domingo, 25 de septiembre de 2011

VIAJE REAL


                     

 La semana pasada me encontraba como de costumbre  organizando el nuevo material  bibliográfico  ingresado a la Biblioteca, cuando vi entrar a la señora Faith Schulze del Departamento de Relaciones Públicas, quien acercándose a mi escritorio  me preguntó si  podía hacerles el favor de ir al Aeropuerto de Schwechat esa misma  noche a recibir al Dr. Félix Rossi Guerrero, nuestro delegado venezolano, y me  informó que llegaría por Alitalia a las 9:30 para asistir a la Conferencia de la OPEP. En cuanto le contesté afirmativamente a su solicitud, la señora Schultze  procedió entonces a darme  por escrito los detalles del vuelo. 
Como yo no deseaba  ir sola al aeropuerto, le pedí a Policarpo Rodríguez, uno de los otros delegados venezolanos asistentes a la Comisión Económica, que acababa de finalizar,  y a quien conocía desde Caracas,  me acompañara a recibir al Dr. Rossi y él, muy animado,  aceptó ir conmigo. Así que, por la tarde, previendo cualquier inconveniente, nos fuimos ambos con suficiente antelación en autobús al aeropuerto de Schwechat. Al llegar nos ubicamos  en un salón cercano a los ventanales, desde donde podíamos observar el aterrizaje de los aviones.  Uno tras otro llegaron varios vuelos, el penúltimo era uno de Austrian Air Lines, y el último el de Alitalia, como estaba previsto,  a las 9:30. Cuando éste se aproximaba bajamos a esperar al Dr. Rossi a la salida del terminal de pasajeros. Los vimos pasar a todos, menos a él.  Nuestro delegado venezolano parecía haberse esfumado. Extrañados por su ausencia  esperamos un tiempo prudencial, pues tal vez habría tenido algún inconveniente con las maletas en la aduana. Pero él no  llegó en ese vuelo. En vista de lo ocurrido fuimos a  la oficina de Información de Alitalia, donde  nos dijeron  lo que ya sabíamos: que  ése había sido el último vuelo de la noche. Al día siguiente, cuando reporté lo ocurrido al Departamento de  Relaciones Públicas, se me informó que el Dr. Rossi había hecho trasbordo  y  tomado el vuelo de Austrian Air Lines,  llegando antes de lo previsto.  ¡Justo el vuelo anterior al de Alitalia que habíamos visto aterrizar! 
Pero la noche anterior, Policarpo y yo, bastante desconcertados por lo ocurrido,  decidimos regresar a Viena esta vez en taxi.  Y cuando nos dirigíamos a la estación  para tomarlo, nos encontramos con el  señor Husseini,  el Jefe del Departamento Económico de la OPEP, quien estaba acompañado de dos sauditas que yo no había visto antes. En cuanto él  me vio  me preguntó qué hacía en el aeropuerto y le conté lo que había pasado. Ya él conocía a Policarpo Rodríguez de la Reunión de la Comisión Económica que acababa de finalizar, por lo que no hubo necesidad de presentarlos. Nos preguntó entonces si teníamos vehículo para volver a Viena. Le respondimos que lo haríamos en taxi. En vista de nuestra respuesta, el señor Husseini dijo que eso no era necesario, pues podríamos regresar juntos a Viena  con él  en su carro,  pero que esperásemos un momento, pues él había ido a recibir al Príncipe Saud El Feisal de Arabia Saudita,   y  el avión en el que venía aterrizaría en pocos minutos. Bastante sorprendidos aceptamos el gentil ofrecimiento.
Como viajar con un príncipe suponía una especie de aventura, aunque sólo fueran 45 minutos los que demorara el trayecto del Aeropuerto de Schwechat a Viena, me sentí un poco tensa. No sabía cómo comportarme, ni mucho menos saludarlo, pues no conocía el protocolo. Por esta razón,  decidí actuar como siempre lo había  hecho con el resto de los delegados.
   Aproximadamente a     los diez minutos, tal como había dicho nuestro amable anfitrión vial,  llegó el Príncipe Feisal: era  alto, bien parecido y muy elegante. Tenía el pelo y los bigotes  muy negros y la tez bronceada. Entonces, cuando el señor Husseini hizo las presentaciones, me limité a extenderle la mano al príncipe,  saludándole en inglés. Finalmente, abordamos el  automóvil del señor Husseini - un Mercedes Benz gris- para regresar a  Viena.

