al Dr. Rossi a la salida del terminal de pasajeros. Los vimos pasar a todos, menos a él.  Nuestro delegado venezolano parecía haberse esfumado. Extrañados por su ausencia  esperamos un tiempo prudencial, pues tal vez habría tenido algún inconveniente con las maletas en la aduana. Pero él no  llegó en ese vuelo. En vista de lo ocurrido fuimos a  la oficina de Información de Alitalia, donde  nos dijeron  lo que ya sabíamos: que  ése había sido el último vuelo de la noche. Al día siguiente, cuando reporté lo ocurrido al Departamento de  Relaciones Públicas, se me informó que el Dr. Rossi había hecho trasbordo  y  tomado el vuelo de Austrian Air Lines,  llegando antes de lo previsto.  ¡Justo el vuelo anterior al de Alitalia que habíamos visto aterrizar! 
Pero la noche anterior, Policarpo y yo, bastante desconcertados por lo ocurrido,  decidimos regresar a Viena esta vez en taxi.  Y cuando nos dirigíamos a la estación  para tomarlo, nos encontramos con el  señor Husseini,  el Jefe del Departamento Económico de la OPEP, quien estaba acompañado de dos sauditas que yo no había visto antes. En cuanto él  me vio  me preguntó qué hacía en el aeropuerto y le conté lo que había pasado. Ya él conocía a Policarpo Rodríguez de la Reunión de la Comisión Económica que acababa de finalizar, por lo que no hubo necesidad de presentarlos. Nos preguntó entonces si teníamos vehículo para volver a Viena. Le respondimos que lo haríamos en taxi. En vista de nuestra respuesta, el señor Husseini dijo que eso no era necesario, pues podríamos regresar juntos a Viena  con él  en su carro,  pero que esperásemos un momento, pues él había ido a recibir al Príncipe Saud El Feisal de Arabia Saudita,   y  el avión en el que venía aterrizaría en pocos minutos. Bastante sorprendidos aceptamos el gentil ofrecimiento.
Como viajar con un príncipe suponía una especie de aventura, aunque sólo fueran 45 minutos los que demorara el trayecto del Aeropuerto de Schwechat a Viena, me sentí un poco tensa. No sabía cómo comportarme, ni mucho menos saludarlo, pues no conocía el protocolo. Por esta razón,  decidí actuar como siempre lo había  hecho con el resto de los delegados.
   Aproximadamente a     los diez minutos, tal como había dicho nuestro amable anfitrión vial,  llegó el Príncipe Feisal: era  alto, bien parecido y muy elegante. Tenía el pelo y los bigotes  muy negros y la tez bronceada. Entonces, cuando el señor Husseini hizo las presentaciones, me limité a extenderle la mano al príncipe,  saludándole en inglés. Finalmente, abordamos el  automóvil del señor Husseini - un Mercedes Benz gris- para regresar a  Viena.

La distribución nuestra dentro del auto la hicimos de la siguiente manera: El Sr. Husseini ocupaba el asiento frente al volante, en el centro delantero iba un saudita de protección y a su derecha, el Príncipe Feisal. Atrás, el segundo saudita de protección iba a la izquierda, al centro yo, y a mi derecha, Policarpo Rodríguez. Cuando el automóvil se puso en marcha aumentó mi tensión, pues además de lo singular del viaje, yo era la única pasajera, y en el mundo árabe, según había leído, la mujer no gozaba precisamente de privilegios. En ese momento me preguntaba si también eso rezaba conmigo, por lo que me limité a hacer el viaje en silencio.
En el trayecto el Príncipe Feisal observó que no le gustaba la entrada de Viena.  Pensé que menos mal no había visto la entrada de Caracas llena de ranchitos; de día no muy agraciados, pero de noche luminosos como un nacimiento. Ya llevábamos un trecho recorrido, cuando de pronto, el carro que iba detrás de nosotros,  tocó repetidamente la bocina e hizo señas de que nos detuviéramos. El señor Husseini, algo nervioso, detuvo el auto mientras el  otro conductor se bajaba del carro y se acercaba al suyo diciéndole algo en alemán. El señor Husseini  me pidió entonces que le preguntara qué ocurría. Cuando lo hice en mi incipiente alemán, el chofer contestó que la puerta delantera del lado derecho de nuestro automóvil  estaba abierta: justo la que quedaba al lado del príncipe. Así que,  sin conocer las normas del protocolo para dirigirme al príncipe, pues no sabía si  debía llamarle  “Your Royal Highness”, “Your Majesty”, o “Your Highness”, le dije al fin, con la rapidez que me permitió mi lógica timidez,  simplemente  "Sir" y le transmití  el mensaje de alerta del  amable chofer. 
Si me había comunicado apropiadamente o no en ese momento no tuvo importancia,  lo que sí la tuvo fue el mensaje, pues el príncipe, rápidamente ayudado por los dos sauditas de seguridad y del  propio señor Husseini, procedió a cerrar y a asegurar la  puerta delantera y  agradecer   el alerta al austríaco y también a mí. Luego,  cada uno de los conductores siguió  su camino con  normalidad. Y tanta, que me llamó la atención que  después del incidente, la ubicación dentro del auto permaneciera igual. No se intercambiaron los puestos  ni el príncipe  ni el saudita de protección que iba a su lado. Así que, en medio de un relativa calma, llegamos a Viena directamente al Hotel Vienna Intercontinental, donde se hospedaría el Príncipe Feisal. Allí nos quedamos todos. Y como el protocolo tiene sus reglas, el hecho de ser  él un príncipe y yo una mujer no modificó  en absoluto el protocolo saudita.  El trayecto de regreso  desde el hotel   hasta mi casa en Walfischgasse, lo hice a pie,  ya bastante tarde, acompañada solamente por Policarpo Rodríguez. 
 ¿Sería por aquello de que Nobleza obliga?