La distribución nuestra dentro del auto la hicimos de la siguiente manera: El Sr. Husseini ocupaba el asiento frente al volante, en el centro delantero iba un saudita de protección y a su derecha, el Príncipe Feisal. Atrás, el segundo saudita de protección iba a la izquierda, al centro yo, y a mi derecha, Policarpo Rodríguez. Cuando el automóvil se puso en marcha aumentó mi tensión, pues además de lo singular del viaje, yo era la única pasajera, y en el mundo árabe, según había leído, la mujer no gozaba precisamente de privilegios. En ese momento me preguntaba si también eso rezaba conmigo, por lo que me limité a hacer el viaje en silencio.
En el trayecto el Príncipe Feisal observó que no le gustaba la entrada de Viena.  Pensé que menos mal no había visto la entrada de Caracas llena de ranchitos; de día no muy agraciados, pero de noche luminosos como un nacimiento. Ya llevábamos un trecho recorrido, cuando de pronto, el carro que iba detrás de nosotros,  tocó repetidamente la bocina e hizo señas de que nos detuviéramos. El señor Husseini, algo nervioso, detuvo el auto mientras el  otro conductor se bajaba del carro y se acercaba al suyo diciéndole algo en alemán. El señor Husseini  me pidió entonces que le preguntara qué ocurría. Cuando lo hice en mi incipiente alemán, el chofer contestó que la puerta delantera del lado derecho de nuestro automóvil  estaba abierta: justo la que quedaba al lado del príncipe. Así que,  sin conocer las normas del protocolo para dirigirme al príncipe, pues no sabía si  debía llamarle  “Your Royal Highness”, “Your Majesty”, o “Your Highness”, le dije al fin, con la rapidez que me permitió mi lógica timidez,  simplemente  "Sir" y le transmití  el mensaje de alerta del  amable chofer. 
Si me había comunicado apropiadamente o no en ese momento no tuvo importancia,  lo que sí la tuvo fue el mensaje, pues el príncipe, rápidamente ayudado por los dos sauditas de seguridad y del  propio señor Husseini, procedió a cerrar y a asegurar la  puerta delantera y  agradecer   el alerta al austríaco y también a mí. Luego,  cada uno de los conductores siguió  su camino con  normalidad. Y tanta, que me llamó la atención que  después del incidente, la ubicación dentro del auto permaneciera igual. No se intercambiaron los puestos  ni el príncipe  ni el saudita de protección que iba a su lado. Así que, en medio de un relativa calma, llegamos a Viena directamente al Hotel Vienna Intercontinental, donde se hospedaría el Príncipe Feisal. Allí nos quedamos todos. Y como el protocolo tiene sus reglas, el hecho de ser  él un príncipe y yo una mujer no modificó  en absoluto el protocolo saudita.  El trayecto de regreso  desde el hotel   hasta mi casa en Walfischgasse, lo hice a pie,  ya bastante tarde, acompañada solamente por Policarpo Rodríguez. 
 ¿Sería por aquello de que Nobleza obliga?


 La foto en la Biblioteca de la OPEP tomada en 1968 pertenece a la época de la crónica narrada. La Biblioteca quedaba al lado -sólo separada de una cortina gruesa de pana azul,  del Salón de Conferencias, donde en 1972 tuvo lugar la agresión de Carlos Ilich Ramírez Sánchez (alias Carlos, El Chacal), a la OPEP en Dr. Karl Lueger Ring, Wien I. 

Caracas, 25 de septiembre de 2011

martes, 13 de septiembre de 2011

NOCTAMBULA



Me gustaba observar el cielo desde mi ventana, y también las luces de los edificios que circundaban el mío. Imaginaba  las historias que mantenían aún despiertos a sus habitantes, mientras yo recordaba, observando el firmamento,  la repentina partida de mi querido Alex. A veces me sonreía una luna maravillosa junto a las estrellas, otras, solamente me mostraba su perfil. Alguna que otra nube transparente, que se había atrevido a salir de noche, también me animaba. Celosamente, a  veces, la lluvia o el aguacero velaban mi espectáculo nocturno, queriendo ser ellos también  mis amigos.
Una de esas noches, después de haberme acompañado un fuerte aguacero tropical, decidí asomarme a la ventana. El firmamento aparecía limpio y negro como un azabache. No había luna. Solo una estrella brillaba en la lejanía. De pronto se apoderaron de mí el miedo y el asombro, cuando observé cómo esa estrella se acercaba, convirtiéndose en un brillante aparato vertical y cilíndrico que jugueteaba en el aire. Luego, se deslizó entre los edificios vecinos, angostándose -para pasar entre ellos- cuando el espacio no se lo permitía. Para mi perplejidad el cilindro, silenciosamente, realizó varias piruetas  sobre el jardín antes de pararse, por fin, estático, frente a mi ventana.
Fascinada,  observé la luz fosforescente que irradiaba y el vapor que emanaba de las ranuras del artefacto. Parecía el brillante de un Rajá. Pensé entonces que estaba soñando, pues en ese momento veía televisión, y muchas veces, cuando el cansancio me rendía, me unía al elenco de la  pantalla durante una película de ficción. Pero esta vez el televisor estaba a mis espaldas y sólo oía la voz de un chef que hacía gala de sus habilidades.
Mientras observaba el fantástico espectáculo, sentí que una fuerza poderosa me halaba hacia el cilindro luminoso. La atracción ejercida era tan fuerte que, aunque asustada  quise evitarlo, una excitación nunca sentida por mí me empujaba hacia el artilugio volador, mientras se abría una gran compuerta  tras la que unos seres simpáticos y sonrientes me daban la bienvenida obsequiándome con toda clase de comodidades y manjares. De pronto, una atmósfera radiante nos envolvió a todos  y la nave partió hacia la estratosfera. Atravesamos estrellas y rozamos la luna. Pernoctamos en Marte y descendimos finalmente  en un valle verdiazul y  mágico, donde vivo desde hace cientos de años  siderales.