 La foto en la Biblioteca de la OPEP tomada en 1968 pertenece a la época de la crónica narrada. La Biblioteca quedaba al lado -sólo separada de una cortina gruesa de pana azul,  del Salón de Conferencias, donde en 1972 tuvo lugar la agresión de Carlos Ilich Ramírez Sánchez (alias Carlos, El Chacal), a la OPEP en Dr. Karl Lueger Ring, Wien I. 

Caracas, 25 de septiembre de 2011

martes, 13 de septiembre de 2011

NOCTAMBULA



Me gustaba observar el cielo desde mi ventana, y también las luces de los edificios que circundaban el mío. Imaginaba  las historias que mantenían aún despiertos a sus habitantes, mientras yo recordaba, observando el firmamento,  la repentina partida de mi querido Alex. A veces me sonreía una luna maravillosa junto a las estrellas, otras, solamente me mostraba su perfil. Alguna que otra nube transparente, que se había atrevido a salir de noche, también me animaba. Celosamente, a  veces, la lluvia o el aguacero velaban mi espectáculo nocturno, queriendo ser ellos también  mis amigos.
Una de esas noches, después de haberme acompañado un fuerte aguacero tropical, decidí asomarme a la ventana. El firmamento aparecía limpio y negro como un azabache. No había luna. Solo una estrella brillaba en la lejanía. De pronto se apoderaron de mí el miedo y el asombro, cuando observé cómo esa estrella se acercaba, convirtiéndose en un brillante aparato vertical y cilíndrico que jugueteaba en el aire. Luego, se deslizó entre los edificios vecinos, angostándose -para pasar entre ellos- cuando el espacio no se lo permitía. Para mi perplejidad el cilindro, silenciosamente, realizó varias piruetas  sobre el jardín antes de pararse, por fin, estático, frente a mi ventana.
Fascinada,  observé la luz fosforescente que irradiaba y el vapor que emanaba de las ranuras del artefacto. Parecía el brillante de un Rajá. Pensé entonces que estaba soñando, pues en ese momento veía televisión, y muchas veces, cuando el cansancio me rendía, me unía al elenco de la  pantalla durante una película de ficción. Pero esta vez el televisor estaba a mis espaldas y sólo oía la voz de un chef que hacía gala de sus habilidades.
Mientras observaba el fantástico espectáculo, sentí que una fuerza poderosa me halaba hacia el cilindro luminoso. La atracción ejercida era tan fuerte que, aunque asustada  quise evitarlo, una excitación nunca sentida por mí me empujaba hacia el artilugio volador, mientras se abría una gran compuerta  tras la que unos seres simpáticos y sonrientes me daban la bienvenida obsequiándome con toda clase de comodidades y manjares. De pronto, una atmósfera radiante nos envolvió a todos  y la nave partió hacia la estratosfera. Atravesamos estrellas y rozamos la luna. Pernoctamos en Marte y descendimos finalmente  en un valle verdiazul y  mágico, donde vivo desde hace cientos de años  siderales.



Caracas, junio de 2005

Gráfica tomada de la Web


viernes, 19 de agosto de 2011

HAIKUS DE LA LEJANIA






Tus silencios ¡Dios!
hieren mi alma
y mi corazón.

Escondes en tí,
-alma y espíritu-
penas muy grandes.
Mi alma siente,
al otro lado del mar,
tu quieto dolor.

¿Puedo aliviar
algunas de tus penas?
¡Llámame! ¡Dime!

¡Búscame! ¡Anda!
mi amor te espera
como antes fue.

Quiero ir hacia
tus cariñosos brazos,
enlazándote.

Besar tus labios,
sedientos prisioneros
de mis deseos.

Tomar tus manos,
perderme en tus ojos...
tranquilas aguas.

Crucemos mares;
el globo terráqueo
nos lo permite.

Encuentros dulces.
Mil caricias aguardan
nuestro destino.

Pintura tomada de la Web.

jueves, 4 de agosto de 2011

MODESTOS VERSOS AL ESTILO HEIKU































http://www.planetaheiku.com.ar/



MODESTOS VERSOS AL ESTILO HEIKU


Honda tristeza,
deja de visitarme.
¡Desaparece!

Vino de lejos
tu cálido acento
para quedarse.

Eres la dicha
que mi alma ansiaba.
¿Quieres un beso?


Visítame. ¡Ven,
cálido sentimiento!
Amame mucho.


Sopló la brisa;
se avivó el fuego
en mis entrañas.


¡Mil emociones!
Fuegos artificiales
estallan en mí.


Llegó la lluvia.
El sol ocultó su luz,
tímidamente.


No me ignoren,
hermosos azulejos,
que yo existo.


Apareciste
entre nieblas nocturnas
¡Y te quedaste!


Olvidas risas;
tras muros invisibles
muestras tu llanto.


¿No te despides?
¿Ocultas tu enojo,
alma sensible?


Jamás olvides
que, aunque haya mares,
la tierra gira.