Caracas, junio de 2005

Gráfica tomada de la Web


viernes, 19 de agosto de 2011

HAIKUS DE LA LEJANIA






Tus silencios ¡Dios!
hieren mi alma
y mi corazón.

Escondes en tí,
-alma y espíritu-
penas muy grandes.
Mi alma siente,
al otro lado del mar,
tu quieto dolor.

¿Puedo aliviar
algunas de tus penas?
¡Llámame! ¡Dime!

¡Búscame! ¡Anda!
mi amor te espera
como antes fue.

Quiero ir hacia
tus cariñosos brazos,
enlazándote.

Besar tus labios,
sedientos prisioneros
de mis deseos.

Tomar tus manos,
perderme en tus ojos...
tranquilas aguas.

Crucemos mares;
el globo terráqueo
nos lo permite.

Encuentros dulces.
Mil caricias aguardan
nuestro destino.

Pintura tomada de la Web.

jueves, 4 de agosto de 2011

MODESTOS VERSOS AL ESTILO HEIKU































http://www.planetaheiku.com.ar/



MODESTOS VERSOS AL ESTILO HEIKU


Honda tristeza,
deja de visitarme.
¡Desaparece!

Vino de lejos
tu cálido acento
para quedarse.

Eres la dicha
que mi alma ansiaba.
¿Quieres un beso?


Visítame. ¡Ven,
cálido sentimiento!
Amame mucho.


Sopló la brisa;
se avivó el fuego
en mis entrañas.


¡Mil emociones!
Fuegos artificiales
estallan en mí.


Llegó la lluvia.
El sol ocultó su luz,
tímidamente.


No me ignoren,
hermosos azulejos,
que yo existo.


Apareciste
entre nieblas nocturnas
¡Y te quedaste!


Olvidas risas;
tras muros invisibles
muestras tu llanto.


¿No te despides?
¿Ocultas tu enojo,
alma sensible?


Jamás olvides
que, aunque haya mares,
la tierra gira.































sábado, 16 de julio de 2011

LOS PRIMOS



Hato La Fe, Guarico venezuelaturisticaestadoguarico.blogspot.com

     Sólo se escuchaba el silencio salpicado por el canto de los grillos y el croar de las ranas. María Antonia, desde la ventana de su cuarto, observaba la calle desierta, iluminada apenas por un solitario farol urgido de compañía. La tía dormía sola en el cuarto contiguo al de ella. El tío Juan había ido a San Fernando a entregar los productos agrícolas cosechados, que este año habían superado los del año anterior. Vendría mañana. Eso dijo él.
     Ella, María Antonia, esperaba al primo, a Vicente, que visitaba a unos amigos. El recuerdo le nubló los ojos. Ella lo quería de siempre. El la quiso un poco por Carnaval, cuando se disfrazó de rumbera, y el vestido que le hizo la tía le acentuó la cintura. Todos los hombres del barrio la vieron entonces por primera vez como a una mujer, admirados de lo “buenamoza” y “simpática” que estaba. Las otras mujeres disimulaban su recelo, sobre todo, si el piropo salía de la boca del novio o del marido.
Ahora Vicente sólo pensaba en Matilde, su nuevo amor y también su desilusión, porque ya lo había dejado por otro. Mientras esperaba, recordaba. Fue en la fiesta del Negro Zamora, cuando  María Antonia, entre un baile y otro, atrajo la mirada del primo. Como los otros, él nunca antes se había fijado en su cintura, sino aquella noche. Le molestó la insistencia de Giuseppe que la volvía a sacar a bailar luego de haberlo hecho ya dos veces.
     -Estoy cansada, italiano, de verdad. Me molestan los tacones. Como continuara insistiendo, Vicente lo encaró y le dijo:

     -Mire, Giuseppe, hay más muchachas en la fiesta. Ya le dijo María Antonia,  que estaba cansada. Además, yo vine con la prima, no se me le acerque mucho.
El italiano se alejó gesticulando mientras se preguntaba qué había hecho mal  para que el chico lo tratara así: debía estar loco.
     -Stai matto, Vincenzo, stai matto. Cosa ho fatto io?
El primo, se acercó a la muchacha, la atrajo con suavidad hacia sí y le dijo:
   - Ahora, mi negra, usted baila sólo conmigo, que fue quien la trajo al baile. ¿Entendido? Digo, si no le molestan los zapatos, o no le molesto yo. ¡Usted decide! - Y al decir esto soltó una carcajada tan clara como la cascada que se oía al otro lado del patio.
     Y así, contagiada por la risa del primo ella asintió temerosa y feliz. Conocía a Vicente. Era violento como el río cuando se desbordaba, y al mismo tiempo suave como la brisa. Le gustaba el muchacho curtido y fuerte. Le gustaba mucho. ¡Qué le importaban los tacones! Entonces el conjunto comenzó a tocar un bolero. Y Vicente la atrajo hacia sí, muy, muy pegadita a su cuerpo. Nunca había estado tan cerca del primo ¡Ay, Dios! ¿Qué le pasaba? Sus brazos le recorrían el talle haciéndole sentir una especie de mareo. ¡Y ella no había tomado nada fuerte, sino tizana! El corazón se le había vuelto loco. Oía la respiración fuerte del primo y con un gran esfuerzo ella contenía la suya.
     - ¡Vámonos! – dijo de pronto el primo, tomando a María Antonia por el brazo.
     - Pero, es temprano, Vicente.
     He dicho vamos y es andando- recalcó el muchacho mientras la conducía con rapidez hacia la puerta. Ya en la calle, disminuyó la presión de la mano sobre el brazo de la prima, y también el paso. Entonces, le acarició la mejilla y le dijo al oído:
     - Estás linda esta noche, prima.
     - Es el vestido, Vicente- comentó azorada, la muchacha, ante la repentina actitud del primo.
   - ¡Qué vestido ni ocho cuartos! Eres tú, María Antonia- dijo atrayéndola hacia sí con fuerza.- Eres tú quien cada día te pones más bonita y me vuelves loco, muchachita.- Y diciendo esto la enlazó por la cintura y así, llegaron a la casa. Ya en el portón, ella sintió la brasa quemante de sus labios. Una oleada de fuego se agitó en su interior…
   - ¿Cuántos besos fueron? ¿Cinco, diez? ¿Acaso uno muy largo? No lo recordaba. El tiempo se detuvo en un maravilloso intercambio de labios y lenguas. Intercambio que, de pronto, interrumpió Vicente.
    -¡Vamos, vamos!- dijo apremiente el primo.
    -¿Adónde, Vicente?
    -A tu cuarto, muchacha.
    -No, no Vicente, estás loco. La tía se despierta…
   Camino de la habitación la vuelve a besar. Esta vez el hombre, como loco, busca entre el escote los senos prietos de María Antonia.
    Casi sin fuerzas, siente la caricia tibia del primo en su pecho. Un placer desconocido la envuelve y la asusta…
     - Si tú quisieras conocerías el cielo esta misma noche…
     - No, no , Vicente, la tía…
    Poco a poco se abandona en los brazos del primo en una mezcla de pánico y placer.
De pronto, se enciende la luz y hacia ellos se encamina una figura envuelta en una manta azul.

  - ¿Ya llegaron, muchachos? Gracias a Dios, porque estaba preocupada. Váyanse a dormir, que voy a cerrar el portón. ¡Que Dios los bendiga!

    Luego, pasaron los día acompañados de lluvias, de sol y rutina. Vicente no se acordó más de los besos de María Antonia y ella los saboreaba todavía en el silencio de la noche. Atesoraba las sensaciones descubiertas ante la proximidad del hombre. Lloraba el recuerdo. Lloraba el olvido.

   Esa noche, presa de una rabia sorda, recordó que fue en el joropo de los Mantilla donde Vicente conoció a Matilde. “Debe haberle echado brujería”, pensaba la chica con furia. Ella sabía que Matilde jugaba con él. Lo engañaba como había engañado a muchos en el pueblo. Decían que estaba loca. Juanita, su amiga le dijo una noche:
   -A Matilde le da por buscar hombres. Hay veces, que como loquita los persigue y a veces, hasta se pierde con ellos por días. Ella estuvo en Caracas trabajando y como que vino peor. Le dejó a Ña Barbarita la bodega sola y se le metieron los ladrones. Ahora y que se fue con un camionero.
Y Vicente suspiraba por ella. Estaba triste. Languidecía en el chinchorro con el cuatro silencioso a un lado. Todo había huido de él: su contagiosa alegría y hasta sus arrecheras. De pronto, los pasos del primo que se acerca y el rechinar de la puerta sedienta de grasa, la sobresaltan.
    - ¿Todavía despierta, María?
   -Todavía.
   - Ve a descansar, que es tarde.
   - Sí, ya voy. Más tarde.
Ella lo observa. Está más flaco. Tiene una barba descuidada de dos semanas. Sí son tontos los hombres Ponerse así por una mujer que no les para, que no les hace caso. La verdad es que parecen pendejos. Pero, de pronto, un sentimiento de tristeza le cruzó el alma, sintió pena por el primo.
- ¿Ya comiste, Vicente?
- No, no tengo hambre. Vete a dormir y déjame solo.
¡No, señor! Hice un guiso que me quedó muy bueno y tienes que probarlo. Está riquísimo. Además hay arroz blanco, plátano y bienmesabe. Algo tendrás que comer, no puedes dejarte morir. Se lo que tienes, te comprendo y no te lo puedo reprochar. Pero, tienes que salir de ese rollo, vale. ¡Ven, chico, que la comida está calientica…!
Se acerca al primo, y le acaricia el pelo revuelto y la barba.
-¡Ay! ¡Cómo pincha! ¿Te la vas a dejar crecer? No te queda mal, pero arréglatela… O te dejas bigotes… También son lindos…
Entonces, coqueta, con un ligero tongoneo, se aleja del primo para ponerle la mesa.
Vicente la mira sonriente. Observa sus inquietos movimientos. “Tiene belleza, la prima. Es hermosa la mujer –piensa- ¡Cómo habla, la condenada! Ha crecido la muchacha. Ya hace días se había dado cuenta, antes de aparecer Matilde- recordó de pronto- Sí, la noche del joropo del Negro Zamora, claro. ¡No, no, pero ahora está más mujer, tiene algo que no se qué es y que no había visto antes!…
Se le acercó con lentitud por la espalda y ya, junto a la mesa, la tomó por la cintura. Ella, sorprendida, interrumpió el quehacer y le miró a los ojos. Captó entonces el maravilloso brillo de los ojos de Vicente y jugueteo de sus pupilas. La inundó una oleada de felicidad desconocida, nueva. Sintió casi estallar el corazón cuando los labios del primo permanecieron como prisioneros voluntarios entre los suyos. Este beso, tanto tiempo esperado, tenía un sabor dulce, ligeramente salado.
Luego, sin hablar, en un silencio que gritaba a voces el sentimiento, se dirigieron hacia la habitación en penumbras de María Antonia, sin importarle apenas los ronquidos de la tía que dormía en el cuarto de al lado.

Caracas, noviembre, de 1992.






















jueves, 14 de julio de 2011

LA CASA DE LAS MALANGAS AMARILLAS




Casa abandonada www.taringa.net


Eran las dos de la tarde y el sol, inclemente, esparcía sus rayos sobre toda superficie, filtrándose, indiscreto, por cualquier ranura que se lo permitiese. El mar reverberaba en su constante movimiento. Cerca de una de las playas se extendía una antigua urbanización, que en sus buenos tiempos parecía haber sido extraordinariamente hermosa y bien cuidada por la municipalidad. Hoy, calles y aceras rotas y cubiertas de hojas- que nadie se acordaba de barrer- servían de habitat perfecto para las alimañas y la mugre. Las casas que flanqueaban una de las avenidas, mostraban el color original de sus paredes, y algunas, dejaban al descubierto profundas heridas. En el conjunto de las otrora elegantes residencias, destacaba una ubicada en un ángulo de la calle. Se trataba de una hermosa quinta cubierta por un denso follaje, formado por maleza y malangas amarillas. La vivienda parecía soportar complacida el peso de las trepadoras, que en su recorrido por techos y paredes, se empeñaban en enredarlo todo, en invadirlo todo, incluso el interior de la morada, donde se habían introducido subrepticiamente, a través de los vidrios rotos. Pero en este afán de dominio, sin embargo, había una magia sutil que parecía cuidar todo lo que tocaban; y amparaban, bajo su red, aquello que merecía ser protegido de la corrupción del ambiente. De esta manera, firme y voluntariosa, el amarillo aguacate de sus hojas y los mil brazos de los enrevesados tallos continuaban su excursión por el jardín, la cerca y la acera, para perderse luego, como serpientes, por las playas solitarias, acariciadas por el mar. A lo lejos, el pegajoso ritmo de un son se adhería al del salitre, que corroía no solo las ventanas y las puertas de las casas, sino también las almas de los invisibles habitantes de la isla caribeña. Por su parte, la tarde dormía su siesta habitual y tranquila, hasta que un acontecimiento la despertó para presenciar un espectáculo insólito.

Un muchacho alto, flaco y con el pánico pintado en el rostro, corría calle abajo. Volteaba la cabeza constantemente, mientras saltaba los obstáculos que se le aparecían sorpresivamente en el camino. Vestía jeans, franela y unos zapatos deportivos ya rotos por el uso. Llevaba un escapulario que saltaba también sobre su pecho jadeante. El copioso sudor le oscurecía, aún más, el pelo y la sucia indumentaria.
- ¿Por qué se confundieron los azules aquella tarde, hace ya cinco años y me encerraron en esa maldita cárcel? -pensaba el chico mientras emprendía la huída- Yo solamente atendía mi puesto en la acera. Yo no robé, ¡Coño! No robé nada en el Banco Insular. No se por qué me metieron en el grupo de aquellos malditos malandros. Yo no he robado nada en mi vida. Se los juré por mi madre (que en Gloria esté), y así y todo no me creyeron, ni me creerán nunca. Me mandaron a la pocilga siendo inocente. Mientras, coño, mi expediente muere en la gaveta del Fiscal del Tribunal, junto a los de cientos, miles de otros presos como yo. Por eso el motín, coño. Fue entonces cuando algunos aprovechamos. Lo más seguro es que hayan quemado ya a unos cuantos ¡Maldita sea! Yo pensé que no se darían cuenta tan rápido cuando salí y le di los coñazos al Sargento Miguel en la puerta de la lavandería. Allá quedó el muy pendejo, revolcándose con los golpes que le metí para quitarle la llave. No joda, pensé que tendría más tiempo cuando salí de la pocilga, y no fue así, coño. La alarma sonó demasiado rápido y ahora quieren joderme. Pero no lo lograrán. No otra vez, no. No quiero volver a dormir en esa hamaca guindada de las tuberías, en la que no pasa una noche sin que me caiga el agua ¡Hasta cuándo, no envaine! Quiero dormir en una cama, en una cama de verdad. No quiero compartir más la cama con dos o tres h… Ni quiero, tampoco, dormir en el suelo junto con las ratas. Estoy harto de que me extorsionen. Me niego a continuar comiendo mierda. No, yo no me vuelvo a joder. ¡Que se jodan ellos!

El fugitivo en su alocada carrera, dejaba atrás la prisión fantasmal y miserable, donde languidecían abarrotados los privados de libertad. Tras los barrotes se veía el horizonte reverberante, bañado por las olas. Dentro de los muros aumentaba el calor y se esparcía un vaho insoportable emanado de cuerpos hacinados que desconocían –desde hacía ya mucho tiempo- la frescura de una artesa o de un simple chorro.

A pesar de la confusión ocasionada por el motín, las autoridades del penal, hábiles en la utilización de la fuerza bruta que no requiere materia gris para la acción, intervinieron inmediatamente. La prensa, la radio y la televisión ya darían cuenta del número de muertos y heridos.

Mientras, de dos patrullas policiales de la Guardia Insular saltaron varios soldados armados hasta los dientes, y protegidos por chalecos antibalas. El Comandante marcaba la estrategia a seguir para atrapar al recluso:
- Sargentos de la División 1 diríjanse a la Calle A. Los de la 2 por la Calle B, y el resto se queda conmigo. “¡Allí va el hombre!” Gritó de pronto la voz atronadora del Comandante. “No se nos escapará, el condenado… ¡Utilicen las armas si se resiste, carajo!”.
Siguiendo las órdenes los guardias corrieron por distintas calles, y apuntando el cuerpo del muchacho cuando éste, zigzagueando, apenas si se dejaba ver a través de las miras. Mientras tanto, corría, corría y los desorientaba, extraviándose a ratos por las calles de la urbanización. Hasta que, súbitamente, dos de las fuerzas convergieron al final de una calle que el recluso acababa de dejar atrás.

- Ahí está, agárrenlo, carajo. Y los escarabajos negros atendieron la orden, disgregándose lateralmente.
-Estoy perdido, coño –dijo el chico, quien ya se había percatado de la estrategia de búsqueda. Haciendo caso omiso a las voces de alto, trató de acelerar, ya casi sin fuerzas, su alocada carrera. Súbitamente escuchó el estallido seco de un disparo que le atravesó el pantalón de su pierna derecha. Aterrorizado y con el corazón en la boca, se fijó en el agujero y pensó que era hombre muerto; invocó desesperadamente a su patrona la Virgen del Carmen, y le pidió le diera fuerzas y mayor celeridad a sus ya extenuadas piernas. El miedo a ser alcanzado le proporcionó nuevas fuerzas y corrió, corrió, cruzó la calle y logró alcanzar la esquina. Entonces, vio una casa abandonada al final de la calle, pensó esconderse en ella y luego, salir por detrás y alcanzar la playa, pero en el momento que pasaba frente a la quinta, tropezó con la tupida enredadera de malangas amarillas que cubría la acera y cayó aturdido  hundiéndose entre las  apretadas enredaderas del jardín. Con el inesperado impacto, las malangas se abrieron y luego volvieron a extenderse, caprichosas, por las rotas aceras rumbo a las blancas playas.

De pronto sonaron varios disparos más y el humo lo dispersó la brisa marina. Luego de un silenció se oyó la voz atronadora del Guardia:
- ¿Dónde está el hombre, Sargento? Usted mismo le disparó.
- Lo vi caer, mi Comandante. Tiene que estar por aquí, por aquí mismito – dijo el policía señalando la vieja casa. Entremos, puede que esté escondido.
- Si, mi Comandante, aunque allí lo que debe haber son fantasmas dijo, miedoso, adentrándose en la maleza con algunos compañeros, pero no encontraron a nadie. Sólo algunas culebras. Y así lo reportaron.
- ¿Que no lo encontraron? -gritó el guardia- ¿Y entonces el carajo dónde se metió? Furioso y con el arma de reglamento en alto, el Comandante ordenó a los policías:
- Revisen el resto de la zona, también casa por casa, centímetro a centímetro. Que no quede un maldito lugar sin escudriñar. ¡Agarren al desgraciado, vivo o muerto, no joda!
Y así se hizo; se buscó en todas las quintas, en las playas, en las carreteras, en los botiquines y restaurantes del lugar, pero no se encontró al recluso por ninguna parte. Se reinició la búsqueda al día siguiente, continuó día tras día, semana tras semana, meses y meses; se prolongó año tras año, hasta que al fin, el expediente durmió el sueño eterno en una de las gavetas de los archivos de la Prisión de la Guardia Insular.






Ejercicio No. 1 del Taller Julio Cortázar
Dictado por Israel Centeno
Caracas, 27 de marzo de 2005

sábado, 9 de julio de 2011

PROFUNDIDADES


Playa El Agua, Isla de Margarita
Venezuela. playas.venezuela.net.ve







La vi pasar ondeando su cuerpo como una sirena. Buceaba alrededor del barco hundido, entre los peces, las algas y los corales. La chica observaba curiosa el casco de la nave; examinaba su interior. Parecía sobrecogida ante la visión espectral del barco enterrado en el fondo del mar, ahora convertido en un arrecife artificial de corales.
Me subyugó la belleza tropical de la muchacha; su cabello largo y negro, también ondulante, cuerpo entallado por un traje azul oscuro y acariciado por nubes de burbujas. Yo la observaba embelesado, y cuando ella dio la vuelta al barco, de babor a estribor, la seguí discretamente, manteniendo cierta distancia. De pronto advertí cómo se le enredaba una de las chapaletas en un coral, descalzándola, y cómo ella siguió nadando sin importarle apenas el incidente. Pero, sucedió que cuando se disponía a salir a la superficie, el pie descalzo tropezó con un erizo, y esta vez la muchacha dio una violenta pirueta al sentir el dolor, y aceleró el ascenso. Una vez en la playa se echó sobre la arena. Parecía muy adolorida, pues se tomaba el pie derecho con ambas manos; por último, cojeando, se dirigió hacia un uvero. Allí, bajo su sombra, permaneció acurrucada sollozando.
Entonces, decidí acercarme para ayudarla. Me presenté. Le dije que me llamaba Diego, y que era un pescador de la zona. Le comenté que había visto el accidente con el erizo y, que si ella me permitía, podía curarla. Me dijo que se llamaba Camila, y agradeciéndome la ayuda, me pidió que me sentara junto a ella. Le pregunté que por qué había ido a nadar sola, y me contestó que siempre lo hacía. La alerté del peligro que significaba acercarse al barco, incluso en compañía; había muchos tiburones rodeándolo en busca de alimento. La chica se aterró, cuando escuchó lo que le dije:
-Tuviste suerte, muchacha, tuviste muchísima suerte de encontrarte solamente con un erizo, y no con un tiburón. Más de uno, aún tomando todas las precauciones, ha ido a parar a las fauces devoradoras de esas fieras marinas. No debes repetir tal imprudencia.
Camila, muy asustada, me dijo que se había acercado al barco atraída por su misterio, pero aceptó su error y agradeció mi consejo. Observé el pie herido; afortunadamente no tenía muchas espinas, pero era necesario sacárselas, por lo que le pedí que me acompañara hasta mi cabaña.
-Apóyate en mi hombro, por favor –y diciendo esto la tomé del brazo, pero ella se quejó. Al ver que tenía la extremidad muy hinchada, tomé a la chica en mis brazos. Era diminuta, liviana. El contacto de su cuerpo me puso tenso, nervioso. Ya en la cabaña, la senté en una hamaca y busqué un poco de alcohol y una vela.
-Te va a molestar un poco, -le advertí-, pues dejaré correr la esperma caliente sobre la piel para que salgan las espinas. Afortunadamente son pocas –agregué tratando de tranquilizarla-. Si no las extraemos, se te pueden infectar las heridas. Luego te sentirás mejor -concluí sonriendo. Ella me devolvió el gesto, aprobando lo que le decía. Entonces procedí a sacarle las espinas, en medio de algunas protestas iniciales. Al terminar de curarla la dejé reposar.
La chica se durmió un buen rato, y al despertar, ya más calmada, me contó que había venido a pasar el día con un grupo de amigos en Playa Bonita, pero que había preferido hacer snorkle sola. Por la tarde, todos se reunirían en el muelle para esperar que el yate turístico viniera a recogerlos. Camila, además de bonita era muy simpática. Su conversación también era agradable, y su sonrisa, aún más. Le propuse almorzar, y preparé algo liviano.
-¡Mmm...! ¡Esto está delicioso, Diego! ¡Que bien cocinas! –dijo mientras saboreaba el platillo que le ofrecí.
-Gajes del oficio. Tienes que hacerlo cuando navegas – expliqué, mientras preparaba el café.
-¿Viajas mucho? – preguntó, recostándose sobre unos cojines en el suelo.
-Antes lo hacía con frecuencia a puertos lejanos, pero ahora sólo me desplazo por esta zona. Le contesté, mientras la observaba fascinado.
-Entonces, si vives aquí, debes saber la historia del barco hundido. –Preguntó curiosa.
Asentí, y le narré el episodio que conocía tan bien. Le dije que se trataba de un pesquero que había sucumbido una noche en medio de una tormenta, hacía ya más de cincuenta años. Lamentablemente ninguno de los pescadores de la tripulación sobrevivió: fueron devorados por los tiburones. De allí mi alerta. –Observé- Y lo terrible de la historia fue –concluí con un dejo de profunda tristeza- que ninguno de los diez tripulantes, sobrepasaba los veinticinco años.
Camila entonces, en un intento de romper el embarazoso silencio que siguió a la narración, interrogó, señalando la pared:
-¿Esa guitarra es tuya?
Por toda respuesta la descolgué, y afinándola, comencé a cantar unas baladas. Camila me escuchaba complacida. Al terminar mi interpretación ella insistió en escuchar otra. Sentí que no le era indiferente. Le gustaba mucho mi voz, me dijo sonriendo. La complací y entoné otras melodías. Luego, brindamos por nuestra amistad. Continuamos charlando, riendo y cantando. Y llegó el momento en el que dejé la guitarra a un lado, y acercándome a Camila, le tomé la mano y le dije:
-Ahora ya basta de canciones, muchachita. Prefiero estar contigo.
La atraje suavemente hacia mí, la abracé y percibí su perfume sensual. Besé sus labios, y hurgué dentro de su boca. Ella, me devolvió las caricias, hasta que dejó prisioneros mis labios entre los suyos. Continuamos besándonos mientras recorríamos, siempre a un mismo ritmo, lentamente al principio, y rápidamente luego, las montañas, abismos y mares que más tarde fueron testigos de la batalla que sostuvimos hasta caer exhaustos uno sobre el otro. Al finalizar la lucha, en medio de expresiones victoriosas, recuerdo que no hubo ni vencedor ni vencido. Camila abrazó mi pecho, y me acarició con suavidad la barba, mientras yo lo hacía con su espalda. Sentí su respiración, agitada al principio, y tranquila después. Observé la maravillosa quietud de su cuerpo y enlacé su cintura. Me dormí, también, abrazado a ella. No se cuánto tiempo duró el maravilloso placer de sentirla mía. Cuando desperté, ella aún dormía profunda y placenteramente. Entonces, con gran cuidado, separé mi desnudez de la suya y la miré con inmensa nostalgia. ¡Era tan hermosa! Había sido una verdadera felicidad conocer a Camila, estar con ella y, sobre todo, haberla amado como ya no creía poder hacerlo nunca más en mi vida. ¡Cuánto no hubiese dado yo por permanecer siempre junto a esta maravillosa mujer y perderme  dentro de ella mil veces como esta tarde, hasta llegar a su alma!
La besé suavemente para no despertarla, y  levantándome rápidamente me  dirigí a la playa. Una vez allí sentí un deseo irresistible de volver sobre mis pasos; quise regresar a la choza junto a Camila, pero una fuerza  superior  me empujó hacia las frías aguas para volver a las escalofriantes profundidades de donde nunca debí haber emergido.

Caracas, 2007